En Ana Betancourt prevaleció su amor por Cuba y por su libertad
La vida y obra de Ana Betancourt de Mora ha sido honrada con merecimiento a lo largo de nuestra Revolución y mucho más desde 1974 con la celebración del Segundo Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), cuando fue aprobada la orden que lleva su nombre y otorgada a figuras de gran relieve nacional e internacional, que se han destacado en la lucha revolucionaria y política, en trabajos científicos, la creación artística y la producción, en el empeño por lograr la paz justa para los pueblos.
Es conocida su trayectoria revolucionaria y no olvidamos cada año la fecha de su muerte, en Madrid el 7 de febrero de 1901, hace hoy exactamente 125 años. Fue Anita ‒como se le conocía entre sus más allegados‒ una patriota consecuente con los ideales de la independencia cubana, que supo resistir con estoicismo y firmeza los avatares de la guerra, la prisión y el destierro.
Cuando los camagüeyanos, secundando el levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes y los patriotas orientales, se insurreccionaron contra España, el 10 de octubre de 1868, Anita se quedó en la ciudad de Puerto Príncipe como agente revolucionaria y conseguía pertrechos de guerra para suministrarles.
Su esposo, el abogado y patriota Ignacio Mora, no la quiso limitada a los quehaceres domésticos, sino que le enseñó todo lo que sabía, desde lengua (francés e inglés) y literatura, hasta los ejes de los grandes cambios históricos. Y ella, que redactaba volantes, transmitía consignas, arengaba, intervenía en juntas de conspiración, ocupaba un cargo en el Comité Revolucionario de Puerto Príncipe y se fue junto a él a la manigua con sus 35 años de edad, evadiendo la persecución de los soldados españoles.
En la Asamblea de Guáimaro (abril de 1869) su figura se presenta distinta y extraordinaria, al solicitar no solo la libertad del esclavo, sino también la emancipación de la mujer; al pedir y reclamar derechos civiles que en aquellos tiempos (y aún hoy en muchas partes del mundo) se le negaban a la mujer como parte de la sociedad.
Infinidad de anécdotas pueden contarse sobre ella. Al iniciarse aquella epopeya comprendió que las mujeres debían superarse culturalmente para poder asimilar las cuestiones ideológicas y filosóficas que en aquellos momentos se debatían, a pesar de los prejuicios y tabúes existentes. Ella misma reconoció que entonces era pecaminoso que las mujeres aprendieran a leer y escribir, y mucho menos adentrarse en el camino de la política.
Por eso allí, en aquel Guáimaro épico de los versos de Eliseo Diego, también aplaudió la designación de Céspedes como presidente de la República en Armas, redactó ponencias y animó a sus camaradas.
Se negó a que su adorado Ignacio depusiera las armas como exigían los militares españoles para perdonarle la vida y fue fusilado; su amor por Cuba y por su libertad prevaleció. Ella lo prefería muerto a indigno. Más tarde, en la angustiosa emigración, siguió prestando grandes servicios a la Patria.
Ana Betancourt supo ser fiel a sus ideas hasta su último aliento y de su ejemplo beben cada día las sucesivas generaciones de cubanos, con las mujeres en la vanguardia, que hoy cuentan agradecidas con un hermoso Programa para el Adelanto de la Mujer que ya brinda sus frutos.

