En José Martí y Fidel, la fuerza de la moral y los principios
Su visión del peligro que representaba el naciente imperialismo de los Estados Unidos para los países de América Latina, entre ellos Cuba, es lo que distingue significativamente a José Martí de otros próceres latinoamericanos que le precedieron.
Él supo advertir, con pupila genial, que la batalla por librar a su patria del colonialismo español no era más que una primera fase de un esfuerzo estratégico mucho más dilatado y ambicioso, cuyo alcance no se refería solo a este archipiélago y Puerto Rico, sino que comprendía el destino de todo lo que muchas veces llamó Nuestra América.
Martí, de quien ahora conmemoramos el aniversario 173 de su natalicio, alcanzó a ver entonces lo que escapó a muchas altas inteligencias contemporáneas del continente. Supo advertir la existencia de dos Américas, no solo distintas por provenir de dos sistemas distintos de coloniaje, y por ostentar dos niveles diferentes de desarrollo, una capitalista y otra con fuertes remanentes feudales, sino por la contradicción latente que emanaba de las ambiciones de los Estados Unidos sobre el resto de los países situados al Sur de sus fronteras, desunidos y débiles.
Mientras que algunos ilustres políticos latinoamericanos soñaban todavía con copiar las fórmulas estadounidenses, para superar el caudillismo, el aldeanismo y el atraso de la América conquistada por España, Martí asistía horrorizado a las verdaderas entrañas de la desigualdad, la intolerancia, el racismo, la explotación, las luchas sociales y la politiquería en el seno de aquel inmenso territorio del Norte, y comprendía con justa preocupación, que aquel no era un espejo en el que mirarse, menos aun un baluarte de la libertad en que apoyarse, sino un peligro ante el cual debían movilizarse y precaverse con urgencia todos los países.
De tal forma, frente a ese peligro, en el plano interno por los autonomistas y anexionistas -los «sietemesinos» carentes de fe en su patria como él mismo los calificó-, y la amenaza externa proveniente de los apetitos desmesurados del imperialismo norteamericano, el Héroe Nacional de Cuba en aquellas circunstancias desarrolló la audaz concepción de convertir la independencia de Cuba y Puerto Rico, en un factor de equilibrio, capaz de cerrarle el paso a la apropiación yanqui de las tierras latinoamericanas.
Así, llegó a plantearlo a su amigo Manuel Mercado aquel 18 de mayo de 1895, pocas horas antes de su caída en combate, cuando libre al fin de la opresión que tanto había gravitado sobre su conciencia, se desahogó sin reservas en el mensaje: «… Impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy y haré es para eso…»

Aquel objetivo martiano no pudo realizarse. La expansión que intentó frenar, se desenvolvió con la fuerza brutal del «gran garrote» y la «diplomacia del dólar». La independencia cubana quedó frustrada por la presencia opresora de los Estados Unidos. Cuba se convirtió en lo que quiso impedir el Apóstol. Fue con el triunfo revolucionario del Primero de Enero de 1959, con Fidel Castro al frente, que se logró cumplir sus sueños.
En el año del centenario de Fidel, se recuerda su admiración y agradecimiento hacia José Martí, su devoción por la dignidad plena del hombre, su solidaridad hacia los hombres y pueblos del mundo, el valor de sus aprincipios y los factores morales, haciendo reverencia a aquella mística martiana, aquel elevado sentido ético ante la vida, aquella convicción sincera de que » toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz».

