José Martí nos alienta sin descanso al patriotismo y al honor
Pocas veces un hombre fue tan necesario a su pueblo, cuando la lucha de ese pueblo significaba tanto para los destinos de un continente. Cuba se alzaba a la guerra revolucionaria convocada por José Martí en una difícil encrucijada de la historia. Era terco y sanguinario el régimen colonialista. Vigilaba, turbulenta y codiciosa, el águila rapaz del imperialismo, aguardando la hora propicia para el despojo.
Había que obrar y rápido. La independencia de Cuba y Puerto Rico debía perturbar el camino a las ambiciones yanquis sobre América Latina. Nadie como Martí fue consciente de esa urgencia. Nadie como él vivió con tanta impaciencia y angustia ante el nuevo peligro que se alzaba sobre Cuba. “Cuanto hice hasta hoy y haré es para eso”, dijo en carta memorable horas antes. Pero cayó en uno de los primeros combates de aquella guerra, cuya necesidad proclamó, y a la que acudió para ocupar el lugar y los riesgos que le correspondían como jefe de la revolución. Acaso no haya en toda la historia cubana desgracia comparable a la de Dos Ríos. Fatal por la figura, fatal por la hora, fatal por las tareas que quedaban por delante.
Dos Ríos, aquel 19 de mayo de 1895, fue también siembra de historia. Allí concluyó el último y conmovedor surco en la vida de Martí, el del bote que llevaba su valiosa carga en la noche oscura, el de la playa pedregosa de Cajobabo, el de los días mambises por las bravías tierras orientales, el del primer fuego y el del alzamiento continuo de hombres para la revolución en ascenso. Fue como si cayera señalando un camino.
Consciente de la necesidad imprescindible de su presencia en los campos de batalla, y de los riesgos y peligros que esta actitud entrañaba, treinta y ocho días antes había arribado a su Patria en una expedición junto a Máximo Gómez y otros cuatro combatientes, para caer en combate en una pérdida irreparable para los cubanos.
Como él mismo expresara: “Culminan las montañas en picos y los pueblos en hombres”. Así caía el primer combatiente antimperialista cubano, en lucha frontal contra el enemigo. Su legado entonces no podía ser conducido a término hasta muchos años después.
En el Diario de Campaña y demás documentos de Martí, sobre todo en el período que precede al 19 de mayo, se encuentra una lección extraordinaria que ningún revolucionario debe ignorar, pues en ellos están señalados los ideales independentistas, latinoamericanos y de gran precisión antimperialista por los que se combatió en las guerras por la independencia.
Nada mejor para apreciarlo que las propias palabras de Martí, que es como decir su vida. Sus cartas llenas de fervor, sus declaraciones en marzo, abril y mayo de 1895, constituyen una demostración de firme ideología revolucionaria, de fe sin quiebras en la obra creadora de su pueblo y en su elevada misión latinoamericana.
En el año del centenario del natalicio del Comandante en Jefe Fidel Castro, recordamos cuánto valoró y reconoció siempre la vida y obra de José Martí, nuestro Héroe Nacional y autor intelectual del Moncada, de quien conmemoramos hoy el aniversario 131 de su caída en combate. Sobre él, una vez expresó: “Martí nos enseñó su ardiente patriotismo, su amor apasionado a la libertad, la dignidad y el decoro del hombre, su repudio al despotismo y su fe ilimitada en el pueblo”.

