La Biblioteca Nacional José Martí: un siglo y cuarto de memoria, letras y nación
El 18 de octubre de 1901, un grupo de intelectuales cubanos dio forma a una idea que parecía destinada a perdurar. En una pequeña nave del Castillo de la Real Fuerza, sin libros, sin estantes y sin bibliotecario, tomó posesión quien sería su primer director: Domingo Figarola Caneda, un enciclopedista, bibliógrafo y periodista que había perdido a su único hijo en la contienda libertaria.
Aquel gesto, casi simbólico en medio del desinterés oficial del gobierno interventor, marcó el nacimiento de la institución que hoy conocemos como Biblioteca Nacional de Cuba José Martí. La Orden Militar 234 avalaba su creación, pero fueron la voluntad y la cultura de quienes impulsaron el proyecto las que le dieron verdadero sentido. La fundación de la Biblioteca Nacional fue, según la opinión de investigadores, una acción antianexionista en plena intervención norteamericana, un intento de afirmar la identidad nacional frente a las presiones externas.
Figarola Caneda no se limitó a ocupar el cargo. Donó los primeros textos de su colección particular, y ese gesto inicial se convirtió en el fundamento de un patrimonio que creció gracias a donaciones, canjes y compras a bibliófilos. Al año siguiente, la Biblioteca se trasladó a la Maestranza de Artillería, donde sus fondos encontraron un espacio más adecuado. En 1909 nació la Revista de la Biblioteca Nacional, gracias a la donación de una pequeña imprenta por parte de la señora Pilar Arazosa de Muller. Esa publicación se convertiría con el tiempo en una de las más antiguas del país después de Bohemia, y en sus páginas colaboró lo mejor de la intelectualidad cubana.
El vínculo con José Martí no fue inmediato. En 1949, por iniciativa de Fernando Ortiz, se acordó designar con el nombre de Martí al edificio que se construiría años después. La propuesta de Ortiz respondía a una convicción profunda: la Biblioteca Nacional debía llevar el nombre de quien había hecho de la cultura y la libertad una sola causa. El edificio, obra monumental de 17 pisos, se inauguró el 21 de febrero de 1958, frente a la Plaza de la Revolución. En aquella ocasión, Fernando Ortiz pronunció una frase que resume el espíritu de la institución: “Auguremos hoy que este edificio de la Biblioteca de Martí sea un nuevo Castillo de la Fuerza desde donde la nación cubana pueda contra sus enemigos de toda laya, defender su civilización, su República y su libertad”. La arquitectura del inmueble, con sus vitrales del maestro vidriero francés Auguste Labouret y su cúpula de doce metros de diámetro, convierte a la Biblioteca en una de las joyas arquitectónicas del siglo XX en Cuba.
Su historia está indisolublemente ligada al proceso de la cultura cubana del siglo XX. Desde su fundación hasta nuestros días, no hay momento ni figura trascendente del saber cubano que no haya estado vinculada a su devenir. Personalidades como Emilio Roig de Leuchsenring, principal animador del movimiento que logró la construcción del nuevo edificio, y el propio Fernando Ortiz ilustran el sentido de responsabilidad con que los intelectuales cubanos acogieron como suyo el desarrollo de la institución.
Por sus salas han pasado directores de la talla de María Teresa Freyre de Andrade, Cintio Vitier, Renée Méndez Capote, Juan Pérez de la Riva, Julio Le Riverend, Eliades Acosta y Eduardo Torres-Cuevas, entre otros. Cada uno dejó su huella en una institución que, como señaló el crítico y ensayista Omar Valiño Cedré y actual director: “(…) defiende absolutamente los valores supremos de lo que ha construido este país a lo largo de siglos”.
El patrimonio que atesora la Biblioteca es cuantitativa y cualitativamente excepcional. Más de cuatro millones de ejemplares de libros, revistas, periódicos, documentos, mapas e imágenes integran sus colecciones, con materiales que datan desde el siglo XV hasta el presente. Entre sus fondos figuran grabados cubanos y extranjeros, documentos y libros de Domingo del Monte, Zenea y Julián del Casal, facsímiles raros y valiosos, prensa clandestina, música, etnología y folclor, fonoteca, manuscritos y mapoteca. La Colección Cubana comprende todo lo publicado en la nación caribeña o sobre el país y sus naturales en cualquier parte, fecha o idioma, así como la obra de autores cubanos editada en el exterior. La bibliografía de temática martiana que conserva está considerada la más completa, y en 2005 ese fondo recibió la certificación Memoria del Mundo, otorgada por la Unesco. En 2018, la valiosa colección de manuscritos, cartas y fotografías de la poetisa Dulce María Loynaz pasó a manos de la Biblioteca, que la custodia y preserva.
Las salas de la institución reflejan esa riqueza. La sala de Colección Cubana Antonio Bachiller y Morales, la de arte Wifredo Lam, la de Colección Martiana, la de Etnología y Folclor, la Fototeca, la Mapoteca y la sala de Música León-Murguecia son algunos de los espacios que permiten a investigadores y lectores acceder a un acervo que define la identidad cubana. El edificio, declarado Monumento Nacional el 30 de junio de 2021, posee un excelente diseño funcional y bioclimático, y sus salas de lectura están concebidas para recibir luz y ventilación natural. La declaratoria, otorgada por la Comisión Nacional de Monumentos del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, reconoció el valor histórico, artístico, ambiental y social de una construcción que forma parte del centro político y administrativo del país y que constituye uno de los espacios públicos de mayor significación para los cubanos.
La historia de la Biblioteca Nacional también guarda momentos de profunda transformación. Tras el triunfo de la Revolución en 1959, la institución asumió un papel protagónico en la campaña nacional de fomento de la lectura. María Teresa Freyre de Andrade, directora en aquellos años, formuló políticas para responder a la demanda de información generada en el país tras la emigración de miles de profesionales. El investigador Tomás Fernández Robaina, testigo de aquella etapa, recordó que se crearon salas científico-técnicas y centros especializados para asesorar a las empresas nacionalizadas. En 1985, la Biblioteca se convirtió en centro rector del Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas, y su labor fue decisiva para que las más de 300 bibliotecas existentes en el país no cerraran durante el período especial, y en 2001 recibió la Orden Félix Varela.
Al cumplirse un aniversario más de su fundación, la Biblioteca Nacional José Martí perdura como un símbolo de la voluntad cubana de preservar su memoria y como un espacio donde la cultura se piensa y se comparte. Es, en definitiva, el castillo del saber que guarda la memoria de una nación y la proyecta hacia el futuro.

