La Casa de todos: un faro de integración cultural en La Habana

La Casa de todos: un faro de integración cultural en La Habana

En el vedado habanero, a pocos metros del malecón se alza una casona blanca cuya labor trasciende con creces sus muros físicos. Corría el año 1959, a escasos cuatro meses del triunfo de la Revolución Cubana, cuando el Gobierno Revolucionario promulgó la Ley N.º 229 el 28 de abril. Aquel día nació Casa de las Américas, una institución concebida no como un simple repositorio de arte, sino como una trinchera de ideas para estrechar los lazos de una región fracturada.

La fundadora de esta empresa fue Haydée Santamaría Cuadrado, una mujer cuya biografía incluye el asalto al Cuartel Moncada y la lucha en la Sierra Maestra. Según describe el poeta Eliseo Diego, ella era una muchacha campesina que no temió acercarse a aquello que rebasa la medida del hombre. Bajo su dirección, que se prolongó hasta 1980, la Casa se convirtió en el principal catalizador de la unidad latinoamericana y caribeña. La sede material abrió sus puertas el 4 de julio de ese mismo año, en un acto presidido por el entonces ministro de Educación, Armando Hart Dávalos, en lo que antes fuera la Casa Continental de la Cultura.

Cuando la mayoría de los gobiernos de América Latina, con la única excepción de México, acataron la presión de Estados Unidos para romper relaciones diplomáticas con la Isla, la Casa de las Américas actuó como un cordón sanitario cultural. El propio Comandante en Jefe Fidel Castro reconoció en el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, en 1975, que esta institución contribuyó a impedir el aislamiento cultural en los momentos más difíciles del bloqueo.

El escritor uruguayo Mario Benedetti, una voz insoslayable del continente, resumió este fenómeno con una claridad meridional: “Gracias a la Casa, los productores de las artes y las letras de América Latina no solo pudimos llegar al pueblo cubano y tomar contacto con la evidencia incanjeable de la Revolución; también logramos conocernos y reconocernos entre nosotros”. Esta frase encierra el espíritu fundacional de la entidad: romper el aislamiento que padecían los creadores, que según Benedetti solían saber más de lo que se producía en París o Nueva York que de la obra de sus vecinos en México o Argentina.

Una de las herramientas más eficaces para lograr ese reconocimiento mutuo ha sido el Premio Literario Casa de las Américas. Creado en 1960, este galardón se convirtió en un termómetro de la calidad literaria del continente y en una plataforma de lanzamiento para autores que, con el tiempo, se volverían gigantes de la literatura universal. El argentino Julio Cortázar, un visitante asiduo y entrañable de la institución, señaló que la labor de la Casa de las Américas asume una significación que ningún elogio podría abarcar, y que sobrepasa largamente su breve vida institucional.

Cortázar añadió una observación crucial sobre la expansión de su influencia: “En estos últimos años la irradiación cultural de la Casa se ha visto multiplicada (…) incluso en algunos centros cuya línea ideológica dista de la cubana, pero que ya no pueden ignorar la calidad y la validez de la producción intelectual que la Casa vehicula”. Esta afirmación subraya la capacidad de la institución para poner la calidad artística por encima de la ortodoxia política, un equilibrio que no siempre ha sido fácil de mantener.

El crítico y ensayista cubano Roberto Fernández Retamar, quien dirigió la Casa durante más de tres décadas hasta 2019, solía afirmar que la institución encontró su abono en los pensamientos de Bolívar, Sandino y especialmente José Martí. La Casa no solo premió la ficción, en 1970 abrió sus puertas a la literatura testimonial y posteriormente creó categorías dedicadas a las culturas originarias, los estudios de la mujer y las literaturas caribeñas en inglés, francés y creol.

Más allá de la literatura, el brazo de la Casa se extendió a todas las manifestaciones del espíritu. El Departamento de Artes Plásticas, creado en 1961, permitió la formación de la “Colección Arte de Nuestra América Haydée Santamaría”, un acervo visual de más de 10 000 obras que hoy se exhibe en sus galerías. Paralelamente, la Dirección de Música, fundada en 1965, y el Centro de Estudios del Caribe (1979) consolidaron un modelo de institución multifuncional.

El actual presidente, el poeta y ensayista Abel Prieto, quien asumió el cargo a finales de 2019, ha continuado esta labor en un contexto de recrudecimiento de las medidas económicas contra Cuba. Prieto, junto a figuras como Miguel Barnet y Nancy Morejón, ha firmado llamamientos internacionales en defensa de la soberanía cultural de la Isla, demostrando que la vocación de resistencia de la Casa no ha menguado con el paso de los lustros. Continúa siendo un espacio de diálogo complejo y necesario; no un museo del pasado, sino una idea viva que le recuerda al continente cómo su mayor riqueza reside en su diversidad compartida.

Lázaro Hernández Rey