La luz secreta de Miguel Companioni
En la memoria musical de Cuba, pocas historias resultan tan conmovedoras como la del bardo espirituano que convirtió la oscuridad en un torrente de melodías. Miguel Rafael Companioni Gómez, nacido el 29 de julio de 1881 en la calle del Yayabo, perdió la vista a los once años. Lejos de sucumbir al infortunio, este hijo de capitán mambí decidió ver el mundo a través de los acordes de una guitarra. Al morir, el 21 de febrero de 1965, dejó un legado de más de trescientas obras que hoy constituyen el basamento sentimental de la trova cubana.
Para un ciego provinciano de finales del siglo XIX, la integración social implicaba barreras casi insalvables. Sin embargo, el joven Miguel no solo aprendió a tocar la guitarra, sino que dominó el piano, el contrabajo y la flauta. Su rebeldía lo llevó a fundar el Coro de Clave de Santa Ana y a dirigir orquestas completas como la Francesa (1920) y la Argentina (1921). En una época donde la discapacidad solía condenar al aislamiento, Companioni se convirtió en el animador principal de las noches espirituanas.
Su método creativo poseía un componente casi mágico. Contratado para llevar serenatas, los enamorados acudían a él para confesar sus penas y celos. De esta simbiosis entre el bohemio y el cliente nacieron piezas eternas dedicadas a mujeres reales: “Rosalba”, “Herminia”, “Esther”, “Lilí” y “Serafina”. Por esta capacidad única, la crítica lo reconoce como el trovador cubano que más canciones compuso con nombres de mujer.
El punto de inflexión en su carrera ocurrió en 1918 con la creación de “Mujer perjura”. La historia detrás de este bolero resulta tan dramática como su letra. Una noche, al visitar a una mujer llamada Eloísa, él escuchó la voz de otro hombre en la habitación contigua. Montó en cólera y, pese a los intentos de explicación de ella, rompió la relación. De ese desencuentro nació el verso inmortal: “Si quieres conocer, mujer perjura, los tormentos que tu infamia me causó…”.
Sin embargo, el destino quiso que la mayor ironía rodeara a su obra cumbre. El compositor consideraba aquel tema “una basurita”, según confesó a María Teresa Vera en el hotel Pasaje de Sancti Spíritus. La gran María Teresa, figura central de la trova cubana, escuchó la pieza y supo de inmediato su potencial. “Esto es un éxito”, le dijo al músico. La anécdota refleja la grandeza de Vera: tuvo que convencer a los técnicos de la Victor Talking Machine Company en Nueva York para grabar el tema, pues el ingeniero Lacalle se negaba al considerar que la letra insultaba a la mujer. Finalmente, el dúo formado por Vera y Rafael Zequeira grabó la pieza en febrero de 1918.
El éxito resultó arrollador. Se vendieron más de veinticinco mil copias en Cuba, una cifra astronómica para la época. No obstante, Miguel nunca recibió un centavo de regalías. Debido a que no había registrado la obra a su nombre, la disquera le negó el dos por ciento de las ventas que le correspondía. Para añadir sal a la herida, en varias placas discográficas posteriores, incluyendo una de la Panart en 1954, la autoría del tema apareció atribuida erróneamente a Manuel Corona. El musicólogo Gaspar Marrero Pérez-Urría documentó esta confusión como una de las injusticias históricas de la industria musical cubana.
A pesar de los reveses económicos, su estatura artística creció con el paso de los años. El crítico y periodista Manuel Echevarría Gómez sostiene que, dentro de las doscientas o trescientas piezas del autor, ninguna posee la intensidad amatoria de “Mujer perjura”. El musicógrafo Gaspar Marrero aporta un dato contundente para medir el impacto del espirituano: existen treinta y dos versiones grabadas de la canción, superando a “Pensamiento”, el emblemático tema de su coterráneo y rival creativo Teofilito, que solo cuenta con veintitrés.
Companioni no trabajó solo en su rincón. Fue parte activa de una pléyade de gigantes que incluyó a Alfredo Varona y Manolo Gallo. Se reunían en el taller de carpintería de Don Juan de La Cruz Echemendía para compartir música y bohemia. En aquel espacio, la discapacidad física del maestro desaparecía ante la agudeza de su oído y la generosidad de su espíritu. Fundó el primer trío de la historia musical de Sancti Spíritus como guitarrista acompañante y su labor como gestor cultural resultó inagotable.
La doctora María Teresa Linares, figura insigne de la musicología cubana, definió a “Mujer perjura” como una pieza perfecta por su texto, estructura formal y rítmica dentro de la cancionística de principios del siglo XX. Esta opinión autorizada sitúa a Companioni no como un simple artesano de la canción, sino como un arquitecto del bolero. Hoy, la Casa de la Trova que lleva su nombre en Sancti Spíritus funciona como un santuario donde su memoria late con fuerza cada noche.
Miguel nos dejó una lección profunda sobre la condición humana. Demostró que la luz no reside en la retina, sino en la capacidad de asombro y en la disciplina del corazón. Al cerrar los ojos, este trovador pudo escuchar con mayor claridad los susurros del amor y la traición que los videntes suelen ignorar. En la historia de la cultura cubana, Companioni ocupa un sitial de honor no por lástima, sino por derecho propio: el del hombre que supo convertir la desventaja en melodía eterna.

