La última escala del explorador: Humboldt, Cuba y el legado antillano

La última escala del explorador: Humboldt, Cuba y el legado antillano

El 6 de mayo de 1859, en su lecho de la calle Oranienburger, Alexander von Humboldt exhaló el último aliento. Tenía ochenta y nueve años. Los cables telegráficos difundieron la noticia a una velocidad que él mismo, pionero de las redes globales de observación, habría admirado. Mientras Europa lloraba al autor de Cosmos, en La Habana, en Caracas, en México, la pérdida adquirió un significado particular. No moría únicamente un científico universal; moría quien había sido bautizado por la intelectualidad cubana como el segundo descubridor de Cuba, un título que resume la hondura de su vínculo con la nación antillana.

Humboldt pisó Cuba en dos ocasiones. La primera estancia se extendió del 19 de diciembre de 1800 al 15 de marzo de 1801; la segunda, del 19 de marzo al 29 de abril de 1804. En total, casi medio año que marcaría para siempre la historia intelectual y científica del mayor archipiélago de las Antillas. Llegó como un naturalista que desconocía la realidad de la esclavitud; partió convertido en un científico capaz de describir, con precisión inigualada, la anatomía completa de una sociedad colonial: su geología, su flora, sus paisajes, su economía azucarera y, sobre todo, la estructura brutal del sistema esclavista que la sostenía.

Durante aquellos meses, Humboldt se alojó en La Habana en la casa de Don Juan Luis de la Cuesta, uno de los más prominentes traficantes de esclavos de la isla.

Esa cercanía con el corazón mismo del comercio humano le permitió observar desde dentro el funcionamiento de lo que hoy los historiadores denominan “segunda esclavitud”: un sistema de explotación masiva, racializada y tecnificada que hacía de Cuba el principal productor de azúcar del mundo. El viajero prusiano, alojado por un negrero, tomó notas meticulosas que años después cuajarían en su Ensayo político sobre Cuba, publicado en 1826. Aquel libro, con su capítulo dedicado a la demografía del tráfico de esclavos africanos, se convirtió en piedra angular de la significación histórica global de su obra americanista.

Pero Humboldt no fue un mero espectador. La intelectualidad criolla lo recibió con los brazos abiertos y él correspondió con una fecunda red de intercambios. Francisco de Arango y Parreño, figura central de la élite habanera y fundador de la Sociedad Económica de Amigos del País, se convirtió en su corresponsal durante décadas. Aquella sociedad, que agrupaba a los próceres de la modernización cubana, otorgó a Humboldt su membresía honoraria en 1817. El diálogo entre ambos pensadores muestra cómo las ideas antiesclavistas de Humboldt incidieron en la evolución del pensamiento de Arango, quien pasó de defensor del sistema a promotor de reformas abolicionistas.

El impacto de Humboldt en Cuba sobrepasó el ámbito de la economía política. En sus diarios, conservados hoy en Berlín, el viajero anotó con precisión las posiciones geográficas de ciudades y pueblos, corrigiendo mapas anteriores y delineando la silueta de la isla que aún prevalece en la cartografía actual. Determinó coordenadas, estudió corrientes marinas y escrutó el cambio socioambiental que el despegue de la plantación esclavista infligía al paisaje cubano.

El historiador Reinaldo Funes Monzote ha señalado cómo Humboldt legó al ambientalismo cubano una mirada crítica que, un siglo y medio después, desembocaría en la creación del Parque Nacional que lleva su nombre, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001.

Los intelectuales cubanos del siglo XIX hicieron suyo al sabio alemán. José de la Luz y Caballero, el gran educador y filósofo, viajó a Europa para encontrarse con Humboldt y beber de sus ideas para modernizar la enseñanza científica en la isla. Vidal Morales y Morales, ya en el ocaso de la centuria, publicó en la revista El Fígaro una serie de artículos que contribuyeron a forjar la imagen canónica del barón como benefactor de Cuba.

Fernando Ortiz, en el siglo XX, prologó el Ensayo político y consagró a Humboldt como figura indispensable para la imaginación de una Cuba científica, antiesclavista e incluso independentista. No obstante, los estudios recientes de académicos como Michael Zeuske advierten también sobre los silencios: la élite criolla abrazó el legado antiesclavista de Humboldt pero silenció su defensa de una confederación africana en los futuros estados libres de las Antillas, una propuesta que desafiaba los cimientos mismos del orden colonial.

La muerte de Humboldt en 1859 coincidió con un momento de transformación para América Latina. Las guerras de independencia habían concluido décadas atrás, pero Cuba seguía bajo dominio español. En el horizonte se dibujaba ya la guerra de los Diez Años que estallaría en 1868. Humboldt, que no alcanzó a ver la independencia cubana, dejó escrito en su diario de 1804 un pensamiento que resonaría como testamento ético: el comercio de carne humana constituía la más execrable de las instituciones. Sus palabras atravesaron el Atlántico y se alojaron en el corazón mismo del pensamiento reformista y patriótico cubano.

Al apagarse su vida, la intelectualidad latinoamericana no perdió a un extranjero ilustre. Perdió a un cómplice. Simón Bolívar, que lo conoció en Europa, había sentenciado que Humboldt hizo más por América que todos sus conquistadores. Cuba, en particular, depositó sobre su figura un halo canonizador que lo convirtió en una suerte de padre adoptivo de su modernidad científica.

Hoy, cuando se cumplen más de ciento sesenta años de su partida, la toponimia de la isla guarda su memoria en un parque nacional, en calles y en cátedras universitarias. Pero su verdadero legado no es de mármol ni de bronce. Reside en la comprensión, tan rara en su tiempo como en el nuestro, de que la naturaleza y la sociedad humana forman un tejido único donde ninguna herida es superficial y ninguna injusticia carece de consecuencias.

Lázaro Hernández Rey