Ñico Saquito: El cronista musical de Cuba
Un cantautor cubano convirtió los chistes de la calle, los amores complicados y las protestas del campo en más de quinientas canciones que definen el alma de una nación. Su nombre real, Benito Antonio Fernández Ortiz, se perdió para siempre detrás de un apodo que ganó en el campo de béisbol.
Nació en el corazón musical de Cuba. Un niño llamado Benito Antonio vino al mundo el 13 de febrero de 1901 en una casa de la calle Santa Rosa, en el barrio Tivolí de Santiago de Cuba. Este entorno, conocido como la cuna de los trovadores, lo rodeó desde el inicio; su madre y su tía cantaban a dúo en casa y en las fiestas del barrio. Sin embargo, su primer sueño no fue la música, sino el deporte. Se destacó como un ágil jardinero central en el equipo de béisbol Plus Ultra. Los aficionados, al ver su destreza para atrapar pelotas sin que se le escapara ninguna, decían que parecía tener un saco cogiendo pelotas. De ese comentario, unido al diminutivo “Ñico” por su baja estatura, nació el apodo que lo acompañó toda la vida: Ñico Saquito.
A los quince años, con una guitarra en las manos y lecciones del maestro Félix Premión, su camino cambió para siempre. Dejó atrás el diamante de béisbol y decidió convertirse en trovador. Con esa decisión, Cuba ganó a uno de sus cronistas más agudos y al llamado Reportero Nacional, un título que ganó por su capacidad para musicalizar cada faceta de la vida que lo rodeaba.
Su carrera musical se estableció en la década de 1920. Primero con su propio grupo y luego, en 1928, con el Cuarteto Castillo, con el que recorrió la isla. Más tarde, integró el Quinteto Cubana Star, donde compartió escenario con una figura que también se haría leyenda: Francisco Repilado, el futuro Compay Segundo. Actuaron en el cabaret Montmartre de La Habana y en la radioemisora RHC Cadena Azul, difundiendo su sonido a lo largo del país.
La creación de sus propios grupos marcó la consolidación de su estilo. En 1942 fundó el Cuarteto Compay Gallo, pero el salto definitivo llegó en 1948 con Los Guaracheros de Oriente. Con esta agrupación, Ñico Saquito encontró el vehículo perfecto para su prolífica creatividad. Se convirtió, según los expertos, en el compositor más exitoso y prolífico de guarachas. Los Guaracheros viajaron más allá de las costas cubanas, llevando su música a Puerto Rico, Venezuela, Tampa, Cayo Hueso, México y Nueva York.
El año 1951 llevó a Ñico Saquito y a Los Guaracheros a Venezuela para una gira. La separación del grupo en ese país lo dejó allí, donde continuó actuando con otras formaciones locales como el Trío América. Su estadía se extendió por casi una década, un período que solo concluyó en 1960. En un momento definitorio, decidió regresar a una Cuba transformada por la reciente Revolución, mientras que los miembros de su grupo optaron por permanecer en el exterior.

De regreso en La Habana, encontró un nuevo hogar artístico: La Bodeguita del Medio. Este famoso bar-restaurante de la Habana Vieja se convirtió en su escenario habitual durante las décadas de 1960 y 1970, donde entretenía a locales y turistas con su repertorio inagotable. Allí, el Reportero Nacional siguió tomando notas de la vida para convertirlas en canciones, hasta su muerte en Santiago de Cuba el 4 de agosto de 1982.
Ñico Saquito fue un compositor de una productividad asombrosa, con un catálogo que supera las 500 composiciones. Su método creativo era tan directo como su música. Él mismo explicaba: “Mis canciones nacen de un dicharacho, de un cuento que oigo en cualquier lugar, de un chiste y, por supuesto, de las alegrías y sinsabores que me han sobrevenido en algún momento de la vida”. Esta conexión visceral con lo popular es la raíz de la perdurabilidad de su obra.
Su genio reside en que, a través del humor y la picardía, logró un retrato fidedigno del carácter y la idiosincrasia cubana. No solo compuso guarachas; su obra abarca guajiras, boleros, sones, chachachás y más. Sin embargo, fue en la guaracha donde se consagró como maestro, con letras ingeniosas, picarescas y llenas de juegos de palabras que narraban historias cotidianas.
Entre sus obras fundamentales están María Cristina me quiere gobernar (una ocurrente queja sobre una relación de pareja que se convirtió en un himno de picardía y doble sentido), Al vaivén de mi carreta (una conmovedora guajira que trasciende la anécdota campesina. Es un lamento social sobre el trabajo duro y la pobreza del campo, con versos como “Trabajo de enero a enero, y también de sol a sol. Y qué poquito dinero, me pagan por mi sudor”), Cuidadito, compay gallo, una muestra su habilidad para crear relatos musicales humorísticos y Adiós compay gato, otro ejemplo de su ingenio narrativo, que construye una cadena de eventos absurdos con un ritmo contagioso.
La huella de Ñico Saquito es indeleble y se extiende a través de generaciones y fronteras. Su influencia sentó bases en lo que hoy se conoce como salsa y timba cubana. De igual forma su música trascendió el ámbito musical para formar parte de la banda sonora de varias producciones audiovisuales:
Su legado es la prueba de que la autenticidad no tiene fecha de caducidad. El niño que atrapaba pelotas con un saquito imaginario terminó por atrapar el espíritu entero de un pueblo en sus canciones. Su música, nacida de los chistes en la esquina y los sinsabores de la vida, sigue siendo un espejo donde Cuba se reconoce, se ríe de sí misma y celebra su irrepetible manera de existir.

