Ñico Saquito y el arte de cantar la sabiduría popular

Ñico Saquito y el arte de cantar la sabiduría popular
Foto tomada de Deezer

Benito Antonio Fernández Ortiz, más conocido como Ñico Saquito, murió en La Habana el 4 de agosto de 1982 y con él se apagó una de las voces más genuinas y traviesas de la música popular cubana del siglo XX. Compositor, guitarrista y cantante, Saquito encarnó como pocos el espíritu de la guaracha y el son montuno, géneros que en sus manos no eran simple vehículo de entretenimiento bailable sino crónica punzante, filosofía callejera y un modo de entender la vida donde la picardía y el desenfado actuaban como antídoto contra la adversidad. El musicólogo Helio Orovio, en su imprescindible Diccionario de la música cubana, lo definió con una economía de palabras que lo retrata de cuerpo entero: “Saquito fue el cronista musical de la picaresca cubana, un juglar de ciudad que convirtió el doble sentido en arte mayor”.

Había nacido el 17 de enero de 1901 en Santiago de Cuba, la ciudad que durante siglos ha sido crisol de las tradiciones musicales del oriente cubano. Su infancia transcurrió en el barrio del Tivolí, una zona popular donde convivían descendientes de franceses, haitianos, africanos y españoles, y donde el son, la trova y la guaracha se respiraban con el aire. El propio Saquito contaba, en una de las escasas entrevistas que concedió en su vejez, que su apodo le vino de niño, cuando jugaba al béisbol en los solares del barrio y un amigo le gritó “¡tira, Saquito!”, comparándolo con un beisbolista famoso de la época. El mote se le quedó para siempre, y con el tiempo su verdadero nombre quedaría relegado al olvido. El investigador santiaguero Lino Betancourt, que lo entrevistó largamente en los años setenta, recogió una confesión reveladora: “Ñico me dijo una vez que él no había estudiado música porque en su casa no había dinero para eso. Su escuela fue la calle, el puerto, el mercado, los bares. Allí aprendió que la música no se escribe, se vive”.

Su trayectoria artística comenzó en la Santiago de los años veinte, cuando formó parte del grupo de trovadores que rondaban la calle Heredia y el Parque Céspedes, compartiendo serenatas, controversias y bohemias con figuras como Sindo Garay, Manuel Corona y Rosendo Ruiz. Pero Saquito no era un trovador al modo tradicional. Mientras aquellos cultivaban la larga tradición de la canción trovadoresca, él prefería los ritmos más terrenales del son y la guaracha, y sus letras, lejos de la idealización romántica, se internaban en el terreno movedizo de la sátira, el choteo y la observación costumbrista. El poeta y ensayista Waldo Leyva ha observado que: “Ñico Saquito pertenece a una estirpe de creadores populares que no separan el arte de la vida. Sus canciones no son obras de museo sino herramientas para vivir: sirven para bailar, para reír, para enamorar y, sobre todo, para entender que la existencia, con todas sus penurias, merece ser vivida con alegría”.

En 1934 viajó a La Habana y formó su primer grupo importante, el Cuarteto Saquito, con el que comenzó a grabar para el sello RCA Victor. Aquellas primeras grabaciones —María Cristina, Al vaivén de mi carreta, Adiós compay gato— se convirtieron en éxitos inmediatos que traspasaron las fronteras de la isla y cimentaron su reputación como uno de los compositores más brillantes y ocurrentes del panorama musical cubano. María Cristina, en particular, se ha convertido en un clásico del repertorio popular latinoamericano, una canción que varias generaciones han bailado sin tal vez reparar en la malicia de sus versos. El periodista y crítico musical Frank Padrón ha apuntado que: “(…) la aparente ingenuidad de las letras de Saquito es un engaño. Debajo de la superficie humorística hay una mirada aguda sobre las relaciones de poder, el machismo, la pobreza y la hipocresía social. Sus canciones son pequeñas cápsulas de crítica social envueltas en papel de guaracha”.

Los años cuarenta y cincuenta constituyen el período de madurez creativa de Saquito. Instalado definitivamente en La Habana, compuso algunas de sus piezas más recordadas —Te escribí un papel, Ojos malignos, Qué lío tiene esa mujer— y formó el grupo Los Guaracheros de Oriente, con el que recorrió buena parte de América Latina y dejó un puñado de grabaciones que son referencia obligada para cualquier estudioso del son montuno. El investigador Jorge Calderón, en un ensayo dedicado a la diáspora de la música cubana por el continente, ha documentado que: “Los Guaracheros de Oriente fueron embajadores informales de una cubanía desenfadada y popular que caló hondo en países como Venezuela, Puerto Rico y México. En sus giras, Saquito no solo llevaba canciones: llevaba una manera de entender la música como celebración colectiva y como ejercicio de libertad expresiva”.

El triunfo de la Revolución Cubana en 1959 sorprendió a Ñico Saquito en el extranjero, y durante varios años permaneció fuera de la isla, residiendo fundamentalmente en Venezuela y Puerto Rico. Aquel exilio voluntario o forzoso —los testimonios son contradictorios y el propio músico nunca quiso abundar en detalles— marcó una etapa de menor presencia en los medios cubanos, aunque sus canciones siguieron sonando en la radio y en los tocadiscos de la isla. En los años setenta, Saquito regresó definitivamente a Cuba y se estableció en La Habana, donde vivió sus últimos años en un apartamento modesto del Vedado, rodeado del afecto de músicos más jóvenes que lo visitaban en busca de consejo, anécdotas y alguna guaracha inédita. La cantautora Miriam Ramos, que lo conoció en aquella época, ha evocado que: “(…) el viejo Saquito era un personaje de sus propias canciones: ocurrente, descreído, incapaz de tomarse nada demasiado en serio. Pero cuando agarraba la guitarra y se ponía a cantar, uno entendía que detrás de aquel humorista había un artista de una seriedad absoluta, un conocedor profundo de los secretos del ritmo y la melodía”.

Una dimensión poco explorada de su legado es la influencia que ejerció sobre las generaciones posteriores de músicos cubanos. Saquito no fundó una escuela ni dejó discípulos formales, pero su manera de escribir —ese fraseo conversacional, esa economía de recursos poéticos, esa capacidad para sugerir más de lo que se dice— se infiltró en la obra de compositores e intérpretes que van desde Los Van Van hasta la Nueva Trova. El trovador Silvio Rodríguez, en una entrevista publicada por la revista Revolución y Cultura, declaró: “A mí Ñico Saquito me enseñó que una canción puede ser profunda sin ser solemne. Sus guarachas son pequeñas clases de narrativa: en tres minutos, con tres acordes y un estribillo pegajoso, te cuenta una historia que se te queda para siempre”.

Su obra plantea, además, la relación entre humor y resistencia en la cultura popular cubana. Sus canciones, repletas de sobreentendidos, albures y choteo, pertenecen a una larga tradición de la oralidad cubana que utiliza la risa como mecanismo de defensa ante la precariedad, el autoritarismo y la frustración. El investigador y ensayista Samuel Feijóo, en su monumental estudio sobre el humor en la cultura popular cubana, dedicó varias páginas a la obra de Saquito y afirmó que: “(…) en sus guarachas, el cubano se reconoce y se celebra a sí mismo, con sus mañas, sus pequeñas trampas y su infinita capacidad para sacarle punta a la desgracia. Eso es lo que los griegos llamaban catarsis y los cubanos llamamos choteo”.

Ñico Saquito murió en el Hospital Calixto García de La Habana, a los ochenta y un años, víctima de un cáncer que no mermó su lucidez ni su sentido del humor. Según cuentan quienes lo acompañaron en sus últimas semanas, el músico recibía a las visitas con una sonrisa y un chiste, y hasta los días finales mantuvo la costumbre de sentarse a tocar la guitarra en el balcón de su apartamento, ante la mirada cómplice de los vecinos. Su velorio congregó a una multitud de músicos, admiradores y amigos que llenaron la funeraria de La Habana donde fue velado.

Al cumplirse este nuevo aniversario de su fallecimiento, la música de Ñico Saquito mantiene una frescura que desafía el paso de los años. No necesita restauraciones musicológicas ni homenajes solemnes. Basta poner uno de sus discos, escuchar el rasgueo de su guitarra y esa voz de viejo zorro que parece guiñar un ojo, para entender que Saquito pertenece a la estirpe de los imprescindibles. Sus canciones seguirán sonando mientras haya alguien dispuesto a bailar sus penas, a reírse de sus desgracias y a cantar, como él cantaba, ese “cuidado con el eco” que es también una advertencia y una filosofía.

Lázaro Hernández Rey