Pepe Tallet: el poeta rumbero que defendió el idioma y la memoria de Cuba
José Zacarías Tallet Duarte nació en Matanzas el 18 de octubre de 1893, en una pequeña casa de la calle O’Reilly número 79, la misma que años atrás había sido residencia de José María Heredia, el cantor del Niágara. Aquel detalle, casi anecdótico, parecía anunciar un destino literario. Tallet vivió 96 años, desde el ocaso del siglo XIX hasta las postrimerías del XX, y en ese trayecto vivió transformaciones culturales, políticas y sociales de una magnitud difícil de resumir. Poeta, periodista, profesor y revolucionario, su figura se convirtió con el tiempo en una leyenda de la cultura nacional. Pablo de la Torriente Brau lo llamó jocosamente “el poeta rumbero” por su célebre poema “La rumba”, pero su legado desborda con creces ese apelativo.
La formación de Tallet correspondió a una familia pequeño-burguesa de provincia. Su adolescencia y juventud transcurrieron entre los aires matanceros y el hallazgo de la literatura como forma de expresión íntima. Viajó a Estados Unidos con su familia y comenzó estudios de Comercio, más por el sentido práctico de sus ascendientes que por verdadera vocación. De vuelta a la Isla, ejerció oficios disímiles: cajero, secretario, mecanógrafo, contador, escribiente, bibliotecario y traductor. Esa diversidad laboral no fue un obstáculo para su desarrollo intelectual, sino más bien un rasgo de una época en la que los creadores debían ganarse el pan en múltiples frentes. Tallet publicó sus primeros poemas en 1923, en dos revistas, y de inmediato adquirió reconocimiento. Su nombre comenzó a figurar en antologías desde 1926, y en 1928 escribió “La rumba”, el poema que lo consagró como uno de los iniciadores de la poesía afrocubana en Cuba.
Su compromiso con las causas revolucionarias no fue menor que su vocación literaria. Participó en la Protesta de los Trece, en la Falange de Acción Cubana, en el Movimiento de Veteranos y Patriotas y en el Grupo Minorista. Fue amigo íntimo y cuñado de Rubén Martínez Villena, una de las figuras más admiradas de la intelectualidad revolucionaria de los años veinte. Colaboró junto a Julio Antonio Mella en la fundación y organización de la Universidad Popular José Martí, y participó en el congreso obrero de 1934, así como en actividades conspirativas contra los gobiernos republicanos de turno. Fundó la Liga Antimperialista en 1925 y fue miembro activo del Grupo Minorista nucleado en torno a Villena. Su poema “Proclama” se convirtió en un texto antológico de la poesía social cubana, y en él dejó una sentencia que lo retrata: “Haces bien, proletario, en tener desconfianza del que canta al torrente, pero no se lanza”.
El vínculo de Tallet con el periodismo comenzó en 1926 y nunca abandonó esa labor. Ocupó cargos de director, subdirector y editor de numerosos periódicos y revistas. En las décadas del veinte y del treinta, su desempeño fue intenso: traductor de cables, miembro del consejo de dirección de la revista Venezuela Libre, administrador de América Libre, editor de la Revista de Avance, jefe del magazine del diario El Mundo, redactor de Baraguá, articulista de El País y El Mundo, y subdirector del periódico Ahora. Sus colaboraciones se extendieron a publicaciones como Social, Chic y Carteles. Ya para entonces era una figura del periodismo cubano, y su presencia desde la fundación de la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling, a inicios de la década de 1940, lo confirma. En 1959 fue nombrado director de esa escuela, y en ella impartió clases durante diecisiete años.
Pero si hay una faceta que lo hizo entrañable para generaciones de lectores, esa fue su sección Gazapos. Primero en el diario El Mundo y después en el semanario Bohemia, Tallet se dedicó a corregir errores de lenguaje con un humor suave y una erudición que nunca resultaba pedante. Su libro Evitemos gazapos y gazapitos, publicado por la Editorial Letras Cubanas en 1985, recopiló buena parte de esas notas y se convirtió en un texto de consulta obligada para quienes se preocupaban por el uso correcto del idioma.
Su obra poética, aunque breve en cantidad, posee una densidad que la crítica ha reconocido de manera sostenida. Publicó un solo libro de poesía en vida: La semilla estéril, en 1951, donde reunió buena parte de sus versos de dos décadas anteriores. Allí figura “La rumba”, poema que la célebre declamadora argentina Berta Sinbermann incorporó a su repertorio y llevó por todo el mundo de habla española. El crítico Max Henríquez Ureña lo consideró segundo en el tiempo en la creación de poesía de tema afrocubano en su vertiente pintoresquista y folclórica. En 1969 apareció Órbita, editado por la UNEAC, y en 1978 vio la luz Vivo aún, un cuaderno de cincuenta poemas que demostró que su voz seguía viva. Al año siguiente se editó Poesía y prosa, con toda su obra principal hasta la fecha.
Los reconocimientos llegaron tarde, pero llegaron. En 1984 recibió el Premio Nacional de Literatura, el segundo que se otorgaba en Cuba, después del concedido a Nicolás Guillén el año anterior. No fue un galardón cuantitativo: Tallet había pasado décadas sosteniendo su modestia personal, sin creerse tope en la creación literaria. Ese mismo año la Universidad de La Habana le concedió el doctorado Honoris Causa. También recibió la Orden Félix Varela de Primer Grado en 1982 y la Medalla Julius Fučík, otorgada por la Organización Internacional de Periodistas.
José Zacarías Tallet no fue solo un poeta de un libro célebre ni un periodista de una sección popular. Fue un hombre que atravesó casi un siglo de historia cubana con la misma curiosidad y la misma honradez intelectual. Defendió el idioma con humor, combatió las injusticias con versos y dejó una obra que nunca fue estéril. Su semilla sigue germinando en cada lector que descubre sus versos, en quien consulta sus gazapos y en cada cubano que valora la lengua como parte esencial de la identidad. A 133 años de su nacimiento, Pepe Tallet sigue siendo una referencia viva de la cultura nacional.

