Raúl Ferrer: el arte de enseñar con el alma y la palabra

Raúl Ferrer: el arte de enseñar con el alma y la palabra
Foto tomada de Periódico Escambray

Hay figuras que emergen en la historia cultural de un país no por la estridencia de sus actos, sino por la silenciosa y firme manera en que transforman la realidad desde sus cimientos. Raúl Ferrer Pérez, nacido en el poblado de Meneses, Yaguajay, el 4 de mayo de 1915, pertenece a esa estirpe de hombres, cuya obra poética y pedagógica constituye un mismo latido. Maestro, poeta y comunista, su vida representa un testimonio de cómo la sensibilidad lírica y la lucha social pueden fundirse en una sola vocación de servicio.

Los primeros pasos de Ferrer en la poesía no surgieron entre libros académicos, sino del contacto directo con el mundo rural y la clase obrera. Sus nociones poéticas iniciales las recibió de su abuelo Eufemio, y luego las enriqueció su profesor de literatura. Este aprendizaje emocional fue tan importante como su formación política: mientras trabajaba en el central Vitoria de Yaguajay, estrechó vínculos con los trabajadores y conoció a líderes sindicales como Jesús Menéndez, experiencia que forjó su conciencia social. En ese entorno germina una sensibilidad única, donde el verso no es adorno sino herramienta.

La anécdota que mejor define su talante pedagógico ocurrió en septiembre de 1937, al iniciar su labor como Maestro Cívico Rural en la escuelita del central Narcisa. El primer día de clases notó la ausencia masiva de alumnos y pronto comprendió la causa: muchos carecían de zapatos y la pobreza les impedía presentarse. La solución de Ferrer fue tan inmediata como profundamente solidaria: impartir sus clases descalzo. Con este gesto eliminaba la diferencia visible entre los niños. El joven maestro, que sí poseía calzado, eligió despojarse de ese privilegio para acoger a todos sus alumnos en un mismo suelo de aprendizaje y dignidad.

Esa misma sensibilidad pedagógica cristalizaría en su poema más emblemático, Romance de la niña mala, escrito en 1941, y posteriormente musicalizado por su sobrino Pedro Luis Ferrer. En estos versos, la voz del maestro defiende a Dorita, una alumna a quien el vecindario juzga como “arisca y malcriada”. Frente a la censura externa, el poeta conoce la realidad íntima del hogar, la solidaridad de la niña con sus compañeros y su apego al busto de José Martí que presidía el aula. “Cuando se premie el cariño / y lo rebelde del alma, / cuando se entienda la risa / y se le cante a la gracia; / cuando la justicia rompa / entre mi pueblo su marcha (…) habrá que poner al pecho / de mi niña una medalla”, escribe Ferrer. El poema es una declaración de principios y un compendio de su ética: antes de condenar, el verdadero maestro se asoma al alma del alumno.

La obra poética de Ferrer no fue prolífica en extensión, pero sí en hondura. Publicó títulos como El romancillo de las cosas negras y otros poemas escolares (1957) y Viajero sin retorno (1979), siempre con la mirada puesta en los humildes y en los paisajes de su infancia rural. La simbiosis entre poesía y pedagogía revela una concepción casi mística de la docencia, elevada a categoría de esencia vital.

Con el triunfo de la Revolución en 1959, su vocación pedagógica encontró un cauce de dimensiones nacionales. Ferrer fue designado vicecoordinador de la histórica Campaña de Alfabetización, donde aportó una fórmula que conjugaba su genio organizativo con el gracejo popular criollo: “Que todo analfabeto tenga su alfabetizador; que todo alfabetizador tenga su analfabeto”. Esta ingeniosa consigna sirvió como motor movilizador de una gesta que transformaría a Cuba en el primer territorio latinoamericano libre de analfabetismo. La labor no se detuvo allí: asumió la superación obrero-campesina y las batallas por alcanzar el sexto y noveno grados, convencido de que la emancipación cultural era la verdadera llave de la libertad.

Su labor trascendió las fronteras insulares. La Unesco lo contó como asesor internacional, colaborando incluso en la alfabetización de Nicaragua y Angola. En los años ochenta del pasado siglo XX, fungió como consejero cultural en la embajada cubana en la Unión Soviética y, a su regreso, encabezó una tarea que sintetizaba su vida entera: la Comisión Nacional de Promoción de la Lectura. Bajo el lema No le decimos al pueblo: cree; le decimos: lee —pensamiento inspirado en Fidel Castro—, Ferrer defendió la lectura como acto de soberanía intelectual.

El ocaso de su vida no disminuyó su vínculo con la tierra natal. En octubre de 1990, el municipio de Yaguajay lo nombró Hijo Ilustre. Falleció en La Habana el 12 de enero de 1993, pero su espíritu permanece en cada rincón donde un maestro convierte el aula en un espacio de justicia y poesía. Enrique Núñez Rodríguez, en la despedida de duelo, lo resumió con una frase imborrable: “De su escuelita del central Narcisa salió hacia el aula inmensa de la patria”.

Raúl Ferrer demostró que se puede alfabetizar sin cartillas rígidas, cuando el ejemplo personal oficia como primera lección. Su vida constituye una advertencia contra la solemnidad vacía y un recordatorio urgente de que educar es, ante todo, un acto de amor tangible: compartir descalzo, con los pies sobre la misma tierra, el oficio de aprender.

Lázaro Hernández Rey