Roberto Faz y la esencia del son

Roberto Faz y la esencia del son
Foto tomada de Amazon

El 18 de septiembre de 1914, cuando La Habana comenzaba a ensanchar sus avenidas y los cafés cantantes se llenaban de trovadores, nació en el barrio de Los Sitios un niño que, sin saberlo, estaba destinado a cambiar el modo en que la música bailable cubana se entendía a sí misma.

Roberto Faz Montero no heredó fortuna ni linaje musical; heredó un oído prodigioso, una voz de terciopelo y una intuición rítmica que lo llevarían a convertirse en una de las figuras más refinadas del son cubano. Su nombre, hoy inscrito en la historia grande de la música popular, evoca imágenes de salones iluminados, de parejas que giran al compás de una orquesta impecable y de un cantante que hace del baile una ceremonia de elegancia sin renunciar a la sabrosura del barrio.

Su formación fue esencialmente autodidacta, forjada en las descargas de solar, en los guateques familiares y en los cines de barrio donde se cantaba antes de la función. El primer gran aprendizaje vino del contacto directo con los soneros de la vieja guardia, aquellos que recorrían los patios habaneros con sus guitarras y sus claves.

La investigadora Alicia Valdés Cantero, en su documentado estudio sobre la canción cubana del siglo XX, destaca:  “Faz entendió desde muy joven que el son no era solo un ritmo para bailar, sino un género que exigía del cantante una dicción impecable, un sentido exacto del fraseo y una capacidad para contar historias en tres minutos”. Esa comprensión profunda del género lo distinguiría de otros cantantes de su generación, más atentos al lucimiento vocal que a la claridad narrativa.

La década de 1940 fue decisiva en su trayectoria. Tras un paso breve por varias agrupaciones menores, Faz ingresó en la orquesta de Cheo Belén Puig y más tarde en la legendaria Conjunto Kubavana, donde su voz comenzó a ganar notoriedad. Sin embargo, fue en 1948 cuando dio el salto que lo inmortalizaría: fundó su propia agrupación, el Conjunto Roberto Faz, una formación que combinaba la estructura clásica del son con una sección de metales que le daba brillo y amplitud al sonido.

El musicógrafo Helio Orovio, en su enciclopédico diccionario de la música cubana, anota que: “(…) el Conjunto Roberto Faz se caracterizó por un equilibrio inusual entre la fidelidad a la tradición sonera y una modernidad armónica que conectaba con el feeling, el movimiento de canción romántica que por aquellos años revolucionaba los salones habaneros”. Esa doble pertenencia, al mundo del son y al del bolero, le permitió a Faz transitar con naturalidad entre el baile y la escucha atenta, entre la fiesta y la confesión amorosa.

Uno de los mayores aportes de Roberto Faz a la música cubana fue su trabajo sobre la voz como instrumento melódico. No cantaba por encima de la orquesta, sino con ella, integrándose al tejido sonoro como un metal más. Su dicción, elogiada por críticos y colegas, era una lección de claridad: cada palabra se entendía, cada frase respiraba, cada estribillo invitaba al coro. El pianista y director Frank Emilio Flynn, figura central del feeling habanero, declaró en una entrevista recogida por el investigador Leonardo Acosta que Faz era un músico con garganta: “(…) sabía de armonía, sabía de claves, sabía cuándo entrar y cuándo callar. Por eso los bailadores lo adoraban y los músicos lo respetaban profundamente”.

El repertorio de Faz incluye clásicos indiscutibles del cancionero cubano. Temas como El agua del clavelito, Suena tu bongó, La mala maña y, sobre todo, Boda de amor, se convirtieron en emblemas de una época en que la música bailable cubana alcanzaba una difusión continental.

La radiodifusión fue una aliada poderosa en esa proyección. Los programas en vivo, las transmisiones desde los cabarets y las grabaciones para la naciente industria discográfica amplificaron su voz hasta convertirla en un referente en países como México, Colombia, Venezuela y los Estados Unidos, donde las comunidades latinas seguían con devoción sus discos. La periodista Mayra Martínez, en una crónica publicada por la revista Bohemia con motivo del centenario del músico, recuerda: “(…) las emisoras habaneras se disputaban la presencia del Conjunto Roberto Faz, pues su música garantizaba audiencia y prestigio; era la banda sonora de una ciudad que se modernizaba sin renunciar a sus raíces”.

La relación de Faz con el movimiento del feeling merece un análisis particular. Aquel movimiento, surgido en los años cuarenta alrededor de figuras como José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz y Ñico Rojas, proponía una renovación armónica de la canción cubana, con influencias del jazz y una sensibilidad cercana al bolero íntimo. Faz no fue un miembro orgánico del grupo, pero mantuvo vínculos estrechos con sus principales exponentes y compartió con ellos un afán de refinamiento expresivo. La investigadora Alicia Valdés Cantero sostiene que Faz actuó como un puente entre el feeling y el son: “(…) llevó a la pista de baile la sofisticación armónica de los boleristas y devolvió al feeling el pulso callejero que corría el riesgo de perderse en los salones”. Esa función mediadora es una de las claves de su permanencia: supo ser elegante sin ser distante, popular sin ser vulgar.

El legado de Roberto Faz se extiende más allá de su muerte, ocurrida en 1966, cuando el músico contaba apenas cincuenta y dos años. Su Conjunto continuó activo durante décadas, manteniendo vivo un repertorio que ha sido revisitado por agrupaciones de salsa, timba y son tradicional. Conmemorar su natalicio es, por tanto, una invitación a redescubrir un capítulo esencial de la música cubana. No se trata de un ejercicio nostálgico, sino de un acto de justicia cultural. Su obra demuestra que la música bailable puede ser, al mismo tiempo, refinada y accesible, profunda y festiva, tradicional y moderna.

Lázaro Hernández Rey