Onelio Jorge Cardoso: Una voz, un pueblo, un hilo infinito

Onelio Jorge Cardoso: Una voz, un pueblo, un hilo infinito
Foto tomada de Cubarte

Con sus ojos negros y movidos, y su cabeza llena de ríos y montañas la figura de Onelio Jorge Cardoso se instala frente a nosotros. Cuando el calendario nos devuelve la fecha de su nacimiento —ese 11 de mayo de 1914 en el pequeño Calabazar de Sagua—, la literatura cubana no celebra simplemente una efeméride, sino la permanencia de una mirada que transformó la penuria y la geografía rural en un arte mayor.

Aquel niño que llegó al mundo en la antigua provincia de Las Villas no tuvo una cuna de privilegios. Hijo de un capitán mambí que peleó junto a Gómez y Maceo, y de una madre de espíritu exquisito, heredó una sensibilidad a flor de piel y un amor telúrico por Cuba. La vida le negó los estudios universitarios por falta de dinero, pero le concedió, a cambio, una academia mucho más vasta: la del camino. Antes de ceñirse el título auténtico de escritor, Onelio fue vendedor ambulante, viajante de medicina y maestro rural junto al poeta Raúl Ferrer en una escuelita del Central Narcisa. Esos oficios nómadas lo curtieron con un barro humano que luego tomaría la forma de sus personajes inolvidables, esos mismos que parecen dialogar en voz baja en los portales de los pueblos.

Su estreno en las letras no fue un accidente. En 1945, el joven de treinta y un años se alzaba con el prestigioso premio Alfonso Hernández Catá gracias a su cuento Los carboneros. Fue un chispazo que iluminó un talento indiscutible. Sin embargo, la consagración definitiva no vendría de los círculos académicos, sino del oído popular porque Onelio, antes que narrador de gabinete, fue un oyente insaciable. Se nutría de la oralidad del guajiro, de la leyenda susurrada en el barracón y de la anécdota que viajaba en los estribos de los camiones. Él escuchaba el latir de la gente de pueblo, afirmaron siempre sus críticos más atentos, y ese pulso sincopado se convierte en el motor de su escritura.

No se puede hablar de este autor sin mencionar esa obra cumbre que funciona como un espejo: El cuentero. En sus páginas, Juan Candela no es solo un personaje; es una máscara, un álter ego que revela la esencia de su creador. Aquel hombre “de pico fino para contar cosas”, que alumbraba las noches con un farol mientras los carboneros descansaban el cuerpo doblado por el peso del sol, es la viva estampa del propio Onelio. La crítica insiste, con acierto, en que ese personaje poseía las cualidades del autor: la capacidad de asombro y la generosidad de regalar historias para aliviar la fatiga. Esta simbiosis entre personaje y creador marca un hito en la narrativa costumbrista cubana, porque no hay condescendencia en su prosa; hay una poesía áspera y verdadera que no necesita de flores retóricas para florecer.

Su siglo de vida, que conmemoramos con reverencia, no quedó encerrado en los libros. Onelio fue un obrero de la palabra en todos los frentes. Al triunfo revolucionario, no se guardó en la torre de marfil. Se integró a la fundación de la Uneac, dirigió el Instituto de Derechos Musicales y puso su pluma al servicio del periodismo como jefe de reportajes especiales en el periódico Granma y redactor del semanario Pionero. Mucho antes, en los años cuarenta, ya había explorado el mundo de la radio escribiendo libretos y redactando noticieros en la emisora Mil Diez. Esa vocación radial, quizás menos conocida, refuerza la tesis de su eterna juventud creativa: para él no había fronteras entre el guion, la noticia y el relato. Todo era materia dispuesta a ser moldeada por su verbo preciso.

Resulta conmovedor saber que su imaginario jamás abandonó la geografía de la infancia. Aun convertido en el “Cuentero Mayor”, un Doctor Honoris Causa por la Universidad de La Habana y ganador del Premio Nacional de la Paz, Onelio regresaba a los paisajes de Calabazar con la misma curiosidad del niño que visitaba la caballeriza de su abuelo, aquel establo de don Quintín Cardoso que sirvió de germen a sus cuentos fantásticos sobre caballos. Persistía en él una fidelidad inquebrantable a sus afectos primigenios, como aquella vez que, venciendo la oposición de la abuela, prestó sus patinetas a Pedro Valdés, el amigo pobre del pueblo. Ese gesto de justicia íntima define la raíz de su literatura: una ética de la solidaridad expresada sin estridencias.

A casi cuatro décadas de su partida definitiva el 29 de mayo de 1986, la presencia de Onelio Jorge Cardoso palpita con una vitalidad persistente. Su legado no es una pieza de museo; es un organismo vivo que respira en los mil doscientos noveles escritores formados por el Centro de Formación Literaria que honra su nombre y en cada lector que se encuentra con Taita, diga usted cómo y siente la necesidad de mirar hacia los campos de Cuba con otros ojos. Cardoso nos enseñó que la patria no es una abstracción heroica, sino la suma de sus criaturas pequeñas, sus cascadas escondidas y sus carboneros anónimos. En su obra, lo insignificante se vuelve épico. Y quizás ese sea el milagro mayor del cuentero: habernos convencido de que la magia, esa que buscamos en libros lejanos, siempre estuvo en la voz de aquel hombre que viajaba con la cabeza llena de ríos y de montañas por los caminos reales.

Lázaro Hernández Rey