Ernest Hemingway, también nuestro
El escritor Ernest Hemingway no necesita un motivo específico para ser recordado. Tan grande es la obra de uno de los más célebres novelistas del siglo XX, tan obvio su humanismo y tal su leyenda, que con solo nombrarlo, se juntan en el pensamiento saberes y enigmas que conforman su existencia.
Nacido el 21 de julio de 1899 en Chicago, y fallecido en Ketchum, el 2 de julio de 1961, hace 65 años, cuando un balazo suicida puso fin a su vida, el más universal de los escritores estadounidenses subsiste en los hechos excepcionales que protagonizó y con más razón en su obra -conocida y avalada hasta nuestros días por millones de lectores- y entre las que cuentan, junto a cuentos y ensayos, novelas como Fiesta, Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas y El viejo y el mar, cuyo argumento se desarrolla en Cuba, la isla que tanto amó y a la que lo unieron muchas de las historias que conformaron el mito que se ciñó a su personalidad.
Sabida es la anécdota que, entre muchas otras, deja claro sus cálidos vínculos con nuestra patria, la suya por adopción. Al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1954, fue a un periodista cubano a quien eligió para conceder la primera entrevista a razón del acontecimiento. “Soy el primer cubano que consigue un premio Nobel”, declaró, sin que esto significara en absoluto renuncia ni adversidad por su país, sino una muestra del profundo vínculo afectivo con la tierra en la que plantó su residencia, en 1940, al instalarse en Finca Vigía, en San Francisco de Paula, y en la que ancló su yate Pilar, justo en el pueblo de Cojímar.
No resultó extraño que el escritor, de fuerte presencia en las calles e instalaciones habaneras, célebre en un país en el que vivió retadoras experiencias, dedicara el Premio a su gente de Cojímar; ni que ofrendara la medalla de oro del lauro a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba y de los pescadores.
Del mismo modo en que la Isla le fue primordial, Hemingway ha sido correspondido por ella. En tierra cubana se le eterniza con respeto y admiración. Dos esculturas en su honor se encuentran en el Floridita, uno de los sitios preferidos del autor; un modesto monumento se erige en su memoria, en Cojímar, aquel poblado que ganó su corazón. Finca Vigía, convertida en museo el 21 de julio de 1962, es la primera institución creada en el mundo para divulgar su vida y su obra.
El Coloquio Internacional Ernest Hemingway, organizado por el propio museo y en coordinación con el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, tiene lugar cada dos años, para propiciar espacios de debate e intercambio de información sobre el quehacer creativo del escritor antifascista, del que mucho queda por investigar.

En 2019, cuando la edición XVII del coloquio se dedicó al aniversario 120 del natalicio del escritor, el investigador estadounidense Andrew Feldman -quien permaneció por dos años en La Habana para acceder a los archivos y la biblioteca de Finca Vigía- presentó en el foro el libro Ernesto, la historia no contada de Hemingway en la Cuba revolucionaria, con sello de la editorial Melville House.
En el texto, Feldman recoge momentos trascendentales de la vida del escritor. De la calidad de la investigación ha dado fe el catedrático Jeffrey Herlihy-Mera al referir que se trata de “uno de los títulos más importantes sobre Hemingway en aparecer en los últimos años. Comprensivo, matizado y lleno de nuevas perspectivas oportunas, lo que distingue a este libro es el enfoque sensible y sensato del autor acerca de asuntos políticos y culturales complejos”.
Por su parte, en Cuba, vio la luz en 2020 el título Hemingway, ese desconocido (Editorial Abril), del destacado escritor Enrique Cirules, quien, en este ensayo distinguido con una mención en el concurso de Casa de las Américas, puso sobre el papel no solo la indiscutible conexión entre el escritor estadounidense y la Isla caribeña, sino que invita a la reflexión y al esclarecimiento en torno a zonas oscuras que han pretendido en vano ensombrecer al prominente narrador, que, al decir del doctor Salim Lamrani “supo cumplir su primer deber de ciudadano libre siendo un eterno indignado”.
Que junto a estas lecturas, sigan proliferando espacios de debate e instrucción para que se abra paso la verdad es lo menos que podemos pedirnos cuando ideales filosóficos y de justicia como los que defendió Hemingway son tan necesarios en estos tiempos.
Fuente: Madeleine Sautié /Granma

