Tomás Álvarez de los Ríos: el hombre que convirtió su casa en un libro abierto
Coleccionar se puede casi cualquier cosa. Los objetos coleccionables más conocidos son los sellos postales, las monedas, las obras de arte y las antigüedades, así como los libros, mapas, manuscritos.
También hay quienes coleccionan juguetes, bolígrafos, postales, discos de música y otros muchos más. Pero no solo se trata de objetos físicos, hay coleccionistas que atesoran cosas inmateriales, como en el caso que nos ocupa hoy: refranes.
Hablamos de un cubano que se dedicó a atesorar estas sentencias cortas y contundentes llenas de verdad y sabiduría. Tomás Álvarez de los Ríos (El hombre de los refranes), periodista y escritor, se destacó por su cubanismo y naturalidad.
Las paredes de su vivienda estaban cubiertas por unos cinco mil pequeños letreros, cada uno con un proverbio, convirtiendo así el inmueble en el único museo en el mundo dedicado específicamente a exhibir refranes.
A las afueras de Sancti Spíritus, en el centro de Cuba, grabados en tablillas de barro cubren sus cuatro portales. Detrás de esta obra única estuvo Tomás, quien, con apenas cuatro grados de escolaridad reconocidos legalmente, se convirtió en uno de los más fieles guardianes de la sabiduría popular cubana.
Nacido en el poblado de Guayos, en el seno de una familia humilde de raíces canarias, trabajó como cortador de caña, herrero, despalillador de tabaco y lector de tabaquerías. Fue precisamente en las escogidas de tabaco, escuchando la lectura en voz alta mientras trabajaba, donde el «bichito del conocimiento» se le metió en las entrañas. Su madre, Carmen de los Ríos, le enseñó las primeras letras escribiendo con carbón y yeso en el piso de la casa. De esa pobreza y de esa tenacidad nació un escritor que supo llevar la esencia rural de Cuba a la narrativa contemporánea.
En 1979, Tomás comenzó a cubrir las paredes de su vivienda con pequeños ladrillos de barro cocido donde grababa refranes, dichos y sentencias populares. Con el tiempo, la colección creció hasta superar los cinco mil proverbios, muchos de ellos aportados por visitantes de todas partes del mundo. Su casa se convirtió así en un reservorio cultural, un espacio vivo donde cohabitaban los refranes con objetos campesinos como el arado criollo, el pilón y una campana de bronce de 1948.
La fama del Hombre de los Refranes trascendió las fronteras de su pueblo natal, y su hogar se volvió parada obligada para innumerables visitantes. Por sus cuatro portales desfilaron personalidades de la cultura, la política y el deporte. Entre ellas, el Comandante de la Revolución, Juan Almeida Bosque, quien en 1996 le impuso en Matanzas la Réplica del Machete del Generalísimo Máximo Gómez, el más alto honor que confieren las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
Igualmente recibió el afecto de figuras como la gran actriz y locutora Consuelito Vidal, el locutor Pastor Felipe y el reconocido escritor y profesor universitario Salvador Bueno, quien lo conoció décadas atrás y bromeó con él en aquella ceremonia. Fidel Castro también reconoció el valor del trabajo realizado por aquel humilde coleccionista de sabiduría.
Pero quizás la visita más temprana y significativa fue la de Fayad Jamís, el poeta y pintor mexicano que llegó a Guayos en 1943 y entabló amistad con el joven Tomás. Juntos fundaron el Grupo de los Nueve, un taller literario que sembró las primeras semillas culturales en la región. Jamís llegaría a llamar a Guayos «el ombligo del mundo».
Tomás Álvarez de los Ríos, nacido el 28 de julio de 1918, falleció el 7 de noviembre de 2008, a los 90 años, pero su legado sigue vivo en cada ladrillo de esa casa única. Hoy, su morada permanece como testimonio de que la cultura no necesita grandes palacios, sino hombres y mujeres que sepan escuchar la voz del pueblo y grabarla en la memoria. Como él mismo decía: «Nunca digas que te despides de mi casa, sino que sales de la tuya».

