Amelia Peláez: el color cubano hecho vanguardia

Amelia Peláez: el color cubano hecho vanguardia
Foto tomada de Alas Tensas

Amelia Peláez del Casal fue una figura decisiva que tejió un lenguaje artístico moderno e inconfundiblemente cubano. Como parte de la primera vanguardia, su obra reflejó su formación cosmopolita y se convirtió en un emblema de la identidad nacional desde un arte que transformó los elementos cotidianos y la arquitectura doméstica en un canto universal de color y forma. Desde esos elementos, su trayectoria artística se caracterizó por una búsqueda constante de conocimiento, desde sus raíces hasta los centros neurálgicos del arte moderno internacional.

Amelia nació el 5 de enero de 1896 en Yaguajay. A los 20 años ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro en La Habana. Allí fue discípula del maestro Leopoldo Romañach, de quien adoptó un interés por el color que marcaría su trayectoria. En 1924 realizó su primera exposición personal junto a la pintora María Pepa Lamarque en la Asociación de Pintores y Escultores de La Habana y en 1927 viajó a París con una beca. Allí estudió en prestigiosas instituciones como la École du Louvre y la Académie de la Grande Chaumière.

Su formación dio un giro definitivo cuando, entre 1931 y 1934, estudió con la artista rusa Alexandra Exter, quien la introdujo en las teorías del color, el abstraccionismo y el diseño de vanguardia, lecciones que la propia Peláez reconoció como fundamentales para su mayor adelanto técnico.

En 1933 presentó con éxito 33 obras (naturalezas muertas, paisajes y retratos) en la Galería Zak de París. La muestra fue un reflejo de su consolidación como profesional.

A su regreso a Cuba en 1934, Peláez ya era una artista formada, pero fue en su tierra donde encontró su voz definitiva e integró la vanguardia artística cubana, un movimiento que buscaba definir una identidad cultural nacional a través del arte.

Foto tomada de Trabajadores

A partir de los años 40, convirtió las frutas tropicales como el mamey y la guanábana en el centro de gravedad de su pintura. Estos bodegones no eran simples representaciones, sino composiciones estructuradas que exploraban el color y la forma. Su serie de Interiores del Cerro capturó la esencia de las casas habaneras, con sus muebles, vitrales y rejas. Transformó estos elementos arquitectónicos y decorativos en un complejo tejido de líneas y colores planos que definen su estilo más reconocido. En obras como Las dos hermanas (1943) y Mujer (1945), representó a la mujer con un carácter entre grotesco y dramático, nutriéndose de la estética de las vanguardias europeas para ofrecer una perspectiva única.

Su obra evolucionó desde un cubismo analítico hacia composiciones donde predominaba la línea negra que delimita áreas de color luminoso y plano, acercándose a la abstracción geométrica en los años 50, aunque tampoco se limitó a la pintura. A partir de 1950, dedicó varios años a la cerámica en un taller de San Antonio de los Baños. También dejó un importante legado en murales, como la fachada de cerámica del Hotel Habana Libre (1958) y el mural para el Tribunal de Cuentas en La Habana (1953).

Tras su exitosa muestra en el Lyceum de La Habana en 1935, su obra viajó a galerías e instituciones de alto prestigio. Destaca su retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana en 1967 y sus trabajos representando a Cuba en eventos de talla mundial como la Bienal de Venecia y la Bienal de São Paulo.

Amelia Peláez falleció en La Habana en 1968, pero su arte sigue vivo. Su mayor aporte fue demostrar que las tradiciones locales —los vitrales coloniales, las frutas del patio, el diseño de una reja— podían sintetizarse en un lenguaje plástico moderno y universal. Abrió un camino para que generaciones posteriores de artistas cubanos exploraran su identidad sin renunciar a la contemporaneidad.

Foto tomada de Cuba Sí

Su casa-taller en el barrio de La Víbora, Villa Carmela, fue testigo y fuente de inspiración de gran parte de este proceso creativo. En sus salas y jardines logró la alquimia perfecta: tomar la esencia de lo cotidiano y transformarla, con rigor compositivo y una paleta vibrante, en un patrimonio artístico que hoy define una parte fundamental de la cultura visual cubana.

Para el curador Roberto Cobas Amate, la obra de Peláez constituye un monumento a la defensa de los valores identitarios de la cultura cubana: “Afianzándose en estas raíces supo proyectarlas en un lenguaje universal de singular unidad. Su evolución transcurre sin saltos, en una continuidad que se afirma en la voluntad de ser consecuente con ella misma sin desvíos ni repeticiones”.

En este aniversario de su natalicio la recordamos no solo como una gran pintora, sino como una creadora que enseñó a ver la isla con ojos nuevos, donde lo decorativo se vuelve esencial y el color cuenta una historia propia.

Lázaro Hernández Rey