El intrépido jefe mambí fue el único de la estirpe de los Maceo Grajales que combatió en las tres contiendas bélicas por la independencia de Cuba del colonialismo español, y combatió en 28 de los 30 años que duró la gesta, buena parte de su juventud y de su vida.
Autor: Ana Rosa Perdomo Sangermés
En el año del centenario de Fidel, se recuerda su admiración y agradecimiento hacia José Martí, su devoción por la dignidad plena del hombre, su solidaridad hacia los hombres y pueblos del mundo.
El más auténtico y sincero de los homenajes a José Martí, en ocasión de su centenario, fue protagonizado por los jóvenes y estudiantes cubanos en la fría noche del 27 de enero de 1953, hace 73 años, y constituyó la mejor fragua para el carácter y la conciencia de toda una generación, que con justeza y mérito ganado se ha conocido desde entonces como la Generación del Centenario.
Bajo un fuerte toque de campanas y plenos de optimismo patrio, llegaron a Mantua hace 130 años los integrantes de la columna invasora mambisa, comandados por el Mayor General Antonio Maceo, quienes 92 días antes habían salido desde Mangos de Baraguá (en el oriente de Cuba) con el fin de llevar la Guerra Necesaria hasta la zona occidental.
Para el líder invicto de la Revolución Cubana, Lenin fue: “Un infatigable investigador, un incansable trabajador. Y puede decirse que desde que tuvo conciencia política no descansó un solo instante a lo largo de su vida, no descansó un solo instante de investigar, de estudiar y de trabajar en el camino de la revolución”.
Los objetivos de la Revolución, no solo desde el punto de vista socioeconómico, sino también en materia de justicia social, promueven políticas para el cultivo de las inteligencias y para el desarrollo de la ciencia y del pensamiento.
Hasta el último instante de su vida, en aquel 11 de enero de 1980, Celia Sánchez Manduley se entregó por entero a hacer avanzar la lucha y la obra revolucionaria.
Bastaron los doce días que navegó José Martí en el vapor Felicia, desde que salió de Nueva York el 8 de enero de 1881 hasta su llegada a Venezuela, para escribir los más amorosos y acabados poemas dedicados a su pequeño hijo José Francisco, en medio de la añoranza por la lejanía.

