El magisterio de Manuel Corona

El magisterio de Manuel Corona

Hay seres humanos que nacen con el don de crear y servir de enlace entre generaciones, mucho más cuando desde temprana edad descubren, sin proponérselo, esa capacidad autodidacta de adentrarse en lo desconocido, de ver brotar apenas las primeras notas musicales en su recién comprada guitarra.

Así le ocurrió con solo 20 años de edad a Manuel Corona Raimundo (1880-1950), un joven de Caibarién que siendo niño había viajado a La Habana en busca de mejoras económicas y más tarde trabajó como limpiabotas y tabaquero, adquiriendo gran maestría.

Pero estaba destinado a otro rumbo, el de la inspiración y las sonoridades, el de deslizar sus dedos hábiles por aquella, su inseparable guitarra, y crear hermosas piezas musicales, sobre todo boleros que «cantaban» al amor y al desamor, a la belleza de la mujer, con una dulzura y lenguaje inigualables. Han sido, a no dudarlo, un perenne homenaje a la mujer cubana.

Decenas de piezas con nombres femeninos, hasta cerca de un centenar, llevaron su autoría. Entre sus canciones y boleros motiva recordar su muy reconocida Longina, Santa Cecilia, Mercedes, La Alfonsa, Adriana, Aurora, Julia, Graciella

El pasado 17 de junio conmemoramos el aniversario 146 de su natalicio,  y sus composiciones siguen siendo un supremo referente de la cultura cubana, transmitidas de generación a generación en las voces de importantes exponentes como la trovadora María Teresa Vera -en principio- con aquella titulada Mercedes (1911), que aun acelera los corazones enamorados, correspondidos o no.

Santa Cecilia (1918) fue inspiración para el pintor y escultor español José Albaijés Ciurana, radicado en Camagüey, quien atraído por la hermosa letra y música que le impregnó Manuel Corona, al año siguiente pintó en óleo un cuadro que tituló Retrato de joven o Santa Cecilia, y que se conserva en el Museo Provincial de esa ciudad.

Manuel hizo gala de su apellido al ubicarse entre los grandes de la canción trovadoresca cubana (junto a Sindo Garay, Alberto Villalón y Rosendo Ruíz), una Corona que le valió para ser el que quizás más perdure a través de sus canciones, en las voces de nacionales y extranjeros.

Además del bolero, cultivó la criolla, la guaracha, el punto cubano y la romanza. Sus composiciones, genuinamente cubanísimas y populares en su mayoría, permanecen vivas en la memoria de su pueblo y en muchas partes del mundo, pero sobre todo en la acción renovadora de las sucesivas trovas (la nueva, la novísima, la postrova) y que son continuadoras de aquella que enriqueció el patrimonio cubano.

Ana Rosa Perdomo Sangermés