El poeta de la patria: la palabra que forjó a Cuba

El poeta de la patria: la palabra que forjó a Cuba
Foto tomada de Radio Rebelde

La vida de Carlos Manuel de Céspedes fue, desde el principio, una vida de letras. Nacido en el seno de una familia acaudalada de Bayamo en 1819, recibió una educación esmerada. Estudió gramática latina y filosofía en conventos de su ciudad natal y luego se trasladó a La Habana, donde se graduó como Bachiller en Derecho Civil en 1838. Su sed de conocimiento lo llevó a España, donde se doctoró en Derecho y, lo que es más crucial, recorrió Europa, el Imperio Otomano y parte de Rusia. Dominaba el inglés, el francés, el italiano, el latín y el griego. Su formación estuvo acompañada por una inmersión en las ideas liberales y revolucionarias del siglo XIX.

Su producción poética, a menudo compuesta en los intervalos de una vida agitada e incluso desde la prisión, revela las múltiples capas de su personalidad. En poemas como “Mi deseo” (1852), nos encontramos con un Céspedes íntimo, casi bucólico, que anhela “un techo pobre, escondido” donde la familia y la paz sean su único horizonte. Es la voz de un romántico.

Sin embargo, esa misma pluma podía tornarse cáustica y militante. En “Los traidores” (1868), escrito ya en plena guerra, arremete contra quienes prefieren la sumisión: “No es posible, ¡por Dios!, que sean cubanos / los que arrastrando servidumbre impía, / van al baile, a la valla y a la orgía, / insultando el dolor de sus hermanos”. Aquí, el poeta se funde con el líder político; la lírica se convierte en arenga. Otros poemas, como “Al Cauto”, muestran su destreza formal y una profunda reflexión metafísica, comparando el curso del río con la vida del hombre.

Su obra no se limitó a la creación original. Cultivó la traducción con rigor en obras como La Eneida de Virgilio y fragmentos de John Milton, lo cual revela su profundo respeto por la cultura universal. Incluso su veta musical dejó una huella imperecedera: en 1848 compuso la música de la primera canción romántica llamada “La Bayamesa”, cuya melodía adaptaría más tarde Perucho Figueredo para crear las notas del Himno Nacional de Cuba.

La vida cultural de Manzanillo, donde Céspedes residió por años, encontró en él un motor incansable. No solo fue abogado y hacendado, sino un pilar de la Sociedad Filarmónica local. Reformó sus estatutos para fomentar una biblioteca y una sección de declamación, y asumió la dirección escénica. En septiembre de 1856, el estreno del Teatro Manzanillo tuvo a Céspedes como actor principal en la comedia “El arte de hacer fortuna”. Los cronistas de la época elogiaron su maestría y particulares facultades sobre el escenario. La tradición oral de Manzanillo sostiene que llegó a montar obras de su propia autoría, como la comedia “Las dos Dianas”, aunque estos textos se han perdido. Para él, el teatro era más que entretenimiento; era un espacio de encuentro cívico y una forma de elevar el espíritu de la comunidad.

Si su poesía muestra al idealista y su actividad teatral al hombre público, el descubrimiento de su Diario Perdido nos permite asomarnos al abismo de su soledad final. Redactado entre julio de 1873 y febrero de 1874, tras ser destituido de la presidencia y confinado a un remoto campamento en San Lorenzo, estas páginas son un documento desgarrador.

En ellas, un Céspedes deprimido y consciente de su destino cercano reflexiona sobre la ingratitud de algunos compañeros, anota sus sueños premonitorios y expresa su amor por la familia que está lejos. La prosa del diario es directa, sin adornos, la de un hombre que sabe que escribe para la posteridad. El historiador Eusebio Leal Spengler, responsable de sacar a la luz este diario, destaca cómo Céspedes asume con dignidad la utilidad de su sacrificio: “El verdadero valor no está en inclinar la cerviz a lo inevitable, está en asumir su utilidad a una causa justa”. En su última anotación, el 27 de febrero de 1874, horas antes de caer en combate contra una tropa española, ese pensamiento se volvió acción: prefirió la muerte a la captura.

No fue un literato profesional, pero su escritura, en todas sus formas, fue constitutiva de su acción política. Como señala el investigador Rafael Acosta de Arriba, estudiar su pensamiento es asistir a la fundación de la nación cubana. En sus manifiestos, cartas, poemas y en su diario, diseñó los principios de una república abolicionista y con justicia social, conceptos que después articularía José Martí.

Céspedes, el poeta, el dramaturgo, el traductor, el diarista, sigue vivo. No solo como el hombre que dio la libertad a sus esclavos, sino como aquel que, desde la profundidad de su cultura y la sensibilidad de su pluma, soñó y escribió la patria mucho antes de poder fundarla en el campo de batalla. Su verdadero Grito de Yara se gestó, primero, en el silencio de la página en blanco.

Lázaro Hernández Rey