Ernesto Lecuona y la sinfonía del alma cubana
En el barrio habanero de Guanabacoa, el seis de agosto de 1895 nació Ernesto Sixto de la Asunción Lecuona Casado, un niño destinado a sintetizar en su obra el sentir de toda una nación. La tradición popular asegura que, siendo apenas un bebé, una limosnera se acercó a su cuna y proféticamente lo llamó genio. El vaticinio no podría haber sido más acertado. A los cinco años, el pequeño Ernesto ya daba su primer recital de piano, guiado inicialmente por su hermana Ernestina, y a los trece tenía lista su primera composición: la marcha militar Cuba y América. Este inicio precoz marcó el despegue de una carrera extraordinaria que legaría a Cuba y al mundo algunas de las melodías más perdurables de la música iberoamericana.
Lecuona se graduó del Conservatorio Nacional de La Habana con medalla de oro en interpretación a los dieciséis años. Su formación continuó en Francia con el mismo Maurice Ravel, mas su corazón siempre permaneció en Cuba. El musicólogo Cristóbal Díaz Ayala lo define como “el paradigma de la fusión de las vertientes españolas y africanas de la música cubana”. Esta capacidad para fundir elementos culturales dispuestos sin perder la autenticidad de las fuentes originales en un producto nuevo y distintivo se convertiría en el sello característico de toda su obra.
La carrera profesional de Lecuona despegó internacionalmente en 1916 con su debut en el Aeolian Hall de Nueva York, escenario que le abrió las puertas a una travesía artística que lo llevaría a los escenarios más prestigiosos de América y Europa. En 1924 realizó su primera gira por España junto a la violinista Marta de la Torre, y sus recitales de piano en 1927 y 1928 en la Salle Pleyel de París coincidieron con un creciente interés mundial por la música cubana. Fue en este periodo de efervescencia creativa cuando comenzó a mostrar su capacidad única para transitar con igual soltura entre la música popular y la culta, entre el entretenimiento vibrante y la composición sofisticada.
Uno de sus aportes institucionales más significativos ocurrió en 1922, cuando fundó la Orquesta Sinfónica de La Habana. Pero sin dudas, una de sus iniciativas más populares fue la creación de los Lecuona Cuban Boys en 1932, la primera orquesta iberoamericana que introdujo los ritmos afrocubanos en Estados Unidos. Esta agrupación se convertiría en una de las grandes atracciones de los centros nocturnos durante más de cuarenta años y recorrió el mundo con la música cubana como estandarte.
El genio creativo de Lecuona era asombroso en su carácter prolífico. Se cuenta que en un solo día llegó a escribir cinco canciones. Su catálogo total alcanza números extraordinarios que incluyen 406 canciones, 176 piezas para piano, 53 obras para teatro, 31 partituras orquestales y 13 bandas sonoras para películas. Tal capacidad productiva, sin embargo, nunca comprometió la calidad ni la profundidad de su obra, que abarcaría desde efímeras melodías para cine mudo hasta complejas estructuras sinfónicas.
Su producción constituye el soporte y pilar de la producción más relevante de la pianística nacional e iberoamericana. De igual forma, sus extraordinarias condiciones como intérprete lo llevaron a ejecutar obras representativas del repertorio universal con tal maestría que el propio Arthur Rubinstein, tras escucharlo tocar la Malagueña, exclamó: “No sé si admirar más su talento pianístico o su arte sublime como compositor”. Llamaba la atención especialmente por la habilidad de su mano izquierda.
Entre sus obras más significativas para piano se encuentran Suite Andalucía (en la cual está la mundialmente famosa “Malagueña”), Danzas Afro-Cubanas (un conjunto de seis piezas que incluye “La comparsa”), Rapsodia Negra para piano y orquesta y Suite Española. Estas composiciones exploraban de manera imaginativa y original los ritmos y melodías caribeños e introducían elementos de la refinada música europea de la primera mitad del siglo XX, con reminiscencias de Claude Debussy, Frederick Chopin y Franz Liszt.
Junto a Gonzalo Roig y Rodrigo Prats, Lecuona formó la trilogía más importante de compositores del teatro lírico cubano y en especial de la zarzuela. Su aporte más importante al género teatral fue la fórmula definitiva de la romanza cubana. Entre sus zarzuelas más celebradas se encuentran María la O, Rosa la China, El Cafetal y El Batey. Estas producciones no solo fueron éxitos en Cuba, sino que se convirtieron en las únicas producciones latinoamericanas que se integraron en los repertorios de España.
En una Cuba que aun mantenía en cuarentena el aporte musical africano, Lecuona empleó abiertamente las divisiones rítmicas africanas y usó títulos como “Danza de los ñáñigos”, reivindicando así el amplísimo acervo cultural afrocubano. Él mismo declaró con orgullo: “Creo justo señalar que mis danzas negras inician lo afrocubano. Yo llevé por primera vez el tambor de la conga al pentagrama y al teclado (…)”. Esta afirmación no era vanidosa sino precisa: sus Danzas Afro-Cubanas, escritas entre 1929 y 1934, representan las primeras obras que en el siglo XX abordan, de manera consciente y deliberada, el tema afrocubano en la música de concierto.
La comparsa, compuesta cuando Lecuona tenía solo 17 años, es quizás el ejemplo más emblemático de esta innovación. En esta pequeña obra el compositor incorpora por vez primera elementos rítmicos de raíz africana y anotó en la partitura bajo el motivo de la mano izquierda: “Imitación de un tambor”. El resultado es una pieza que evoca el sonido gradualmente creciente de una comparsa carnavalesca que se aproxima, pasa frente al oyente y luego se aleja, dejando solo el eco de sus últimas notas.
La estética afrocubana que Lecuona inauguró se manifestaba en su música no como una simple cita de carácter folclórico, sino como una estilización de la esencia de lo popular. Su música lograba borrar las líneas estrictas de la sociedad al integrar en el refinado entorno del salón concertístico los ritmos y sonoridades que hasta entonces habían sido marginados por su asociación con las clases populares y las comunidades afrocubanas.
Más allá del compositor e intérprete brillante, Ernesto Lecuona era descrito por sus contemporáneos como un hombre sencillo, modesto y solidario con todo el que necesitara su ayuda. Su biógrafo Orlando Martínez lo retrataba como un hombre de manos enormes pero ligeras, garras de león ocultas entre sedas, una metáfora que encapsula la combinación de potencia y delicadeza que caracterizaba tanto su personalidad como su estilo interpretativo.
Era conocido por su generosidad y buen carácter, cualidades que hicieron posible el estrellato de otros espléndidos artistas cubanos como Esther Borja y Bola de Nieve. El propio Chucho Valdés, muchos años después, recordaría con emoción cómo Lecuona lo escuchó tocar Malagueña, cuando era apenas un adolescente y, lejos de mostrarse arrogante, lo alentó con un sincero: “Estudia mucho, que vas por buen camino”.
Entre sus peculiaridades se cuenta que nunca abordó un avión, pues los detestaba, y que era aficionado a la carpintería, al punto de supervisar personalmente cada trabajo de ese tipo que se hacía en su casa. Su cantante preferida, Esther Borja, relataba que “gustaba de la vida bohemia, y las puertas de su casa siempre estaban abiertas no solo para los artistas y amigos, sino para quienes lo solicitaran”.
El 29 de noviembre de 1963, la música cubana perdió a uno de sus más grandes compositores cuando Ernesto Lecuona falleció en Santa Cruz de Tenerife, España. Su obra sigue inspirando a músicos contemporáneos cubanos más allá de los ámbitos de la llamada música culta o clásica. Su Siboney, Malagueña y Siempre en mi corazón —esta última nominada al Oscar en 1942— se han convertido en estándares del repertorio latinoamericano, y han sido interpretados y versionados por artistas de todo el mundo y en todos los géneros.
Ernesto mantuvo una dualidad fructífera en la cual conjugó sus dotes como intérprete de música clásica y compositor de obras de concierto al tiempo que creaba melodías populares. Ello, unido a su profundo conocimiento y amor por las raíces españolas y africanas de la cultura cubana, le permitió crear un corpus musical que sigue hablando con elocuencia del alma de Cuba, y la proyecta al mundo con una voz tan auténtica como universal.

