Félix Pita Rodríguez: la literatura cubana en aventura y compromiso
El 19 de octubre de 1990, La Habana perdió a uno de sus intelectuales más versátiles y menos clasificables. Poeta, narrador, ensayista, periodista, traductor, crítico literario, autor teatral y guionista de radio y televisión, Félix Pita Rodríguez desafía cualquier etiqueta simplificadora. Como apuntó el investigador Juan Nicolás Padrón, Rodríguez: “(…) se presenta como un raro, apartado de las clasificaciones o problemático para estudiarlo como poeta o como narrador, huidizo a las tipificaciones”. Treinta y cinco años después de su muerte, esa condición de “raro” no ha hecho más que confirmarse como señal de una originalidad que el tiempo no ha logrado domesticar.
La formación de Pita Rodríguez correspondió al modelo del autodidacta consumado. Nacido en el seno de una familia de inmigrantes gallegos, su educación formal fue limitada, pero su curiosidad no conoció fronteras. Hacia los 16 años, según confesó en una entrevista, comenzó a escribir y a buscar la manera de publicar sus textos. Envió unos poemas en prosa a Alejo Carpentier, por entonces jefe de redacción de la revista Carteles, y ese gesto marcó el inicio de una amistad que perduraría durante décadas. ”Cuando Alejo publicó mis poemas en prosa, ese hecho fue el ‘espaldarazo’: comencé a escribir con mayor asiduidad, con mayor interés”, recordó años después. En 1925 ya conocía a Nicolás Guillén, y los tres —Carpentier, Guillén y Pita— cultivaron una amistad que se convirtió en uno de los ejes de la vanguardia literaria cubana.
Su obra poética se inscribe en la corriente vanguardista cubana, con una marcada influencia surrealista que lo distingue dentro del panorama nacional. Roberto Fernández Retamar lo señaló como “quizá el único cubano que podemos señalar como representante de tal movimiento”, y destacó que su poesía “responde a la carencia de normas fijas en su expresión”. El propio Pita Rodríguez reconoció la huella de los maestros surrealistas que conoció en París: “Ellos me enseñaron a liberar el lenguaje, a utilizarlo en un sentido profundo, oculto, a ir hacia lo que está debajo”. Corcel de fuego, publicado en 1948, marcó la culminación de su etapa inaugural y estableció su manera de abordar el lenguaje poético. Su último poemario, Las noches, apareció en 1979, y en él exploró retratos de figuras que el tiempo había hecho memorables. El crítico Raimundo Lazo escribió sobre su narrativa: “Félix fue uno de los más vigorosos y personales cuentistas de la época, que se distinguió por su limpieza, objetivo, estampa y vigor en la narración”.
Su firma apareció desde muy joven en revistas como Avance, Social y Atuei, así como en el periódico Noticias de Hoy y el suplemento literario del Diario de la Marina. En 1940, tras regresar de su periplo europeo, se hizo cargo de la dirección del magazine dominical de Noticias de Hoy, órgano oficial del Partido Socialista Popular. En 1943, la Asociación de la Crónica Radial e Impresa de Cuba lo seleccionó como el mejor autor dramático, y en 1946 obtuvo el prestigioso premio internacional Hernández Catá por su relato Cosme y Damián. Su labor como guionista de radio y televisión lo llevó a Buenos Aires en 1949 y a Caracas entre 1958 y 1959. Nicolás Guillén resumió su prosa con una frase que se convirtió en definición: su escritura poseía “relato y poema”.
El compromiso político de Pita Rodríguez fue tan intenso como su vocación literaria. En 1937, formó parte de la delegación cubana al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia, Madrid y Barcelona, junto a Juan Marinello, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén. Durante la Guerra Civil Española ayudó a muchos combatientes cubanos, y fue uno de los fundadores del Comité Iberoamericano para la Defensa de la República Española. Años después, su solidaridad se extendió a la causa de Vietnam, sobre la cual escribió crónicas de gran repercusión y los libros Vietnam: notas de un diario y Niños de Vietnam.
Tras el triunfo de la Revolución en 1959 regresó a Cuba y se sumó de inmediato al proceso de transformación social. Fue vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y presidente de su Sección de Literatura, cargos desde los que ejerció una influencia decisiva en la promoción de nuevos talentos. En 1985, como reconocimiento a la totalidad de su obra, recibió el Premio Nacional de Literatura, y al año siguiente obtuvo el Premio de la Crítica por su libro De sueños y memorias. También fue condecorado con la Orden Félix Varela y la Distinción por la Cultura Nacional. Su cumpleaños 80 lo celebró en Bejucal, ya ciego, en una velada donde declamó un poema que puede considerarse su testamento literario: “Yo no quisiera morir / cuando ya de mi vivir / la mochila está vacía… Que yo me quiero morir / con la muerte por mi vida / peleando”.
La crítica ha sido unánime en reconocer su estatura intelectual. El investigador y profesor Salvador Bueno Menéndez lo consideró uno de los escasos ejemplos notables de la literatura vanguardista cubana junto a Manuel Navarro Luna. Hortensia Pichardo, al presentar su octava década, afirmó con responsabilidad que a Pita Rodríguez “no lo halagamos con titularlo un clásico cabal de la literatura cubana contemporánea. Aun más he de decir” Y Regino Pedroso añadió una nota personal: “(…) en toda la brillante producción de este gran artista de la pluma florece siempre la experiencia de su fecunda y aventurera vida”.
Quienes lo conocieron personalmente coinciden en el retrato de un hombre complejo y entrañable. Gustaba de la picardía criolla, podía ser irreverente y deslenguado, y en ocasiones su sinceridad le acarreó enemistades. El escritor Emilio Comas Paret, el poeta Omar Felipe Mauri y el crítico Waldo González, quienes lo trataron desde jóvenes, profundizaron en las cualidades humanas y las tareas sociales que lo distinguieron. Su poesía, como señaló Fernández Retamar, se movió siempre entre dos vertientes: “(…) la de la militancia que busca una mejoría para el hombre en lo colectivo, y al mismo tiempo la de una poesía lírica, intimista, que busca en lo individual, en lo muy personal”.
A 36 años de su partida, la figura de Félix Pita Rodríguez sigue interpelando a quienes se acercan a la literatura cubana del siglo XX. Fue, como él mismo se definió, un “perenne adolescente” que nunca dejó de asombrarse ante el mundo y que convirtió esa capacidad de asombro en materia literaria. Su vida fue una doble aventura: la de vivir y la de escribir, y en ambas dejó una huella que el tiempo no ha borrado.

