Flora Fong, el alma en el lienzo
Hay artistas que pintan lo que ven; Flora Fong pinta lo que su alma reconoce como propio en la naturaleza y en la memoria. Su obra no se limita a representar el paisaje cubano, sino que lo somete a una operación de destilación espiritual en la que la caligrafía china y la sensualidad del trópico se encuentran en un mismo gesto pictórico. Ese encuentro no es un añadido decorativo ni una concesión al exotismo: constituye el núcleo de una poética que entiende la identidad como un tejido de capas superpuestas, nunca resuelto del todo y siempre en tensión creativa.
Flora Fong García nació en Camagüey el 8 de noviembre de 1949, hija de padre chino y madre cubana, una dualidad que marcaría su lenguaje plástico desde los primeros grabados que realizó en la Escuela Nacional de Arte, donde se graduó en 1970 y luego ejerció la docencia en San Alejandro hasta 1989. Esa biografía de origen se convirtió en el sustrato de una obra que, a lo largo de cinco décadas, ha sido reconocida con varias distinciones, entre las que destacan el Premio Nacional de Artes Plásticas de 2022, y la Distinción por la Cultura Nacional en 1988, y que abarca la pintura, el grabado, la cerámica, el vitral, la escultura y hasta la construcción de papalotes de tradición oriental.
Lo que distingue a Fong es que su condición de artista transcultural no se agota en el motivo visible —la palma que se vuelve trazo, el ideograma que se infiltra en la mancha—, sino en una ética de la mirada. Ella misma ha declarado que copiar la naturaleza carece de sentido; su búsqueda apunta a la “expresión inmaterial por medios simples, utilizando solo lo indispensable”. Esa economía expresiva, aprendida de la pintura oriental, se combina con una paleta caribeña que estalla en amarillos y azules, y con una línea que conserva la memoria del pincel caligráfico sin renunciar al gesto expansivo del expresionismo. El resultado es un lirismo que no evade el conflicto: en sus series Remolinos y ciclones, Trópico, El Caribe, Las Antillas y Bahía, la violencia atmosférica del Caribe y la serenidad contemplativa del Tao conviven sin anularse.
El crítico y poeta Miguel Barnet lo formuló con precisión al decir que frente a un lienzo de Fong se percibe “la intrincada naturaleza de un bosque”, el “blanco que equilibra las tonalidades fuertes y otorga una perspectiva de infinitud”, y que en esa sucesión de imágenes “el Tao sin palabras y los buenos oficios de Eleguá se mezclan” para revelar “la gracia poética”. Esa convivencia de lo sagrado oriental y lo sagrado afrocubano no es una suma folclórica, sino la prueba de que su alma en el lienzo habita varios mundos a la vez y se niega a elegir uno solo.
Quizá por eso Adelaida de Juan observó que, a diferencia de Amelia Peláez, Flora “mira afuera desde su interior”. Esa mirada hacia fuera desde un interior habitado por dos continentes explica por qué su obra ha ensanchado las rutas de la identidad cubana sin traicionar ninguna de sus fuentes. En tiempos de identidades rígidas y purezas sospechosas, la pintura de Flora Fong recuerda que el alma de una cultura se juega, precisamente, en su capacidad de dejar entrar al otro sin disolverse. Su lienzo es la prueba.


