Ismaelillo, joya de la poesía en nuestra América
Bastaron los doce días que navegó José Martí en el vapor Felicia, desde que salió de Nueva York el 8 de enero de 1881 hasta su llegada a Venezuela, para escribir los más amorosos y acabados poemas dedicados a su pequeño hijo José Francisco, en medio de la añoranza por la lejanía.
Sus emociones lograron transmitir en versos la espiritualidad, belleza, brevedad, musicalidad y una riqueza lingüística sin par, como solo él era capaz de hacerlo.
Tal fue su entrega a esa creación, que años más tarde, en carta a Gonzalo de Quesada -figura clave del movimiento independentista en Cuba- le precisó lo que este debía hacer con la obra, si se producía su muerte durante la guerra. Así le indicó: “Versos míos, no publique ninguno antes del Ismaelillo…”
Han transcurrido 145 años de aquellos días luminosos en que Martí creara esta hermosa obra de versos exaltados, que no van dirigidos solamente a su amado hijo, que apenas rebasaba los dos años de edad, sino que al interpretarlos con profundidad constituyen un mensaje al mundo, cuando expresaba: «Espantado de todo, me refugio en ti. Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”.
Un año después, en 1882, logra publicar sus quince poemas por sus propios medios en la Imprenta de Thompson y Moreau, en Nueva York, en edición de autor no comercializada y con aquel sublime título: Ismaelillo (nombre de un niño bíblico, hijo de Abraham y Agar). Se cree que la etimología de la palabra puede traducirse en: «ser fuerte contra el destino».
Destacan en los poemas algunos títulos muy sugerentes que nos remontan a su pequeño hijo: Príncipe enano, Sueño despierto, Brazos fragantes, Mi caballero, Musa traviesa, Mi reyecillo, Penachos vívidos, Hijo del alma, Amor errante, Sobre mi hombro, Tábanos fieros, Tórtola blanca, Valle lozano, Mi despensero y Rosilla nueva.
Este fue su primer libro de versos publicado, “una joya de la poesía de nuestra América, de la poesía sin limitaciones de tiempo ni de espacio”, según considerara Ángel Augier, poeta, ensayista y periodista cubano de reconocido prestigio.
El pequeño es para Martí un símbolo de pureza e influencia vigorosa, por eso confiesa: «Para un príncipe enano/ se hace esta fiesta», es la satisfacción profunda, expresada en versos, de todo lo que su querido José Francisco significa para él y en quien deposita toda su confianza.
Este padre amoroso busca consuelo en su hijo, en medio de las grandes dificultades y tristezas que padece. Así utiliza recursos de gran valor artístico para motivar la concentración en los exquisitos versos, cargados de sensibilidad, añoranza y ternura.
Sin dudas, se trata de una compilación de lindos poemas que atrapan al lector, aún casi siglo y medio después de creados, algo para no olvidar cuando de amor familiar y paternal se trata, de gran belleza y estética.

