Jorge Anckermann Rafart: el alma musical del Alhambra

Jorge Anckermann Rafart: el alma musical del Alhambra
Foto: Radio Cadena Habana.

El compositor Jorge Anckermann Rafart ocupa un sitial de honor en la historia de la música cubana, no solo por la vastedad de una obra que abarcó casi todos los géneros de su tiempo, sino por la profunda cubanía que supo infundir en cada partitura. Nacido en el barrio habanero de Santo Ángel el 22 de marzo de 1877, en el seno de un hogar humilde, su destino musical quedó sellado desde la cuna.

Su padre, el pedagogo y músico mallorquín Carlos Anckermann, fue su primer y más influyente maestro, iniciándolo en los estudios musicales a los ocho años junto a sus seis hermanos, en la estrecha casa familiar de la calle Aguiar. La necesidad y el talento se dieron la mano muy pronto: con solo ocho años, su corta estatura no le impidió comenzar a tocar el contrabajo en la orquesta de su padre, gracias a un violonchelo de tres cuerdas que don Carlos le habilitó con una larga espiga para que pudiera alcanzar el suelo y, de paso, contribuir al sustento familiar.

A los diez años, ya era capaz de sustituir al director de un terceto, y con quince, su pericia lo llevó a cruzar el Golfo como director musical de una compañía de bufos en México, donde residió y enseñó durante un tiempo.

El regreso a La Habana marcó el inicio de una carrera deslumbrante. Con apenas diecisiete años, Anckermann estrenó en el Teatro Tacón la música de La gran rumba (1894), una parodia de la famosa revista española La Gran Vía, adaptada con un ingenio y un estilo inconfundiblemente cubanos.

Este fue su primer gran aldabonazo en el mundo del teatro vernáculo. Para darse a conocer ante el gran público, formó una pequeña orquesta con la que amenizaba las funciones de cine silente; mientras la audiencia esperaba, sus danzas y danzones prendían la mecha de la fiesta. Fue en ese contexto, según relata una célebre anécdota recuperada por Eduardo Robreño, donde una noche de 1909, en el Teatro Payret, mientras interpretaba un danzón, su atención se desvió hacia la pantalla y, sin pensarlo, retardó el ritmo de la pieza. Al terminar, intercambió una mirada cómplice con el flautista, el joven camagüeyano Luis Casas Romero. “Ha nacido una nueva modalidad en nuestra música”, dijo Anckermann. “Le llamaremos criolla”, respondió Casas Romero. Así, de aquella feliz improvisación, surgieron las primeras criollas, Nena mía y Carmela, firmadas por ambos y publicadas semanas después.

Sin embargo, fue en el mítico Teatro Alhambra donde la leyenda de Anckermann alcanzó su máxima dimensión. Aunque ya había estrenado allí Napoleón en 1908 con gran éxito, fue en septiembre de 1911 cuando asumió la titularidad de la orquesta, tras la repentina salida de Manuel Mauri. Desde ese momento y hasta el cierre del coliseo en 1935, Anckermann se convirtió en el alma musical de un teatro que hacía de la actualidad política y social su principal argumento. Con una disciplina y una creatividad asombrosas, llegó a promediar veinticinco obras anuales durante veinticuatro años, entre revistas, sainetes y piezas de mayor envergadura.

Alejo Carpentier, admirador de su oficio, dejó constancia de su solvencia técnica, elogiando sus trepidantes danzones y asegurando que Anckermann sabía contrapunto y fuga, que sabía instrumentar. Algo inusual para un músico de teatro popular, pero que explica la calidad de su orquesta, la cual, a pesar de contar solo con ocho profesores, sonaba como una sinfónica, según la apreciación de sus contemporáneos.

La obra de Anckermann para el Alhambra fue un crisol donde se fundieron todos los ritmos de la cubanía. Su música no se limitaba a acompañar, sino que dialogaba con los libretos de Federico Villoch y los hermanos Robreño, incorporando el choteo y la sátira en ambientes musicales que transitaban de lo más autóctono a lo refinado.

En 1912, para La casita criolla, obra que parodiaba la reelección del presidente José Miguel Gómez y apoyaba a su rival Mario García Menocal, Anckermann creó un género completamente nuevo: el tango-congo, inmortalizado en la voz de Blanca Becerra con aquellos versos que ordenaban: “Tumba la caña / anda ligero / que viene el mayoral / sonando el cuero”. Obras como El Patria en España (1913), La danza de los millones (1916) y, sobre todo, La isla de las cotorras (1923), se convirtieron en hitos de la escena nacional. Esta última, una crítica velada a la Enmienda Platt y las pretensiones estadounidenses sobre la Isla de Pinos, alcanzó tal popularidad que fue recreada décadas después en la célebre película La bella del Alhambra (1989).

La influencia de Anckermann trascendió su propia obra. Durante años, ejerció una labor casi anónima pero fundamental: transcribió y orquestó las composiciones de grandes trovadores que no sabían escribir música, como Sindo Garay, Manuel Corona o Alberto Villalón, llevando sus melodías a los escenarios del Alhambra con un ropaje orquestal impecable. Esta generosidad profesional, unida a su inagotable inspiración, le valió el reconocimiento unánime de sus colegas. La pianista María Cervantes sentenció: “Porque en su música palpita el alma de Cuba… deberá ser eternamente recordado”. Y el maestro Rodrigo Prats, con quien le unían lazos familiares, lo calificó sin titubeos como el más fecundo y el más cubano de nuestros compositores. No en vano, su catálogo personal supera las quinientas partituras y los 1159 números musicales, un legado que incluye piezas inmortales como la guajira El arroyo que murmura, los danzones El país de las botellas o El quitrín, y habaneras de una belleza conmovedora como Juventud y La bella cubana.

Jorge Anckermann falleció en La Habana el 3 de febrero de 1941, seis años después de que el pórtico del Alhambra se desplomara, como sellando simbólicamente el final de una época. Pero su música no murió con él. En su honor, se fundó el conjunto teatral que lleva su nombre, el cual funcionó durante décadas en el Teatro Martí, reponiendo sus obras y las de otros autores del género vernáculo.

Considerado por muchos el creador de la guajira y un pilar fundamental del danzón, su figura emerge como la de un artista total, capaz de moverse con la misma solvencia entre la partitura culta y el más genuino y popular de los sones. Su obra, como afirmó Carpentier, es la prueba viviente de que la más profunda cubanía puede alcanzar las más altas cotas de excelencia artística.

Lázaro Hernández Rey