Juan Formell: el arquitecto que puso a bailar al pensamiento
Cuando Juan Formell nació en La Habana, el 2 de agosto de 1942, la música cubana atesoraba un caudal prodigioso, pero dormía en compartimentos estancos: el son en su altar rural, el feeling en la penumbra del bolero, el jazz en la sospecha de unos pocos. Sesenta y ocho años después, al morir en 2010, Formell dejaba una obra que había fundado una tradición nueva sin la cual resulta imposible concebir el paisaje sonoro de Cuba sin el trazo de Los Van Van. La musicóloga Laura Vilar lo resume con una imagen precisa: “Formell consiguió lo que parecía imposible: que una orquesta de formato popular pensara como una vanguardia, sin perder jamás el pulso de la calle”.
Formell no fue un niño prodigio sino un muchacho que creció entre discos de Arsenio Rodríguez y las descargas de Cachao, con un oído en la radio y otro en la conversación de los músicos que frecuentaban la casa de su padre, el también músico Francisco Formell. Antes de cumplir veinte años ya trabajaba como bajista en la orquesta de Pedro Jústiz (Peruchín) y poco después en la legendaria banda de Carlos Faxas. Son esos años de aprendizaje intenso, entre cabarets y estudios de la Radio Progreso, los que forjan una pregunta que lo perseguirá durante décadas: ¿por qué la música bailable cubana tiene que limitarse a repetir fórmulas si el país cambia rápidamente?
La respuesta llegó el 4 de diciembre de 1969, cuando funda Los Van Van con un repertorio que desconcertó a crítica y bailadores. Aquella primera formación incluía violines, cello, flauta y una sección rítmica que fusionaba la base del son con patrones de la música contemporánea. Formell introdujo la guitarra eléctrica, el bajo eléctrico con un papel melódico inédito, los trombones con influencia del rock y, sobre todo, el concepto que llegaría a ser su firma: una estructura rítmica construida a partir de la superposición de acentos irregulares, inspirada en los patrones del changüí guantanamero que él escuchaba de niño. El investigador José Reyes Fortún sostiene que el songo no es un género, sino un método de pensamiento musical que permitió a Formell integrar cualquier influencia sin que la música dejara de sonar profundamente cubana.
Esa capacidad de integración explica la paradoja central de su legado: Los Van Van se convirtieron en la banda más popular de Cuba precisamente por ser la más experimental. Mientras otros conjuntos repetían esquemas probados, Formell escribía piezas como Chirrín chirrán (1974) o El baile del buey cansao (1978) que exigían del bailador una nueva percepción del tiempo y del cuerpo. La coreógrafa y crítica Rosario Cárdenas ha señalado que él “(…) educó el oído y los pies de tres generaciones de cubanos. Los obligó a bailar contratiempos, a esperar acentos donde no se esperan, a escuchar silencios. Fue, en lo suyo, un pedagogo radical y gozoso”.
El fenómeno excede lo estrictamente musical. Las letras de Formell construyeron una crónica social de Cuba durante cuarenta años sin recurrir al panfleto ni al didactismo. Desde la ironía costumbrista de La Habana no aguanta más hasta la desolación disfrazada de rumba en Somos cubanos, pasando por el desenfado erótico de Que no, que no o la ternura generacional de “Por encima del nivel”, Formell retrató los sueños, las carencias y la resistencia cotidiana de sus contemporáneos con un lenguaje que combinaba la frase coloquial y el lirismo callejero.
El poeta y ensayista Víctor Fowler, en un estudio sobre la relación entre música popular y literatura en Cuba, afirma que “Formell pertenece a una estirpe escasa de cronistas que hicieron del estribillo bailable un vehículo de indagación sobre la identidad nacional. Sus canciones forman parte del canon de la oralidad cubana contemporánea”.
No todos comprendieron el alcance de su propuesta en los años iniciales. Cierta ortodoxia musical acusó a Los Van Van de “aguar” la tradición con elementos foráneos, crítica que Formell sorteó con la misma elegancia irónica con la que escribía sus textos: siguió incorporando sintetizadores en los ochenta, coqueteando con el hip hop en los noventa y dialogando con el reguetón en la primera década del siglo XXI, convencido de que lo cubano no era un museo que proteger sino un organismo vivo que respira los cambios de su tiempo. La musicóloga y Premio Nacional de Música, Alicia Valdés, lo define en estos términos: “Formell no modernizó la música cubana; comprendió que la música cubana era, en sí misma, un impulso modernizador. Esa intuición lo separa de cualquier imitador”.
Aunque resulta tentador leer la trayectoria de Formell como un arco de triunfo lineal, pero esa sería una simplificación injusta. Su vida atravesó la dureza del Período Especial, la diáspora de músicos imprescindibles —como Pedro Calvo, cuyo alejamiento temporal en los noventa hirió la sonoridad del grupo—, las polémicas estéticas con las nuevas generaciones y, sobre todo, el desafío diario de mantener una maquinaria de catorce músicos en un país donde la precariedad material acecha siempre.
Con todo, Juan Formell nunca dejó de componer, de ensayar, de pulir arreglos hasta la madrugada. La historiadora del arte Graciela Pogolotti ha subrayado esta dimensión ética de su trabajo: “En un contexto donde tantas cosas se desmoronaban, Formell encarnó la obstinación por la excelencia. Su disciplina no era rigorismo, sino una forma de fe en el valor del oficio”.
A trece años de su muerte y al celebrarse un nuevo aniversario de su natalicio, la música de Los Van Van sigue sonando en cada esquina de la isla y en cada comunidad de cubanos en el exterior. Pero quizás lo más notable sea la pervivencia de su método. El songo no permaneció como pieza de museo sino que se infiltró en las maneras de hacer de la timba, en las búsquedas de músicos jóvenes como Alain Pérez o el movimiento de jazz afrocubano, y hasta en ciertas zonas del pop latino que ignoran su deuda. La pregunta que Formell se hizo en los años sesenta —cómo sonar cubano sin repetirse, cómo ser contemporáneo sin desarraigarse— sigue siendo la pregunta central de la música cubana actual. Y las respuestas, para bien de todos, siguen sin ser definitivas.
La obra de Juan Formell no cerró un capítulo: mantuvo abierta la posibilidad de imaginar lo cubano como un territorio sin fronteras estancas, un lugar donde la tradición no mira al suelo sino al horizonte.

