La Batalla de Peralejo: la derrota del «Pacificador»

La Batalla de Peralejo: la derrota del «Pacificador»
Foto: Prensa Latina

El 13 de julio de 1895, cuando el sol comenzaba a iluminar las sabanas cercanas a Bayamo, en el lugar conocido como Peralejo, se gestaba uno de los enfrentamientos más trascendentales de la Guerra de Independencia cubana.

Frente a frente, el destino había vuelto a poner a dos hombres cuya historia había comenzado a entrelazarse en los Mangos de Baraguá, diecisiete años atrás: el mayor general Antonio Maceo Grajales, el Titán de Bronce, y el capitán general Arsenio Martínez Campos, el «Pacificador» de la Guerra de los Diez Años.

Martínez Campos había llegado a Cuba con la misión encomendada por el gobierno español de repetir la estrategia que le dio fama en 1878: pacificar la isla mediante concesiones que, en el fondo, negaban la independencia. Pero esta vez, el experimentado general español se enfrentaba a un escenario distinto y a un enemigo que no estaba dispuesto a negociar su sueño de libertad.

La estrategia del tigre

El día 11 de julio, Maceo recibió información de sus exploradores: Martínez Campos se encontraba en Veguitas preparando un convoy con destino a Bayamo, al mando de una columna de aproximadamente mil 500 hombres que incluía las fuerzas del general Fidel Alonso de Santocildes. Sin titubear, el Titán de Bronce concentró a sus más de 800 hombres -entre los que se contaban jefes legendarios como Jesús Rabí, Quintín Banderas, Joaquín Tamayo y Saturnino Lora- en las vegas del Río Yao, decidido a presentar batalla.

Para el amanecer del 13 de julio, Maceo había dispuesto su dispositivo táctico con la precisión de un maestro. Ubicó su infantería entre la sabana de Barrancas y el Río Mabay, con la retaguardia protegida por la sabana de Peralejo, dominando así todos los caminos de acceso a Bayamo. La impedimenta cubana quedó resguardada en un bosque a la izquierda del camino de Solís, bajo la custodia de apenas cuarenta hombres al mando del brigadier Alfonso Goulet.

Pero el plan de Maceo no se desarrolló como esperaba. Dos hombres que se hicieron pasar por comerciantes pacíficos recorrieron el campamento cubano y, sin ser retenidos, proporcionaron información precisa a los españoles sobre la ubicación de las tropas insurrectas. Esta traición permitió a Martínez Campos y Santocildes evadir la emboscada principal.

Los generales españoles unieron sus columnas y, en un movimiento envolvente, atacaron por el lugar más vulnerable: la retaguardia cubana donde se encontraba la impedimenta. Fue allí, en el bosque de La Caoba, donde se inició el combate alrededor de las diez de la mañana. Las fuerzas de Santocildes, superiores en número, arrollaron la débil defensa de Goulet, quien cayó heroicamente en el enfrentamiento.

La iniciativa estaba ahora del lado español. La sorpresa inicial parecía inclinar la balanza a favor de los colonialistas, y el peligro de que el combate se convirtiera en una derrota mambisa era inminente.

Pero Maceo no era un general común. Con la sangre fría que lo caracterizaba, asumió el mando directo y ejecutó una serie de maniobras que cambiarían el curso de la batalla. Ordenó a la infantería, comandada por Quintín Banderas, flanquear por la derecha para interponerse entre los españoles y La Caoba, mientras él, al frente de su legendaria caballería, detenía el avance enemigo con furiosas cargas al machete en la sabana de Peralejo.

El combate se extendió por más de seis horas, convirtiéndose en una refriega sangrienta donde ambos bandos demostraron una tenacidad feroz. La llegada de refuerzos cubanos provenientes de Manzanillo -tres escuadrones del Regimiento de Caballería Guá al mando del coronel Salvador Hernández Ríos- dio un nuevo impulso a las fuerzas de Maceo.

La caballería cubana cargó una y otra vez contra las formaciones españolas, que se defendían en cuadros cerrados. En medio del fragor de la batalla, el toque de corneta en el campo español anunció la caída de un alto jefe: el general Santocildes había muerto en combate. La desmoralización cundió entre las filas coloniales, y Martínez Campos asumió personalmente el mando.

Al caer la tarde, con sus fuerzas diezmadas y la moral quebrantada, Martínez Campos ordenó la retirada hacia Bayamo. Pero la huida no fue sencilla. Las fuerzas de Maceo hostigaron implacablemente a los españoles, y el propio capitán general estuvo a punto de caer prisionero o morir en el intento.

Según relataron después los prisioneros españoles, los oficiales del general Campos, para salvar a su padre del eminente peligro, «lo acostaron en el suelo sobre una manta en la cual lo conducían entre soldados, formando una espesa muralla que hacía de la columna un pelotón inmenso», arrastrándolo hasta que la oscuridad de la noche permitió su escape hacia Bayamo.

Los balances de la batalla hablan por sí mismos. Las bajas cubanas ascendieron a 118 hombres entre muertos y heridos, incluyendo al valiente brigadier Alfonso Goulet, al coronel Carlos Suárez y al comandante Moncada. Pero las pérdidas españolas fueron mucho más severas: más de mil 150 bajas entre muertos y heridos, incluyendo al general Santocildes. Además, los cubanos capturaron numerosos pertrechos de guerra que engrosaron sus menguados arsenales.

Maceo, en un gesto de caballerosidad que lo caracterizaba, concentró a los heridos españoles en una casa campesina y notificó a Martínez Campos que podía enviar a recogerlos sin temor a ser hostigado.

La batalla de Peralejo fue mucho más que una victoria militar. Fue una derrota política y moral para el «Pacificador», que vio desvanecerse todas sus esperanzas de repetir el Pacto del Zanjón. La estrategia conciliatoria que le había dado fama en 1878 era ahora imposible frente a una revolución que, dirigida por el legado de José Martí, no aceptaba otra salida que la independencia total.

El propio Martínez Campos reconoció su desolación en una carta dirigida al presidente del Consejo de Ministros de España, fechada doce días después de la batalla, en la que expresaba su pesimismo: «La insurrección, hoy día, es más grave, más potente que a principios del 76; los cabecillas saben más y el sistema es distinto de aquella época.»

Así terminó su carrera como máximo jefe colonialista en Cuba: incapaz de contener la insurrección, pidió su relevo a Madrid, siendo sustituido por el general Valeriano Weyler. Pero ni siquiera la brutal reconcentración weyleriana pudo detener el avance imparable de las huestes mambisas.

El 13 de julio de 1895, en las sabanas de Peralejo, Antonio Maceo no solo derrotó a un ejército: enterró para siempre la posibilidad de una paz sin independencia y demostró que, frente al poderío colonial, la fuerza de la razón y la justicia siempre pueden aspirar a la victoria.

Gilberto González García