La Peregrina del Tiempo: Gertrudis Gómez de Avellaneda y su eco en el siglo XXI
“No había allí más de seis escritores”, reportó un diario sobre el frío entierro en Madrid de quien había sido, en vida, la mujer más importante de la ciudad después de Isabel II. Aquella tarde gris de febrero de 1873, pocos imaginaron que la voz de la poeta sepultada resonaría con fuerza creciente en los siglos por venir.
Nacida en 1814 en Puerto Príncipe, hoy Camagüey, Gertrudis Gómez de Avellaneda decidió su destino con solo quince años al rechazar un matrimonio arreglado con el hombre más rico de la provincia, acción que la excluyó de la herencia familiar pero que selló su rebeldía temprana contra las estructuras patriarcales.
A los veintidós años emigró a España, donde desarrolló casi toda su carrera bajo el seudónimo La Peregrina. Su vida sentimental fue intensa y pública para los cánones de su época, marcada por relaciones apasionadas como la que mantuvo con el poeta Gabriel García Tassara, con quien tuvo una hija que falleció a los nueve meses.
Avellaneda enfrentó el rechazo institucional más explícito en 1853 cuando, tras la muerte de su amigo Juan Nicasio Gallego, solicitó ser admitida en la Real Academia Española. La corporación negó su entrada con el argumento de que ningún individuo de su sexo podía ocupar un sillón, aunque años después legaría a esa misma institución los derechos de sus obras.
En 1841 publicó Sab, considerada la primera novela antiesclavista en lengua española y una obra que fue más allá del simple alegato abolicionista al explorar un amor interracial entre un esclavo negro y una mujer blanca, algo inédito para su tiempo. La censura inmediata que sufrió la novela confirma su carácter subversivo.
También publicó Dos mujeres (1842), donde defendía abiertamente el divorcio como solución a uniones infelices, y Guatimozín (1846), una novela histórica sobre la conquista de México que ofrecía una perspectiva crítica hacia Hernán Cortés y, por extensión, hacia el colonialismo español.
Su producción teatral incluyó obras como Baltasar (1858), considerada una de las cumbres del teatro romántico español. Como poeta, combinó el estilo neoclásico con una sensibilidad romántica teñida de pesimismo personal, creando una obra lírica que la crítica posterior situó entre las más importantes de la literatura en español.
Avellaneda encarna la dualidad identitaria de muchos intelectuales hispanoamericanos del siglo XIX. Nacida en Cuba cuando era provincia española, desarrolló su carrera literaria principalmente en la península, pero mantuvo siempre un vínculo emocional con su tierra natal. Durante su estancia en La Habana entre 1859 y 1863, fue aclamada como poetisa nacional.
Los estudios de género la han redescubierto como una pionera del feminismo hispanoamericano. Lo notable es que logró transgredir los límites impuestos a las escritoras de su época sin adoptar seudónimos masculinos ni disfraces, como sí hizo su contemporánea George Sand. Su correspondencia amorosa, especialmente las cartas a Ignacio de Cepeda, revelan hoy una conciencia aguda de las restricciones que su género imponía a su vida y obra.
La crítica actual valora en Avellaneda lo que antes se le reprochaba: su pluralidad discursiva y su resistencia a la clasificación fácil. Ya no se ve como defecto que su obra mezcle la efusión vitalista con la racionalidad de la oda cívica, ni que dialogue con la tradición literaria española mientras mantiene una voz distintivamente cubana.
Investigaciones recientes destacan cómo su obra anticipa preocupaciones del siglo XXI: la interseccionalidad de raza y género en Sab, la crítica al colonialismo en Guatimozín, y la defensa de la autonomía femenina en toda su producción.
En su testamento de 1864 legó los derechos de sus obras a la Real Academia Española, no como homenaje, sino con una petición de perdón por “las ligerezas e injusticias” en que pudo incurrir cuando la Academia la rechazó por su sexo. Este gesto, a la vez irónico y digno, encapsula la paradoja de su reconocimiento póstumo.
Hoy, al aproximarnos al bicentenario de su nacimiento, su figura trasciende los debates sobre nacionalidad o género. Como señala el crítico de arte e investigador literario Roberto Méndez Martínez: “Dos poetas inauguran nuestra literatura: José María Heredia y Gertrudis Gómez de Avellaneda. A ambos los toca la mayor grandeza: el intentar lo imposible”.
En el siglo XXI, cuando las literaturas nacionales se reconfiguran en diásporas y las identidades se reconocen como múltiples, la obra de Gertrudis encuentra su momento más propicio. Su voz, que en vida negoció constantemente un lugar entre dos orillas y contra los límites de su género, habla hoy con sorprendente actualidad a lectores que comprenden la riqueza de las identidades fronterizas y la necesidad de seguir desafiando, con la palabra, todas las esclavitudes.

