María Teresa Vera: El alma desnuda de la trova cubana
Un nombre que susurra nostalgia y cadencia en las calles de La Habana. Una voz sin vibrato, seca, que tocaba la nota y se prolongaba solo para deslizarse hacia otra con una gracia única. Para los que no la conocieron en persona, su legado es ese: un rumor persistente, una canción que se cuela en las reuniones, un estándar que todo músico cubano aborda con respeto. Ella es María Teresa Vera, la madre de la trova, una artista que forjó su leyenda no desde el estrellato convencional, sino desde la autenticidad más radical, desafiando con su sola existencia los cánones de su tiempo.
Su historia comienza en 1895, en Guanajay. Nieta de esclavos e hija de un militar español que partió antes de su nacimiento, creció en un ambiente humilde donde su madre trabajaba como sirvienta. Sin embargo, en esa casa con libros y un piano, la música encontró su camino. La bohemia habanera la acogió muy joven, y allí conoció al legendario trovador Manuel Corona, quien no solo le aconsejó aprender guitarra, sino que se convirtió en su mentor, enseñándole sus composiciones. Con apenas 16 años, su debut en el Teatro Politeama Grande con la interpretación de Mercedes, del propio Corona, fue un éxito tal que tuvo que repetir la canción seis veces. El camino, desde ese instante, quedó definido.
María Teresa Vera se movió siempre en un territorio dominado por hombres. Ser mujer, negra y artista a principios del siglo XX en Cuba suponía una triple barrera. Su grandeza reside en que nunca solicitó permiso para ocupar su espacio; lo tomó con talento y determinación.
Su primer gran hito fue el dúo con Rafael Zequeira (1916-1924), con quien realizó giras y grabaciones históricas. Juntos viajaron varias veces a Nueva York, contratados por la RCA Victor, y dejaron un legado de casi 200 grabaciones que llevaron la música cubana más allá de la isla. Tras la muerte de Zequeira, dio un paso aún más audaz. En 1926, en la cúspide de la popularidad del son, fundó y dirigió el Sexteto Occidente. Este hecho la consagra como la primera mujer en dirigir un grupo sonero en Cuba, un liderazgo que ejercía con naturalidad, sonriendo y cargando la guitarra como una extensión de su propio ser. El Sexteto reunió a talentos como Ignacio Piñeiro y fue clave para definir el son a la habanera.
Pero su espíritu transgresor iba más allá del escenario. Adepta a la religión afrocubana, llegó a interpretar y grabar claves ñáñigas con lenguaje abakuá, un espacio tradicionalmente vedado a las mujeres. Esta osadía, según algunas fuentes, le acarreó un veto religioso que la llevó a un retiro forzoso de casi una década. Un silencio que solo la necesidad y su amor por la música lograron romper.
Su regreso en 1935 marca el inicio de su etapa más icónica. Formó un dúo con el guitarrista Lorenzo Hierrezuelo que duraría 27 años, una de las asociaciones más fructíferas de la música cubana. Fue en este periodo cuando, junto a su amiga de la infancia Guillermina Aramburu, creó su obra más universal: Veinte años.
La historia detrás de la canción es un reflejo de su vida: Aramburu, abandonada por su esposo tras dos décadas de matrimonio, escribió los versos del dolor. Vera los musicalizó con una habanera de una melancolía serena y profunda. La canción se convirtió en un himno atemporal, versionado por artistas de todo el mundo, desde Omara Portuondo en el Buena Vista Social Club hasta interpretaciones virales de niños en internet décadas después.
Quienes la escucharon reconocieron en ella una voz seca, sin vibrato, de emisión natural y aparentemente descuidada, pero llena de carácter, con la cual siempre creaba variantes a las melodías, interpretaba de forma creativa. Su repertorio abarcó géneros como la trova, el son, el bolero, la guaracha y la rumba, con un cancionero de casi 900 temas. No obstante a su popularidad y lejos de los estereotipos de diva, a Vera se le recuerda como una mujer que priorizó su arte y su autenticidad sobre cualquier imposición estética o comercial.
María Teresa Vera falleció el 17 de diciembre de 1965, pero su obra nunca dejó de respirar. Su legado es un patrimonio vivo que se reactiva constantemente. Veinte años es solo la punta del iceberg. Su vasto repertorio es un manantial para nuevas generaciones. La musicóloga María Teresa Linares definió su dúo con Hierrezuelo como “la más sublime expresión de la canción cubana”.
Hoy se la estudia no solo como artista, sino como un símbolo de resiliencia y transgresión. Investigadores como Jaime Masó Torres trabajan para corregir datos biográficos imprecisos y contextualizar su obra, destacando su lucha contra las limitaciones de género y raza. Asimismo, proyectos como el cancionero ilustrado de 680 páginas creado por la artista Miriam Páez Bolet —que compila 117 canciones con partituras— demuestran el fervor por rescatar y difundir su obra integral. Este trabajo, iniciado en 2009, es un tesoro documental que asegura que su música se interprete con fidelidad.
La esencia de su importancia reside, en palabras de la poeta Mabel Cuesta, en que fue un fenómeno que debe pensarse siempre fuera de la caja. No encajó en los moldes esperados para una mujer de su época: dirigió, compuso, interpretó con una autoridad tranquila y se negó a convertir su don en un mero producto. Fue, como ella misma sentenció sobre el bolero, alguien para quien la canción no se canta, se sufre.
Como escribió Manuel Corona, María Teresa Vera es una reliquia —pero no muerta— digna de veneración. Es un pedazo del alma cubana. Su voz, lejos de apagarse, sigue encontrando eco en el corazón de quienes buscan la raíz verdadera de la música.

