Reafirman en el restaurante Monseñor la inmortalidad de Bola de Nieve
El restaurante Monseñor, de El Vedado capitalino, cuyo teclado blanquinegro devino atractivo primordial para la bohemia habanera durante muchos años gracias a las actuaciones de Ignacio Villa, Bola de Nieve, rindió homenaje este viernes al inolvidable artista, en ocasión del aniversario 115 de su natalicio.
La develación de una tarja conmemorativa donde se leen los versos del icónico poema Oriki para Bola de Nieve dedicado al homenajeado por el etnólogo, narrador, poeta y amigo personal, Dr.Miguel Barnet, constituyó un pretexto especial para significar la existencia de un creador simpar.
Al acto asistieron, además, Luis Morlote Rivas, vicejefe del Departamento Ideológico del Comite Central del Partido Comunista de Cuba; Alpidio Alonso Grau, ministro de Cultura; Indira Fajardo, presidenta del Instituto Cubano de la Música (ICM); Miguel Díaz Reynoso, embajador de México en Cuba; Martha Leonor Figueredo Batista, presidenta del Consejo Nacional de Casas de Cultura; Nancy Morejón, Premio Nacional de Literatura 2001, Juan Rodríguez Cabrera, presidente del Instituto Cubano del Libro; la realizadora Lourdes de los Santos; descendientes de Bola de Nieve, y otros intelectuales, creadores y público general.

Me complace muchísimo poder vivir este momento en el que se cumple el aniversario 115 de su nacimiento, estamos aquí para homenajear a una figura inmensa, una figura que sin duda tiene que ser recordada siempre en la cultura cubana y en la música cubana, dijo Fajardo al dar la bienvenida a los presentes.
Nelson Camacho, maestro del piano, y quien durante más de 40 años ha estado reivindicando la presencia de Ignacio Villa en el Monseñor, evocó la impronta que el cantor dejó en ese sitio, una de las razones por las que aceptó en seguida el reto propuesto por Celia Sánchez de ocupar ese pequeño escenario presidido por el piano inmortalizado por Bola.
Barnet significó la intensa agenda internacional de esos últimos años de Ignacito —su modo de llamarlo—: Chile, París —Le Procope, el Olimpia—, Venecia, en la capital china en presencia de Mao Tse Tung; y su pasión especial por Perú, porque ahí tenía a su gran amiga, Chabuca Granda, autora de una de las piezas más bellas que él interpretó: La Flor de la Canela.
Justamente, había sido invitado a un homenaje que le ofrecerían a la creadora, cuando —a pesar de que los caracoles y el tablero de Ifá le dijeron que no saliera de viaje— le sorprendió la muerte en México, camino a Lima, rememoró.
Esclareció el mito popular de que Rita Montaner fue quien lo bautizó artísticamente como Bola de Nieve, cuando en realidad, ese mote le venía de niño, atribuido a un médico en su natal Guanabacoa que un día dijo, «este niño es una bola de nieve»; incluso se peleaba con los muchachos en la escuela cuando le llamaban así.
Su verdadero lanzamiento, continuó contando el autor de Biografía de un Cimarrón, fue en Mérida, en una ocasión en que Rita estaba en el teatro indispuesta y le dijo a su acompañante —Ignacio—, «¿por qué tú no cantas algo esta noche? Porque yo no puedo cantar, hoy no puedo salir a cantar». Y él salió a cantar y al día siguiente ya La Única agregó en la marquesina del teatro «Bola de Nieve». Fue un éxito rotundo, porque desde que cantó la primera vez en México, ese país lo reconoció, lo quiso y lo amó.

Entre diversas y simpáticas anécdotas, Barnet sostuvo que se trata de un hombre de una extraordinaria imaginación; y que hubiera sido un gran griot, un gran cuentero.
Un día le preguntaron en Chile ¿Usted es feliz? A lo que respondió de forma instantánea: «si fuera feliz no escribiría canciones ni cantaría. Felices son los elefantes que nunca caminan hacia atrás».
Bola de Nieve decía que «la necesidad no conoce el peligro», sentenció; eso es una frase filosófica, estoica, que viene muy bien para nosotros en este momento en Cuba, que tenemos tantas necesidades, pero no conocemos el peligro, porque el miedo no es cubano. Y Bola sí era un hombre valiente, porque representó a Cuba y la música cubana en el mundo entero, agregó Barnet.
Recordadas descargas propició el cantor de clásicos como Messie Julián, No puedo ser feliz, Si me pudieras querer y Chivo que rompe tambó en ese recinto de 21 y O, notable no solo por su alta cocina y fina coctelería, sino, además, porque allí, el eterno guanabacoense del frac negro patentizaba su manera de querer al mundo gracias a la música.
Aquellas veladas no eran solo actuaciones programadas con un genial pianista y su estilo; era, sobre todo, un motivo para que se reunieran destacados artistas e intelectuales atrapados por un espacio único —amigos, admiradores, y amigos de sus amigos y admiradores, todos—.
La jornada del 11 de septiembre incluyó ofrendas florales de parte del ICM y el Ministerio de Cultura en la tumba del bardo en el Cementerio (Nuevo) de Guanabacoa; así como un acto artístico organizado por la Casa de la Cultura de la propia localidad que le vio nacer en 1911.
Fuente: Agencia Cubana de Noticias

