Teatro Alhambra: el fin de una era

Teatro Alhambra: el fin de una era

El 18 de febrero de 1935, el corazón cultural de La Habana se detuvo por un instante. Ese día, la fachada del mítico teatro Alhambra se desplomó, no solo física, sino también simbólicamente. Con su caída, se ponía fin a más de cuatro décadas de historia, silenciando un escenario que había sido la cuna del teatro popular cubano y el espejo donde la sociedad del país se miraba, reía y reconocía a sí misma.

El valor cultural del Alhambra residía en su apuesta por un género menor en apariencia, pero de enorme calado social: el teatro costumbrista y de tradición popular. Lejos de las élites intelectuales, el Alhambra construyó su identidad a partir de más de cinco mil piezas que retrataban, con humor y picardía, la idiosincrasia del cubano de a pie.

Sus obras funcionaban como un termómetro social, donde el lenguaje coloquial, la música y la danza se combinaban para crear un producto cultural auténtico y profundamente democrático. Su gran acierto fue rechazar los modelos impuestos y los géneros cultos para, en un acto de genuina creatividad, apropiarse de sus elementos y transformarlos en algo original y propio.

Sobre sus tablas, la vida se representaba a través de personajes típicos que se convirtieron en arquetipos nacionales. El público aplaudía con arrebato a sus vedettes, se reconocía en las picardías del negrito y su refranero popular, sonreía ante la cautela del gallego, idealizaba la figura exuberante de la mulata y reflexionaba ante las críticas veladas del bobo.

Los actores y actrices no solo interpretaban, sino que daban vida a una galería de personalidades que a menudo se basaban en individuos reales, exagerando sus rasgos para arrancar la carcajada y, al mismo tiempo, la complicidad del espectador. Elencos enteros se consagraron a este estilo, forjando una escuela de interpretación genuina, en la que la expresividad y la conexión con el público eran la máxima virtud.

La relevancia del Alhambra trascendió incluso sus muros, atrayendo a figuras capitales de la literatura en lengua española. El coliseo se convirtió en un punto de paso casi obligado para visitantes ilustres que veían en él la manifestación más viva del sentir popular. Personalidades de la talla de Rubén Darío, Vicente Blasco Ibáñez, Ramón María del Valle-Inclán, Jacinto Benavente y Federico García Lorca se contaron entre sus espectadores, fascinados por un fenómeno escénico que no encontraba parangón en otras latitudes. La mirada de estos dramaturgos y escritores, algunos de los cuales transformarían para siempre la literatura en español, quedó, sin duda, marcada por la frescura y la autenticidad de lo que allí presenciaron.

El éxito del Alhambra descansaba en la calidad y cantidad de sus libretos y el carisma de sus actores y actrices. Entre los escritores, cronistas de su época, cabe mencionar a Federico Villoch, con más de 386 obras, entre sainetes, parodias y revistas, por lo que fue apodado “el Lope de Vega de la calle Consulado”; a Francisco y Gustavo Robreño, autores de sainetes inolvidables como Delirio en automóvil y El velorio de Pachencho, una de las obras cubanas más representadas; además de libretistas icónicos como Ramón Morales, Ignacio Sarachaga, Manolo Saladrigas, Félix Soloni y Gustavo Sánchez Galarraga.

Actores y actrices relevantes que regalaron su arte en el tablado del coliseo centrohabanero fueron Sergio Acebal Gener y Arquímedes Pous, famosos por interpretar al “negrito”, contraparte del “gallego”, encarnado por Ramón Espígul; y Blanca Becerra, actriz de una ductilidad asombrosa que podía representar desde una negrita hasta una gallega o una vieja chismosa, y que fue la primera intérprete de la canción Quiéreme mucho.

Detrás del telón se encontraba Regino López, actor, empresario y director de la compañía estable del Alhambra, un hombre que rebosaba humor criollo a pesar de haber nacido en España. Asimismo, destacó Jorge Anckermann, compositor y músico fundamental que se unió al teatro en 1911; su música se convirtió en un gran protagonista de las obras y se le atribuyen más de tres mil composiciones.

Cuando la fachada del Alhambra se derrumbó aquel febrero, no cayó solo un edificio. Se desplomó un mundo de personajes, risas y críticas que había entretenido y definido a generaciones de habaneros. El suceso bajó definitivamente el telón de la temporada teatral más extensa y genuina de la historia de Cuba. Emulo digno de sus homónimos, el de Granada y el de Madrid, el fin del Alhambra habanero fue, efectivamente, el fin de una era: la del género chico cubano en su máximo esplendor, una era que vivió y murió en un escenario que, aunque desaparecido, perdura en la memoria cultural de Cuba.

Gilberto González García