La felicidad: un derecho inalienable
Es 20 de marzo y el sol, tibio, se ha tomado su tiempo para asomarse entre los edificios. La ciudad despierta con su rumor habitual: el tránsito, los pasos apresurados. Nada, en apariencia, distingue este viernes de cualquier otro. Sin embargo, desde 2013, la Asamblea General de las Naciones Unidas lo marcó en rojo: hoy es el Día Internacional de la Felicidad. Una conmemoración curiosa, casi una provocación.
La idea, se sabe, vino de Bután, ese pequeño reino del Himalaya que décadas atrás decidió que el Producto Interno Bruto importa menos que la Felicidad Nacional Bruta. La ONU, siempre solícita en gestos nobles, escuchó el eco y lo convirtió en resolución. Desde entonces, cada 20 de marzo los Estados miembros tienen el encargo de “educar y promover” la felicidad. Un mandato tan vasto como esquivo.
Puede hacernos felices el gesto de otro viandante que cede el paso, la señora que sonríe desde su ventana al ver a los niños bulliciosos que se dirigen a la escuela, el cielo limpio y profundamente azul, las cristalinas olas que acarician el muro del malecón, la esperanza de un futuro mejor que inexorablemente llegará.
La paradoja, claro, es que la felicidad no viene pactada por decreto, no es una alfombra debajo de la cual esconder el polvo. Tampoco es un arcoíris que nunca se puede alcanzar. La ONU lo sabe: en sus diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible, la felicidad aparece como un horizonte lejano que depende del hambre cero, la igualdad de género, las ciudades sostenibles. No se proclama; se construye con políticas, sí, pero también con la materia minúscula del día a día.
La gente piensa casi sin darse cuenta: “¿Qué me hizo feliz hoy? ¿Que mi hija me llamó? ¿Que terminé de escribir mi primer poema? ¿Que obtuve buenos resultados en mi trabajo? ¿Ver un colibrí en el jardín?”. Las posibilidades son infinitas.
La efeméride pasa sin estridencias, sin fiestas ni actos, pero deja una pregunta flotando en el aire: ¿y si la felicidad no fuera un derecho a conquistar sino uno natural e irrefutable de la raza humana? ¿No es ese el derecho primordial? Porque, sin una persona a la que abrazar, no hay felicidad; si a nuestro alrededor caen las bombas asesinando, mutilando, destruyendo, no hay felicidad; si las enfermedades nos acechan, no hay felicidad.
La felicidad no es un día en el calendario. Es esa pausa, justo antes de abrir la puerta de la casa, cuando uno elige, a pesar de todo, reconocer que el día, con sus grietas, ha valido la pena. La ONU la declaró festiva, pero quizá, en el fondo, sea en este mundo revuelto una necesidad; además, es el acto más cotidiano y rebelde que existe: vivir, y no rendirse.
Por eso, los cubanos de buena voluntad seguimos y seguiremos luchando por un país digno y la felicidad de su pueblo. Y lo lograremos, a pesar de la maldad del imperio ¡que nadie lo dude!

