Entrevista en La Mejorana, un abrazo que marcó la historia

Entrevista en La Mejorana, un abrazo que marcó la historia

Bajo un sol implacable que mustia las verdes cañas, la finca La Mejorana, en la entonces provincia de Oriente, fue testigo de un encuentro que la historia grabaría con letras de acero.

Allí, entre el olor a tierra húmeda y el murmullo de los mambises que montan guardia, tres hombres que encarnan el alma de Cuba se miran a los ojos por primera vez desde el inicio de la Guerra del 95.

Llega primero Máximo Gómez, el general dominicano de bigotes canosos, con su paso firme de estratega. Luego, cabalgando desde la zona de Baraguá, Antonio Maceo, el Titán de Bronce, imponente en su montura, con las cicatrices de las guerras pasadas. Finalmente, descendiendo de una carreta camuflada entre víveres, José Martí, el delegado del Partido Revolucionario Cubano, vestido de paño negro, con el peso de la República en su maletín de cuero.

No son tres amigos quienes se abrazan: son tres voluntades forjadas en el exilio, la lucha y la poesía. La entrevista dura apenas lo que un tabaco habano tarda en consumirse. Gómez quiere un mando único sin cortapisas militares. Maceo propone una invasión a Occidente sin demora. Martí, que ha organizado la guerra desde Nueva York, teme que el ejército se convierta en dueño de la revolución.

Las voces se alzan, como el fragor de la manigua. Pero al final, cuando la noche amenaza con envolverlos, el razonamiento del Apóstol templa los ánimos. Se acuerda continuar la campaña, respetar la autoridad civil y lanzar la invasión, aunque bajo un plan concertado.

Al despedirse, no saben que no volverán a verse. Martí caerá en Dos Ríos apenas dos semanas después. Maceo y Gómez transitaran por derroteros diferentes. Pero en aquella reunión tensa y breve, nació el entendimiento que evitó una fractura fatal.

La Mejorana no fue un pacto de amigos, sino el crudo y necesario encuentro entre la política y la guerra, entre el ideal y la espada. Y por eso, aquel paraje sigue siendo un altar de la cubanía.

Gilberto González García