Enrique Collazo: la lucidez del fusil y la tinta

Enrique Collazo: la lucidez del fusil y la tinta
Foto tomada de Cubarte

Hay hombres cuya biografía parece un mapa de la fidelidad a una idea. Enrique Collazo Tejada, nacido en Santiago de Cuba un 28 de mayo de 1848, pertenece a esa estirpe. Su vida, atravesada por las dos grandes guerras por la independencia cubana y por la amarga experiencia de la intervención norteamericana, fue un ejercicio ininterrumpido de coherencia. Militar formado en las academias del enemigo, se convirtió en el primero de sus historiadores críticos, el que supo desnudar con fusil y pensamiento, como lo definió el doctor en Ciencias Históricas Gustavo Placer Cervera, las artimañas del colonialismo y las trampas del naciente imperio. En el aniversario de su nacimiento, cabe preguntarse si la mayor hazaña de este general no fue precisamente haber comprendido, antes que muchos, que una nación se defiende tanto en el campo de batalla como en la página escrita.

La formación castrense de Collazo encierra una paradoja fundamental que define su futuro. Llevado a España a los nueve años por su tío y padrino, ingresó en julio de 1862 en la prestigiosa escuela de artillería de Segovia, de donde egresó en agosto de 1866 con el grado de alférez. Para 1868, ya era teniente del ejército español, un hombre destinado a una carrera cómoda en la metrópoli. Sin embargo, el estallido del Grito de Yara aquel mismo año reconfiguró su lealtad. A diferencia de otros oficiales criollos que se plegaron a la corona, Collazo sintió el llamado patriótico y escapó a Nueva York para unirse a una expedición libertadora, incorporándose a la Guerra de los Diez Años no como un rango, sino como un soldado más. Este acto de desclasamiento voluntario revela al hombre esencial: aquel que antepuso el territorio del afecto y el origen a la lógica de la conveniencia personal.

Su hoja de servicios en la manigua es intachable. Combatió bajo las órdenes del general Máximo Gómez y de Antonio Maceo, acumulando méritos hasta alcanzar el grado de comandante al término de la contienda en 1878. Fue uno de los pocos que votó en contra del Pacto del Zanjón, consciente de que la tregua era una derrota aplazada. Esta fidelidad a la independencia absoluta lo mantuvo activo en la conspiración, hasta que en Nueva York, junto a José Martí, firmó la orden de alzamiento que daría inicio a la Guerra Necesaria en 1895. Ya en ese conflicto, y tras desembarcar de nuevo en Cuba en 1896, fue ascendido a general de brigada del Ejército Libertador. Collazo no fue un estratega de escritorio; cargó el fusil en el Camagüey, en el oriente cubano, y conoció el sabor de la derrota y la fatiga del éxodo.

No obstante, su verdadera singularidad reside en la transición que operó tras la firma del Tratado de París y la consecuente ocupación militar estadounidense. Cuando muchos héroes de la independencia se sintieron deslumbrados o cooptados por el nuevo poder, Collazo desconfió. Su pluma se volvió entonces más afilada que su sable. Fue el primero en Cuba que apeló, de manera sistemática, a la historia para denunciar y luchar contra el imperialismo norteamericano. Lejos de las lecturas complacientes que circulaban en la época sobre los paternales vecinos, Collazo publicó en 1900 Cuba Independiente, al que siguieron Los Americanos en Cuba (1905) y Cuba Intervenida (1910), una trilogía incómoda que exponía la lógica de dominación bajo la falsa apariencia de la ayuda militar.

La crítica contemporánea valora en Collazo a un precursor de la historiografía revisionista cubana. Cuba Heroica, publicada en 1912, no solo narra las gestas de los mambises, sino que las utiliza como espejo para avergonzar a una república que, a su juicio, traicionaba aquellos sacrificios al aceptar la Enmienda Platt. La investigadora Maribel Duarte González, de la Biblioteca Nacional José Martí, ha señalado que Collazo fue “el primero que apeló a la historia para luchar contra el imperialismo”, una lección de método que resulta asombrosamente vigente en el debate sobre la soberanía cultural del siglo XXI. Él entendió que la intervención no era solo un hecho militar, sino un fenómeno cultural y económico que debía ser desmontado con datos y argumentos, una labor que ejerció además como director del periódico La Nación.

Collazo falleció en Marianao, La Habana, el 13 de marzo de 1921, a los 72 años, sin ver culminada su lucha por una isla completamente soberana. Su legado, sin embargo, trasciende el hecho bélico. Fundador de la Academia de Historia de Cuba, dejó obras póstumas como La Guerra en Cuba (1926) y una producción ensayística más que reveladora. En un mundo donde la memoria suele ser el primer territorio que se coloniza, la impronta de Enrique Collazo nos recuerda la necesidad de los testigos incómodos; aquellos que, habiendo empuñado la espada, no dudaron en escribir las verdades que la espada no pudo cortar.

Lázaro Hernández Rey