Héctor Zumbado: El arte de pensar con una sonrisa
En el firmamento de las letras cubanas, pocas estrellas brillan con la luz paradójica del humor inteligente. Ese que no se agota en la carcajada fácil, sino que deja un sedimento de reflexión, una inquietud larvada detrás de la sonrisa. El Premio Nacional de Humorismo no es un reconocimiento a una anécdota, sino la validación definitiva de una obra que descifró el ADN del cubano a través de sus contradicciones cotidianas. Hablar de la entrega de este galardón a Héctor Zumbado (La Habana, 1932) es hablar de la justicia poética que alcanza a un autor cuya materia prima siempre fue, precisamente, el absurdo de la realidad.
El jurado, presidido entonces por el escritor y crítico Enrique del Risco, subrayó la capacidad única para retratar la psicología social del cubano sin el recurso del chiste directo, sino a partir del extrañamiento de lo habitual. Esta característica, que define la obra de Zumbado, se forjó en la fragua del semanario Pionero y, sobre todo, en la revista Bohemia, donde su sección Los beduinos se convirtió en un rito generacional. Allí, Zumbado construyó un bestiario de la vida nacional, donde un ventilador, un tubo de pasta dental o un simple triciclo se transformaban en narradores excéntricos de la escasez y el ingenio. Como sentenció en una ocasión su colega y amigo, el periodista Rolando Pérez Betancourt: “Zumbado no escribe humor sobre los objetos; él les cede la palabra para que se quejen, para que filosofen y, de paso, nos evidencien el disparate de nuestra existencia material”.

Entre sus contemporáneos, la figura de Zumbado emerge como la de un estilista obsesivo. Cuentan que podía pasar horas puliendo un párrafo para que el efecto cómico no dependiera de una palabra altisonante, sino de una cadencia exacta. “Detestaba la improvisación ruidosa; él esculpía el silencio justo antes del remate”, recuerda el periodista y escritor Bladimir Zamora en una semblanza. Esa precisión formal, que roza la artesanía literaria, lo separa de la tradición del humor escénico o del choteo criollo inmediato. Su espacio natural es la página escrita, donde el lector puede releer, saborear la ironía y descubrir la melancolía que a menudo se oculta en sus textos más hilarantes.
Zumbado, como los grandes humoristas, intuye que la comicidad es una forma de resistencia ante la adversidad. En sus viñetas sobre la vida conyugal, los apagones o las tribulaciones burocráticas no hay cinismo, sino una suerte de complicidad con el lector: ambos saben que la realidad es tozuda, pero que una hipérbole a tiempo puede salvarnos la cordura.

La vigencia de Héctor es asombrosa. Releer sus columnas nos permite descubrir que el absurdo muta de forma, pero conserva su esencia. El investigador Juan Carlos Reloba apunta que Zumbado logró crear un lector modelo, un cubano que no se toma en serio a sí mismo y que, justo por eso, es capaz de sobrevivir espiritualmente a cualquier coyuntura. Ese es, quizás, su mayor legado: haberle enseñado a un país que cuando la lógica se desmorona, siempre queda el consuelo sublime de una buena carcajada inteligente.

