La cámara de Osvaldo Salas no solo retrató la épica de la Revolución Cubana, sino que supo capturar, mucho antes, el alma de una época en las calles de Nueva York.
Autor: Lázaro Hernández Rey
El compositor Jorge Anckermann Rafart ocupa un sitial de honor en la historia de la música cubana, no solo por la vastedad de una obra que abarcó casi todos los géneros de su tiempo, sino por la profunda cubanía que supo infundir en cada partitura.
Es el Día Mundial de la Poesía, una fecha que la Unesco estableció en 1999 con un propósito claro: reconocer la capacidad única del lenguaje poético para unir al género humano más allá de sus diferencias.
Pepe Sánchez, el sastre santiaguero que, sin saber música de manera académica, se convirtió en el padre de la trova cubana y en el creador indiscutible del bolero latinoamericano nació en Santiago de Cuba el 19 de marzo de 1856.
Aquel domingo 18 de marzo de 1923, en la antigua Academia de Ciencias de La Habana, nadie esperaba que una velada cultural se transformara en el pistoletazo de salida de una nueva conciencia cívica.
Su contribución a la formación de una conciencia nacional cubana fue, precisamente, literaria y profunda.
Cuando Sergio Aguirre falleció en La Habana el 17 de marzo de 1993, Cuba perdió a uno de sus intelectuales más comprometidos.
Su obra literaria, que incluye poemarios como Amar sin papeles (1980), Los ojos sobre el pañuelo (1982) —ganador del Premio Latinoamericano de Poesía “Rubén Darío”— o el conmovedor El libro de María (2001), presentado por el argentino Juan Gelman, dialoga con esa búsqueda. Es una poesía que, como su cine, se niega a renunciar al asombro.

