Pocos creadores logran encarnar, en la textura misma de su obra, el pulso contradictorio y fecundo de una nación.
Autor: Lázaro Hernández Rey
Al cumplirse este nuevo aniversario de su fallecimiento, la figura de Emilio Bacardí sigue interpelando a los cubanos desde la complejidad de sus múltiples facetas.
La radio ha sido en Cuba testigo, cómplice, maestra, consuelo y espejo; ha contado las noticias de cien años, ha difundido la música que bailaron y lloraron varias generaciones, ha transmitido novelas que detuvieron el tiempo y discursos que cambiaron la historia.
Constantin Serguéievich Stanislavski murió en Moscú el 7 de agosto de 1938, hace ya 88 años, y sin embargo su pensamiento sigue atravesando las salas de ensayo, los escenarios y las aulas de actuación en Cuba con una vitalidad que desmiente cualquier idea de anacronismo.
Compositor, guitarrista y cantante, Saquito encarnó como pocos el espíritu de la guaracha y el son montuno, géneros que en sus manos no eran simple vehículo de entretenimiento bailable sino crónica punzante, y filosofía callejera.
Su obra —poesía, cuento, novela, teatro, ensayo— recorre el siglo XX cubano como una corriente subterránea.
Carlos Enríquez no pintó lo cubano; pintó la cubanidad como conflicto, como desgarramiento y como éxtasis.
Formell no fue un niño prodigio sino un muchacho que creció entre discos de Arsenio Rodríguez y las descargas de Cachao, con un oído en la radio y otro en la conversación de los músicos que frecuentaban la casa de su padre

