Su contribución a la formación de una conciencia nacional cubana fue, precisamente, literaria y profunda.
Autor: Lázaro Hernández Rey
Cuando Sergio Aguirre falleció en La Habana el 17 de marzo de 1993, Cuba perdió a uno de sus intelectuales más comprometidos.
Su obra literaria, que incluye poemarios como Amar sin papeles (1980), Los ojos sobre el pañuelo (1982) —ganador del Premio Latinoamericano de Poesía “Rubén Darío”— o el conmovedor El libro de María (2001), presentado por el argentino Juan Gelman, dialoga con esa búsqueda. Es una poesía que, como su cine, se niega a renunciar al asombro.
En un escenario mediático dominado por la inmediatez y los nuevos lenguajes, El Caimán Barbudo sigue empeñado en una tarea que asumió desde su génesis: demostrar que el arte y el pensamiento crítico no están divorciados de la vida.
Céspedes, el poeta, el dramaturgo, el traductor, el diarista, sigue vivo. No solo como el hombre que dio la libertad a sus esclavos, sino como aquel que, desde la profundidad de su cultura y la sensibilidad de su pluma, soñó y escribió la patria mucho antes de poder fundarla en el campo de batalla.
Nacida en 1915 en San Cristóbal, Pinar del Río, desafió las convenciones de su tiempo para erigir obras que hoy son parte inseparable del paisaje y el alma nacional.
María Teresa Vera, la madre de la trova, una artista que forjó su leyenda no desde el estrellato convencional, sino desde la autenticidad más radical, desafiando con su sola existencia los cánones de su tiempo.
El instructor de arte se concibe como educador profesional, artista y pedagogo que realiza una función socializadora donde combina instrucción con educación. Su labor no se limita a la enseñanza de técnicas artísticas, sino que busca formar una cultura general integral y humanista en la población, contribuyendo al desarrollo social de la nación con la cultura como bandera.

