A propósito del Coloquio «Martí y la Cultura Cubana», celebrado el pasado 28 de enero en la Universidad de las Artes de Cuba (ISA), en el aniversario del natalicio de nuestro José Martí, quiero reflexionar sobre la vigencia de una de sus frases más citadas: “Ser cultos es el único modo de ser libres.”
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La Jornada Villanueva 2026, que durante todo el mes de enero transformó ciudades y teatros en foros de memoria y creación contemporánea, cierra su telón con un rotundo éxito y confirma la vitalidad, diversidad y alcance nacional del teatro en el mayor archipiélago de las Antillas.
Bertillón 166 sigue palpitando como un relato necesario, un ejemplo de cómo la gran literatura nace de la capacidad para transformar el compromiso histórico en una obra de arte perdurable y conmovedora.
En el año del centenario de Fidel, se recuerda su admiración y agradecimiento hacia José Martí, su devoción por la dignidad plena del hombre, su solidaridad hacia los hombres y pueblos del mundo.
Su obra, partícipe destacada de la plástica cubana del siglo XX, es también un recordatorio de que el arte, en sus manos, fue siempre un acto de fe en la vida y en la dignidad de su pueblo.
Más que un simple ilustrador, José Luis Posada fue un cronista visual, un filósofo del dibujo que, desde su condición de inmigrante devenido cubano por adopción y convicción, supo interpretar las complejidades, contradicciones y esperanzas de su tiempo.
El 24 de enero de 1897, la maravilla del siglo llegó a La Habana. Un puñado de cortos mudos, proyectados en un local del Prado, marcaron el inicio de una de las cinematografías más vibrantes y complejas de América Latina.
La obra nos muestra que el heroísmo martiano no fue un impulso repentino, sino la consecuencia lógica de una convicción forjada desde la más temprana juventud.

