Juan Manuel Márquez, un destello de luz libertaria
Hubo en la estirpe rebelde de Cuba un hombre cuya vida fue un relámpago en la noche oscura de la tiranía: Juan Manuel Márquez Rodríguez, un hombre que supo darlo todo por la libertad y la justicia.
Nacido en Santa Fe, La Habana, el 3 de julio de 1915, fue desde la cuna un hijo de la tempestad. Descendiente de una maestra y un torcedor de tabaco, bebió en la fuente del ejemplo el amor por una patria libre y justa.
Apenas adolescente, cuando otros sueñan con juegos y quimeras, Juan Manuel ya forjaba su espíritu en las fraguas de la conspiración contra la tiranía de Gerardo Machado.
Contaba diecisiete años cuando la dictadura le mostró sus dientes de acero y lo arrojó a la cárcel en la Isla de Pinos, convirtiéndolo en el más joven de los presos políticos en aquel presidio que nada tenía de modelo. Mas el cautiverio, en lugar de doblegar su voluntad, templó su rebeldía, convirtiendo su juventud en un arma de dos filos: la pluma y la palabra. Fundó periódicos como Catapulta, donde escribió con la certeza de un visionario: “No abandonaremos nuestra pluma mientras no obtengamos la realización del programa revolucionario… a no ser que la esterilidad de la misma nos demuestre la necesidad de medios de acción más radicales”.
Su vida fue un peregrinaje por las trincheras de la política y la acción. Militó en el Partido Auténtico, pero luego, desengañado, se unió al Partido Ortodoxo, donde encontró un eco más fiel a sus convicciones.
Fue concejal por Marianao, pero su palabra nunca fue la del político palaciego, sino la del revolucionario que denunciaba la corrupción con la misma vehemencia con que criticaba al tirano.
Cuando el golpe de Estado de Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952, sumió a Cuba en la ignominia, Juan Manuel supo que el camino de las urnas era un espejismo y se entregó por entero a la lucha armada.
El destino, que teje con hilos de oro las grandes gestas, puso en su camino a Fidel Castro. Tras una brutal golpiza propinada por los esbirros del régimen, que lo llevó al hospital, Fidel lo visitó y en ese encuentro de almas afines nació una alianza inquebrantable. Fidel lo supo reconocer como su segundo al mando en la expedición del yate Granma y en la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio.
En la madrugada del 2 de diciembre de 1956, junto a otros ochenta y un hombres, pisó las arenas de Cuba para cumplir la palabra empeñada de libertad. Era el más longevo de la expedición, pero su espíritu era el de un joven guerrero.
Sin embargo, la traición del destino, o la puntería de la muerte, le negó la gloria de la Sierra Maestra. Dispersos los expedicionarios en la emboscada de Alegría de Pío, Juan Manuel vagó solo, hambriento y sediento, por los parajes de la región, buscando infructuosamente el camino hacia la inmortalidad.
El 15 de diciembre de 1956, fue capturado y asesinado por las huestes batistianas. Su muerte, prematura y violenta, selló su vida como la de un mártir. El ejemplo de Juan Manuel Márquez, segundo jefe de la Revolución, no murió en aquel paraje perdido de Campechuela; su nombre quedó grabado con fuego en la historia de Cuba, como el de quien supo que la libertad solo se conquista con la entrega absoluta de la propia vida.

