Palabras que trascendieron en el tiempo
Como colofón de tres intensas jornadas de discusiones entre la intelectualidad cubana sobre diversos aspectos de la cultura, en junio de 1961, hace exactamente 65 años, ocurrió el día 30 algo inédito y relevante: Fidel Castro se convertía en el primer gobernante de este país en reunirse y hablarle directamente a los intelectuales y artistas, en un encuentro memorable.
Teniendo en cuenta que Cuba contaba con un precedente cultural, la ocasión fue propicia para reconocer el papel desempeñado por las instituciones vinculadas a ese sector, pero se hacía necesario reflexionar en torno a la relación entre política, ideología y cultura, así como el esclarecimiento de los derroteros de la política cultural, a partir de las posibilidades que se le ofrecían al sector artístico.
La voz inolvidable de Fidel fue firme en aquella sala de la Biblioteca Nacional José Martí, en la defensa de los principios sustentadores de la Revolución cultural, porque para él -como debía ser para todos- era necesario que la esta se hiciera sentir en todas las esferas de la vida, mostrando sus bases esenciales para hacerla avanzar y lograr el fortalecimiento espiritual de la nación.
El entonces Primer Ministro, con mucha sabiduría, habló sobre la defensa de las libertades, facilitar el libre ejercicio de la creación de los artistas, y los medios para defenderla, la necesidad de la democratización de la cultura en las instancias de la creación, enseñanza y difusión llegando a vislumbrar, incluso, el trabajo cultural comunitario.
Énfasis hizo en torno a la ética como valor moral, en lo que resultaba esencial la conducta humilde, justa y sincera del intelectual, a partir de que el verdadero creador se forma y educa asumiendo la sabiduría del mundo en que vive, más allá de su espacio profesional. Porque, a su modo de ver, el intelectual es un transformador visionario del futuro.
Bien lejos estuvo el Comandante en Jefe de colectivizar la creación. Su llamado carecía de falsos populismos, para insertarse en el más absoluto respeto por el intelecto, pero sí insistió en las grandes posibilidades que brindaba el nuevo proyecto social para insertar a todo aquel que deseara depositar su obra al servicio del bien común, sin normas que limitaran la libertad de expresión.
Es importante subrayar, aún después de seis décadas y media, la trascendencia de aquellas Palabras a los intelectuales, por su apreciable esencia inclusiva y emancipadora, devenidas en exposición de ideas fundamentales, frases que aunaron el espíritu creador de todos los presentes, un extraordinario diálogo, una invitación a pensar la Revolución Cubana y pensar su cultura, un mensaje para aquel y para todos los tiempos.

