¿Por qué el Día de la Propiedad Intelectual no es una fiesta menor?
Cada 26 de abril, el calendario conmemora el Día Internacional de la Propiedad Intelectual. Sin embargo, pocos ciudadanos comunes asocian esta fecha con algo más que un tecnicismo legal reservado a abogados y corporaciones. Para despejar esta indiferencia, basta recorrer una librería o escuchar una canción: todos esos actos cotidianos descansan sobre un entramado de derechos que protegen la creación humana.
La Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) instituyó esta jornada en el año 2000 con el objetivo de divulgar el funcionamiento de patentes, marcas y derechos de autor, según consta en su sitio oficial. Lejos de resultar un asunto técnico árido, la fecha revela una batalla silenciosa entre el incentivo a la innovación y el acceso colectivo al conocimiento.
El origen de la celebración se fija en la entrada en vigor del Convenio de la OMPI en 1970, aunque la idea de proteger las creaciones del espíritu tiene raíces más antiguas. El historiador económico Anton Howes sostiene que “sin un sistema que recompense temporalmente a los inventores, la mayoría de los avances industriales del siglo XIX jamás habrían llegado al mercado”.
Howes subraya que el secreto comercial habría predominado sobre la divulgación pública, frenando el progreso técnico. Esta opinión encuentra eco en la economista Mariana Mazzucato, quien en su libro El Estado emprendedor (2015) advierte que las patentes bien diseñadas evitan la apropiación privada de fondos públicos de investigación.
La trascendencia del Día Internacional de la Propiedad Intelectual reside precisamente en este dilema. La OMPI informa que, en 2023, las solicitudes de patentes crecieron un 2,9 % a nivel mundial, con Asia concentrando el 67 % de esas peticiones.
China lidera la estadística, seguida por Estados Unidos y Japón. Estos números reflejan una carrera por la innovación tecnológica, pero también esconden tensiones geopolíticas. En opinión de especialistas, en América Latina muchos creadores independientes no registran sus obras, por lo cual el desconocimiento de los mecanismos de protección perpetúa el círculo de la informalidad.
Otra perspectiva crítica proviene del jurista francés Valérie-Laure Benabou, profesora de la Universidad de Versailles Saint-Quentin. En un artículo publicado en Revue internationale du droit d’auteur (2022), Benabou cuestiona el excesivo entusiasmo corporativo por la propiedad intelectual: “La extensión de los plazos de protección, impulsada por los grandes sellos discográficos y estudios cinematográficos, convierte el derecho de autor en una barrera para la creación posterior”.
Benabou pone el ejemplo del dominio público: obras que podrían inspirar nuevas versiones, ediciones críticas o adaptaciones permanecen bloqueadas hasta 95 años después de la muerte del autor en ciertas jurisdicciones. Esta postura no niega la utilidad de la propiedad intelectual, sino que demanda un equilibrio que la celebración oficial tiende a ocultar tras slogans triunfalistas.
La fecha del 26 de abril tampoco es neutral: coincide con el aniversario de la entrada en vigor del Convenio de la OMPI, pero la elección respondió a una negociación diplomática que marginó otras propuestas.
El investigador canadiense Michael Geist, catedrático de derecho en la Universidad de Ottawa, recordó en su blog personal que “la OMPI prefirió una fecha institucional en lugar del 15 de marzo, cuando se firmó la primera ley de patentes de Venecia en 1474, porque aquella opción resultaba menos europea y más global”.
Geist critica que la celebración promueva una visión homogénea de la propiedad intelectual, sin atender las excepciones por necesidades educativas o de salud pública que defienden los tratados de la propia ONU. Por ello la propiedad intelectual no constituye un fin en sí mismo, sino una herramienta imperfecta.
Su día internacional invita a preguntarnos: ¿cuánto tiempo merece un inventor controlar su creación? ¿Dónde se traza la línea entre la justa retribución y el monopolio cultural? El desafío consiste en celebrar sin dogmatismo.
Por ello la efeméride del 26 de abril cumple una función modesta pero necesaria: obligarnos a pensar antes de consumir, copiar o compartir, lo cual cobra más relevancia ante el ascenso del empleo de la inteligencia artificial generativa.

