Fernando Ortiz y la forja raigal de una nación

Fernando Ortiz y la forja raigal de una nación
Foto tomada de Prensa Latina

Fernando Ortiz Fernández, conocido póstumamente como el tercer descubridor de Cuba después de Cristóbal Colón y Alejandro de Humboldt, dedicó más de ocho décadas de existencia infatigable a una empresa tan audaz como necesaria: desentrañar la madeja de influencias que conforman la identidad cubana. Su legado, sin embargo, no se reduce a una colección de volúmenes eruditos. Ortiz transformó la manera en que los cubanos se perciben a sí mismos y, en ese proceso, entregó a la antropología mundial una herramienta conceptual de valor incalculable.

A los dos años de edad, Ortiz fue trasladado a Menorca, donde cursó sus primeros estudios. Esta temprana emigración, lejos de alejarle de su tierra, parece haber despertado en él una vocación por comprenderla a profundidad. Regresó a La Habana para iniciar la carrera de Derecho, que concluiría en Barcelona y Madrid, donde obtuvo el doctorado en 1901. Fue en España, precisamente, donde se produjo su primer encuentro revelador con una dimensión ignorada de su patria. Visitando un museo, descubrió atributos, tambores y trajes de los “diablitos” abakuá, objetos requisados por las autoridades coloniales a los esclavos. Según comentó Rogelio Martínez Furé: “Era su primer encuentro con una Cuba que ni siquiera imaginaba: la de los esclavos y sus cultos esotéricos”.

Sus primeros trabajos, como el polémico Los negros brujos (1906), llevan la impronta de la criminología positivista de César Lombroso, con quien Ortiz entabló amistad en Italia. La obra refleja los prejuicios raciales de su época, al abordar las prácticas religiosas afrocubanas como manifestaciones de una delincuencia atávica. Sin embargo, a pesar de esta óptica inicial que el propio Ortiz revisaría después, el libro marcó un hito fundacional. Por primera vez, un estudioso serio intentaba determinar las regiones de procedencia de las distintas naciones africanas en Cuba y describía la terrible travesía de los buques negreros. Atrás quedaba la visión pintoresquista del folclor decimonónico. Ortiz abrió una puerta que nadie se había atrevido a tocar.

La madurez intelectual del sabio cubano se consolidó en las décadas siguientes, cuando abandonó el enfoque criminalístico para adoptar una perspectiva etnológica y sociológica más amplia. Su activismo contra la dictadura de Gerardo Machado, que le obligó a residir en Washington entre 1931 y 1933, demostró que su compromiso con la verdad no se limitaba a las aulas universitarias. Fue entonces cuando su obra alcanzó su punto más alto. En 1940 publicó Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, un ensayo magistral que va más allá de la economía para adentrarse en la médula misma de la formación social cubana. En sus páginas, Ortiz acuñó el concepto de transculturación, un término destinado a revolucionar los estudios antropológicos.

El antropólogo polaco Bronislaw Malinowski, prologuista de la edición inglesa de la obra, no dudó en señalar la importancia de este aporte. Malinowski afirmó que: “(…) este volumen, su estudio del tabaco y el azúcar en la historia de Cuba, es una contribución de valor permanente tanto para el economista como para el historiador, para el sociólogo y para el antropólogo”. Pero fue más allá al considerar el concepto de transculturación como un legado esencial para la disciplina. A diferencia de términos como aculturación, que implican un proceso unilateral de recepción de una cultura “superior” por otra “inferior”, la transculturación propuesta por Ortiz describe un mecanismo de pérdida, selección y redescubrimiento creativo. En este proceso, todas las culturas en contacto se transforman, dando origen a una nueva realidad compleja. Como explica la Fundación Fernando Ortiz, esta idea resulta medular para entender la síntesis única de un pueblo situado en una de las encrucijadas más activas del planeta.

Para explicar esta síntesis a los legos, Ortiz recurrió a una metáfora tan sabrosa como ilustrativa: la cubanía como un gran ajiaco, el guiso tradicional cubano. En este caldo, cada ingrediente (el aporte indígena, el europeo, el africano, el asiático) mantiene su sustancia, pero su cocción conjunta produce un sabor único e irrepetible. El poeta y etnólogo Miguel Barnet, discípulo y continuador de la obra de Ortiz, rescató esta imagen al afirmar que “el ajiaco está bullendo en el caldero que sigue abierto”. Barnet ha insistido en que el legado del sabio no es una reliquia que se venera en una capilla, sino un laboratorio de ideas y proyectos que permite explorar las raíces más recónditas de la nación. El propio Barnet describió la hazaña de su maestro: “Ortiz penetró en la selva oscura y escamoteada de la historia. Fue allí, donde el acceso era casi infranqueable por los prejuicios que una visión hegemónica imponía y rescató una cultura invaluable”.

La estela de Ortiz no se limita a sus discípulos directos. Figuras centrales de la historia intelectual de Cuba han reconocido su impronta. El escritor Alejo Carpentier, quien formó parte del mismo círculo intelectual que Ortiz, compartió con él la pasión por desentrañar lo real maravilloso de la identidad antillana. El músico y musicólogo Argeliers León, surgido de los seminarios de verano que Ortiz impartía en la Universidad de La Habana, reconoció que fue su maestro quien determinó “un carácter nacional que llegó a generalizar en la noción de lo afrocubano, vocablo que le quedó muy preciso para designar una música que el africano tuvo que recrear en Cuba.

El pensamiento de Ortiz, sin embargo, no se agota en el análisis del pasado. Su lucha contra el racismo científico constituyó una postura ética y política de primer orden. En obras como El engaño de las razas (1946), desmontó los fundamentos biológicos de la jerarquización humana y denunció cómo el concepto de raza servía como justificación de la explotación y la exclusión. Frente a las teorías que pretendían dividir a la humanidad en compartimentos estancos, Fernando propuso una visión dinámica y mestiza. El intelectual cubano no solo describió la realidad; se propuso transformar la mirada que la sociedad cubana tenía sobre sí misma.

Su legado institucional resulta igualmente colosal. Fue presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País, fundador de la Sociedad de Estudios Afrocubanos y director durante casi cinco décadas de la Revista Bimestre Cubana. Estas plataformas sirvieron como semilleros de una nueva intelectualidad comprometida con la realidad insular.

Al cumplirse más de medio siglo de su muerte, acaecida en La Habana el 10 de abril de 1969, la figura de Fernando Ortiz emerge con una vigencia insoslayable. En un mundo globalizado donde las identidades se diluyen o se radicalizan de manera violenta, su modelo de transculturación ofrece una alternativa fecunda: la posibilidad de reconocer la diversidad como fuente de creatividad y no como amenaza. Su vida fue un testimonio de que el conocimiento profundo de las raíces propias no conduce al aislamiento, sino a un universalismo solidario. Ortiz no fue un mero observador de la cultura cubana; fue, ante todo, un artífice de su autoestima y un arquitecto de su comprensión histórica. Por eso, y no solo por la vastedad de su obra, los cubanos y el mundo de las ciencias sociales le deben un homenaje que trasciende el reconocimiento académico para convertirse en herramienta viva de pensamiento. Como sentenció el intelectual Roberto Fernández Retamar: “Ortiz es la mejor bandera de la transculturación que todavía no ha terminado”.

Lázaro Hernández Rey