Pocas veces un hombre fue tan necesario a su pueblo, cuando la lucha de ese pueblo significaba tanto para los destinos de un continente.
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Su vida estuvo marcada por un profundo patriotismo y es un ejemplo de cómo el arte y la acción revolucionaria se unieron en las luchas por la independencia de Cuba durante el siglo XIX.
Fue en 1977, cuando la Asamblea General del Consejo Internacional de Museos (ICOM) instauró esta fecha para concienciar al mundo sobre el papel crucial de los espacios museísticos en el desarrollo de la sociedad.
El 17 de mayo de 1959, la máxima dirección revolucionaria subió nuevamente a las montañas de la Sierra Maestra para hacer de la comandancia general del Ejército Rebelde, en La Plata, el histórico escenario del primer gran paso en la obra transformadora del país y convertir en realidad las aspiraciones de las masas campesinas: la Primera Ley de Reforma Agraria.
Hoy, La barca de oro sigue siendo mucho más que una canción: es un rito afectivo, una forma de decir adiós sin rencor, aceptando que lo amado queda atrás, a veces contra la voluntad de quien lo ama.
Cuando el calendario nos devuelve la fecha de su nacimiento —ese 11 de mayo de 1914 en el pequeño Calabazar de Sagua—, la literatura cubana no celebra simplemente una efeméride, sino la permanencia de una mirada que transformó la penuria y la geografía rural en un arte mayor.
La historia musical de Cuba no puede comprenderse sin la presencia de Serafín Ramírez Fernández, un intelectual que conjugó el rigor del compositor con la lucidez del crítico y el fervor del pedagogo.
A ciento ochenta y siete años de su muerte, el poeta descansa en tierra mexicana, o sea, en esa Nuestra América que también contribuyó a imaginar.

