Libro que todos debemos leer: La Odilea, de Francisco Chofre
Hay obras que, por su audacia y originalidad, se convierten en clásicos instantáneos de la literatura humorística. La Odilea (1966), del escritor valenciano-cubano Francisco Chofre, es una de ellas, lo que la convierte en uno de esos libros que todos debemos leer.
Concebida como una «versión criolla» del gran poema épico La Odisea -atribuida al poeta Homero-, esta novela traslada las peripecias del héroe griego Odiseo al paisaje rural cubano, donde el ingenio, el lenguaje popular y el «choteo» más eficaz de nuestra literatura se dan la mano para rendir homenaje al clásico universal.
Publicada inicialmente por el Fondo Editorial Casa de las Américas en 1966 -año en que obtuvo una merecida mención en el concurso de esa institución- y reeditada posteriormente por Letras Cubanas en 1968 y 1986, la obra sigue siendo un referente ineludible del humor en la narrativa latinoamericana.
La Odilea respeta la estructura de los veinticuatro cantos de la epopeya homérica y conserva a sus personajes principales, aunque con notables modificaciones. El protagonista, Odileo -versión criolla de Odiseo-, es un «guajiro muy cubano» que, como su homólogo griego, emprende un largo y azaroso viaje de regreso a su tierra tras la guerra de Troya. Sin embargo, las peripecias que enfrenta están teñidas por el vocabulario, las costumbres, las situaciones y la crudeza propias del campesinado cubano.
Chofre no se limita a una mera traducción: transmuta la épica en parodia, el heroísmo en humor y el Olimpo en una geografía insular donde los dioses y los mortales hablan con la jerga y la picardía de la Cuba profunda. El resultado es una obra ingeniosa y muy bien escrita, hilarante, que refleja con maestría la forma de hablar y el alma del pueblo cubano.
Desde una perspectiva literaria, el texto es un ejercicio magistral de parodia y recreación intertextual. El autor demuestra un profundo respeto por la obra homérica -a la que sigue en su estructura y en sus líneas maestras-, pero la somete a un audaz proceso de «tropicalización» que la dota de una frescura y una vitalidad extraordinarias.
El mayor acierto reside en el manejo del lenguaje: la prosa campechana, llena de exquisito humor y de un eficaz uso del registro rural, convierte el tono épico en una narración ágil, cercana y profundamente cómica. Chofre logra así un doble juego: el lector culto reconoce la matriz homérica y disfruta de las alusiones y deformaciones; el lector popular se identifica con los personajes, el habla y las situaciones de su entorno. Esta dualidad, junto con la fidelidad a los veinticuatro cantos originales, convierte a La Odilea en un clásico de la literatura humorística y en una obra de singular riqueza formal.
Socialmente, se trata de un documento invaluable sobre la Cuba rural de mediados del siglo XX. Chofre no solo parodia una epopeya; retrata con agudeza y cariño las costumbres, el vocabulario, las creencias y la crudeza de la vida campesina. La novela se convierte así en un espejo de una identidad cultural que, a través del humor, afirma su singularidad frente al canon occidental.
Al convertir al mítico personaje griego en un guajiro cubano, Chofre reivindica lo popular, lo autóctono y lo oral frente a lo académico y lo europeo. Es, en este sentido, una obra profundamente democratizadora: acerca el gran relato de la cultura clásica a un público amplio y, al mismo tiempo, eleva la cultura popular a la categoría de materia literaria de primer orden.
La novela refleja también un momento histórico -el del humor cubano en busca de nuevas fórmulas- en el que la parodia se estableció como una vía de expresión legítima y poderosa.
Desde el punto de vista educativo, La Odilea ofrece un puente lúdico y eficaz entre la tradición clásica y la cultura latinoamericana. Para estudiantes de literatura, la novela constituye una excelente introducción a La Odisea homérica, ya que respeta su estructura y sus personajes principales, pero los presenta en un contexto familiar y accesible. Al mismo tiempo, permite abordar conceptos fundamentales de teoría literaria como la intertextualidad, la parodia, la adaptación y la recepción de los clásicos.
Para el estudio de la cultura cubana, la obra es una fuente riquísima de léxico, modismos y formas de expresión del campesinado, así como de las dinámicas sociales y los valores del mundo rural. Además, su lectura fomenta en los jóvenes el gusto por la literatura a través del humor y la identificación cultural, demostrando que los grandes relatos universales pueden ser reinventados y apropiados desde las periferias con ingenio y maestría.
Francisco Chofre nació en Cullera, Valencia, el 4 de noviembre de 1924. Narrador, periodista y escritor para radio y televisión, emigró a Cuba en 1949. Sus primeros años en la isla los dedicó a labores agrícolas en Nuevitas, Camagüey, hasta 1955, cuando se trasladó a La Habana. Allí, junto a Ramón Azarloza y José Jorge Gómez, fundó la revista Presencia.
Fue vicedirector de la Federación Nacional de Escritores y colaboró en su revista Inicial, así como en numerosos periódicos y revistas de la época, tanto antes como después del triunfo revolucionario: El País Gráfico, Excelsior, Zig Zag, Lunes de Revolución, Palante y Unión, entre otros. Desde 1965 escribió libretos para el Instituto Cubano de Radiodifusión, alternando su firma con el seudónimo de Choico.
Aunque incursionó con éxito en el cuento y el periodismo, fue La Odilea su obra cumbre, la que le valió en 1966 la mención en el concurso Casa de las Américas -cuyo jurado incluía a Alejo Carpentier y Mario Benedetti- y el prólogo del propio Benedetti para la edición cubana. Chofre falleció en La Habana en 1999.
La Odilea, de Francisco Chofre, es mucho más que una parodia divertida: es una obra maestra del humor, un retrato social de gran calado y una herramienta educativa de primer orden. Quien se acerque a sus páginas descubrirá no solo una hilarante aventura, sino también un homenaje lleno de respeto y cariño a dos grandes tradiciones: la de Homero y la del pueblo cubano.

