Manuel Corona, memoria de la trova cubana
Manuel Corona Raimundo nació en Caibarién, en la provincia de Las Villas, el 17 de junio de 1880. Descendiente de mulato y chino, llegó a La Habana después de la guerra de independencia y comenzó a trabajar como tabaquero supervisor de una factoría de puros. Pero su vocación verdadera, aquella que lo acompañaría hasta el último suspiro, era la música. Gustaba de reunirse en tertulias familiares donde hacía gala de sus dotes como músico y compositor.
También frecuentaba la denominada zona roja de La Habana, el barrio de San Isidro, un territorio poblado por prostitutas y chulos que entonces miraba con desdén la moral oficial, pero que Corona convirtió en su paisaje lírico. De aquella geografía marginal surgieron canciones que hoy son clásicos del pentagrama cubano: Longina, Santa Cecilia, La Alfonsa, Aurora y Una Mirada, además de guarachas como El servicio obligatorio y Cómo está Lola.
La crítica especializada ha insistido en que reducir a Corona a un simple cronista de la bohemia es un error. El periodista y crítico Pedro de la Hoz, al analizar Santa Cecilia, afirmó que la canción enaltece la belleza femenina con imágenes que encajan en el imaginario lírico insular de la época, pero subrayó que “la música va más allá. El diseño de las dos líneas melódicas de la canción resulta desafiante y exige un depurado ejercicio vocal en su planteamiento original, comparable a la Perla marina y El huracán y la palma, de Sindo Garay”. Esta observación sitúa a Corona en una dimensión técnica que pocos le reconocen: no era un intuitivo del arrabal, sino un artesano de la armonía.
En la misma línea, el periodista Jorge Rivas ha señalado que en Santa Cecilia se puede apreciar la figuración melódica, las progresiones, los elementos técnicos que fueron manejados por Corona sin perder en ningún momento la sintaxis musical. Y añade un dato que desmonta la leyenda del bohemio desaliñado: “La armonía es justa y acertada, tanto en los acordes tonales como en los extratonales, por lo que sus resoluciones son valoradas por los críticos y especialistas como correctas”.
Corona confió en sus habilidades y rechazó los réditos financieros o los añadidos del mundo del espectáculo. Esa decisión personal lo condenó al olvido en vida, pero lo consagró en la posteridad.
Una de las facetas más fascinantes de trayectoria fue su inclinación por las contestaciones musicales. En la trova cubana existía la tradición de responder una canción con otra canción, a modo de réplica o de rivalidad artística. Corona cultivó este género con maestría. Así nacieron Ausencia sin olvido, en respuesta a Ausencia de Jaime Prats; Gela amada, pegajosa réplica a Gela hermosa del santiaguero Rosendo Ruiz; Animada, escrita como contestación a Timidez de Patricio Ballagas; y La Habanera, frente a La Bayamesa de Sindo Garay. Estas disputas cordiales no solo revelan el ingenio de Corona, sino también la vitalidad de una comunidad de creadores que se miraba a los ojos y se respondía con guitarras.
Sin embargo, el nombre de Manuel Corona queda asociado para siempre a una canción: Longina. La historia de este bolero, el más versionado de su repertorio, parece una novela de Alejo Carpentier. La musa fue Longina O’Farrill, una mulata de una belleza escultural que inspiraba al político y mecenas Armando André Alvarado. La tradición oral ha querido ver en esta canción un amor imposible del trovador hacia la musa, pero las fuentes documentales desmontan el romanticismo fácil.
La propia María Teresa Vera, prima hermana espiritual de Corona, transmitió la versión de que todo fue un encargo: Armando André, deseoso de halagar a su acompañante, retó a Corona a dedicarle un tema. “Regrese el día 15 y la va a escuchar”, respondió el trovador. Y así nació la inmortal Longina, estrenada el 15 de octubre de 1918 en el solar “La Maravilla”, en una Habana pobre y vibrante. La propia Longina O’Farrill, en declaraciones recogidas años después, confesó con crudeza la distancia real entre ambos: “Él me inmortalizó”, dijo, agradecida, pero sin asomo de la pasión que la leyenda le atribuye. Esta anécdota revela el carácter del trovador: él era un profesional de la noche, un hombre que sabía»que una canción bien hecha podía pagar la siguiente ronda.
El musicólogo Odilio Urfé lo consideraba como uno de los cinco grandes clásicos del género, junto a Pepe Sánchez, Sindo Garay, Rosendo Ruiz Suárez y Alberto Villalón. Urfé sostiene que el éxito de Doble inconsciencia, compuesta en 1900, propició “la gran consagración de Corona, como un autor relevante del cancionero cubano en todo el ámbito nacional, e incluso en varios países latinoamericanos y de la amplia colonia latina de Norteamérica, que ocurre en la década de 1910”.
Esta afirmación cobra relevancia cuando se revisan las estadísticas: sumando las composiciones acreditadas a Manuel Corona y a José Corona (seudónimo que utilizó para eludir cláusulas de exclusividad con las discográficas), fue el compositor que más obras logró grabar dentro del cancionero trovadoresco en las primeras décadas del siglo XX.
El olvido que Corona anticipó en sus versos nunca fue del todo real. El crítico musical Ángel Vázquez Millares lo calificó como “el más apasionado juglar de la mujer cubana”. Y es cierto: Corona compuso decenas de canciones dedicadas a mujeres que lo deslumbraron. Entre ellas, Longina, Santa Cecilia y Mercedes fueron popularizadas por otra mujer imprescindible de la trova cubana: María Teresa Vera, la voz diáfana que llevó las canciones de Corona a todo el continente.
El desenlace de su vida, sin embargo, fue duro. En uno de estos establecimientos, el cabaret Jaruquito, pidió al dueño que lo dejara descansar en un almacén de botellas vacías. Allí, en un sitio oscuro y frío, fue encontrado muerto a causa de la tuberculosis, el alcoholismo y la desnutrición. El 9 de enero de 1950 la música cubana perdía a uno de sus fundadores, pero la noticia apenas ocupó unos renglones en los periódicos.

