Niño Rivera: la revolución del tres cubano

Niño Rivera: la revolución del tres cubano

En el catálogo de la música cubana, ciertos nombres resplandecen con luz propia, mientras otros, no menos brillantes, han quedado relegados a un segundo plano por los avatares de la historia y la memoria.

Tal es el caso de Andrés Perfecto Eleuterio Galdino Hecheverría Callava, más conocido como Niño Rivera, tresero prodigioso, compositor, arreglista, director de orquesta y pedagogo, considerado por entendidos y colegas como el «padre de la armonía en el tres», un músico que transformó para siempre la forma de concebir y ejecutar este instrumento, pilar de la identidad sonora de la nación caribeña.

La historia de Niño Rivera es la de un infante prodigio forjado en el crisol de una familia de músicos. Nacido en Pinar del Río, el 18 de abril de 1919, en el seno de un hogar donde el tres, la guitarra, la mandolina y el acordeón eran parte de la vida cotidiana, el pequeño Andrés mostró una afinidad temprana por el instrumento de cuerdas. Cuenta una anécdota que siendo casi un bebé fue encontrado «enredado» con el tres de su tío Nicomedes, un instrumento casi del tamaño de su cuerpo, a quien luego sorprendieron escondido «dándole uña al tres». Con apenas nueve años ya integraba el Sexteto Boloña en La Habana y a los doce dirigía el Septeto Caridad de su tío.

Esta precocidad, sin embargo, no fue fruto únicamente del instinto. Rivera buscó y recibió una sólida formación técnica que pulió su talento innato. Fue alumno del guitarrista clásico Vicente González Rubiera, «Guyún», y del compositor y director de orquesta Félix Guerrero, entre otros, lo que le permitió dominar la armonía, el contrapunto y la orquestación con una maestría inusual para la época. Este conocimiento teórico, aplicado a un instrumento tradicionalmente asociado a la ejecución empírica del son, fue la clave de su revolución musical.

Su principal aporte fue armonizar el tres. Antes de Rivera, el instrumento cumplía principalmente una función rítmica y de acompañamiento en los sextetos y septetos. Pero él, como ha señalado el también tresero y Premio Nacional de Música, Pancho Amat, «con solo tres sonidos logró dar la imagen armónica ofrecida… a base de talento y esfuerzo. Fue por las notas extrañas al acorde, bordeando, tejiendo en la periferia y nunca por la tríada central, como sería normal. Creó otro estilo de exótica sonoridad».

Rivera incorporó las armonías del jazz y las sutilezas del movimiento filin al lenguaje del tres, dándole una nueva dimensión melódica y expresiva que asombró a sus contemporáneos y sigue siendo objeto de estudio.

La obra de Rivera, abarcó con igual destreza géneros como el son, la guaracha, el mambo, el bolero y la canción. Entre sus composiciones más célebres destaca El Jamaiquino, escrita en 1944, una pieza que ha sido versionada en más de cincuenta ocasiones por una pléyade de artistas y orquestas, convirtiéndose en un estándar de la música caribeña. Otras obras notables de su catálogo incluyen Carnaval del amor, Monte adentro, Juan José, Tú y mi música, No me hagas culpable y Fiesta en el cielo.

Su talento iba más allá de la composición, pues fue un arreglista y director de orquesta sumamente demandado, cuyo sello se imprimió en las grabaciones de las más importantes agrupaciones y solistas de su tiempo. Trabajó para las orquestas de Ernesto Duarte, Arcaño y sus Maravillas, Riverside, Hermanos Castro y el Conjunto Casino en Cuba, y realizó orquestaciones en México para figuras como Luis García Esquivel. Su huella se encuentra en grabaciones de leyendas como Celia Cruz, Elena Burke, Orlando Vallejo, Mongo Santamaría y Machito. Además, fue una pieza fundamental en las míticas descargas de la discográfica Panart, las Cuban Jam Sessions, donde compartió estudio y complicidad con monstruos de la música como Israel «Cachao» López, Julio Gutiérrez y Peruchín.

A pesar de su inmensa contribución, el propio Niño Rivera, con su modestia extrema, contribuyó sin querer a que su nombre no alcanzara la misma resonancia popular que el de otros coetáneos. El investigador Leonardo Acosta lo etiquetó con justicia como «el gran olvidado de la música cubana». Mas, su legado es indeleble y fundamental. No solo por su obra grabada o por haber escrito un Método del Tres y un Concierto para Tres y Orquesta, obras únicas en su género, sino porque su revolución armónica se convirtió en la base sobre la que se erigió el tres moderno.

Hoy, su influencia perdura. Músicos de la talla de Pancho Amat le reconocen como su principal maestro, y grupos como los Afro-Cuban All Stars le han rendido tributo, confirmando que su música sigue viva en las nuevas generaciones. En un entorno musical en constante evolución, la figura de Niño Rivera emerge como la de un verdadero vanguardista, un músico adelantado a su tiempo cuya profunda comprensión de la armonía y el ritmo añadió un nuevo y fascinante capítulo a la historia del tres cubano.

Este indiscutible icono de la cultura cubana dejó de existir físicamente en La Habana el 27 de enero de 1996.

Gilberto González García