Una sátira que trasciende épocas

Una sátira que trasciende épocas
Foto: Cubadebate

El 24 de julio de 1966, el cine cubano alcanzó una de sus cotas más altas con el estreno de La muerte de un burócrata, filme dirigido por Tomás Gutiérrez Alea. Esta producción del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos no solo cosechó el aplauso del público nacional, sino que obtuvo un reconocimiento internacional inmediato al ser galardonada con el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary, compartido con la cinta francesa La vie de chateau.

El crítico Bernardo Callejas, en el periódico Granma, calificó la obra como lo mejor del cine cubano hasta hoy, un juicio que el tiempo se ha encargado de ratificar.

La cinta narra las desventuras de Juanchín, un joven que, tras la muerte de su tío Paco, un obrero ejemplar, se ve inmerso en un laberinto burocrático. El difunto ha sido enterrado con su carné laboral, un documento imprescindible para que su viuda pueda cobrar la pensión.

La crítica a la administración pública se construye sobre la base de la comedia negra y el absurdo. Roberto Branly, en el periódico Juventud Rebelde, y Alejo Beltrán, en “Granma”, coincidieron en señalar la valentía y la agudeza de una obra que, a través de la risa, exponía las contradicciones de la sociedad cubana tras el triunfo de la Revolución. Gutiérrez Alea, según declaró a la revista neoyorquina Cineaste, concibió la película como un apoyo moral a las víctimas del burocratismo, inspirado por una exasperante experiencia personal al enfrentarse a la rigidez administrativa. El objetivo del director no era moralizar, sino provocar la reflexión del espectador a través de una “hilaridad corrosiva”, tal como lo definió Callejas.

La habilidad de Alea reside en tejer un discurso crítico sin recurrir al panfleto político. La muerte de un burócrata es un homenaje y una relectura de la historia del cine, dedicada a maestros como Buñuel, Chaplin, Laurel, Hardy y Kurosawa. La escena de la máquina que devora al trabajador para producir bustos de José Martí es una sátira del mecanicismo social, un guiño a Tiempos modernos de Chaplin. Las pesadillas de Juanchín, de factura surrealista, y las peleas en el cementerio, que remedan el humor físico del cine mudo, no son meros ejercicios de estilo; constituyen una estrategia narrativa para tratar un tema espinoso con la distancia que permite la comedia.

A más de medio siglo de su estreno, la vigencia de La muerte de un burócrata permanece incólume. Como destaca el crítico e investigador cinematográfico, Mario Naíto López, en la revista La Jiribilla, la cinta yace en la memoria colectiva del espectador cubano por reunir las características del arte popular auténtico. La película no es una pieza de museo; es un espejo en el que las sociedades modernas siguen reconociendo sus propias frustraciones. La burocracia, vista como la personificación de la muerte de la razón, sigue siendo un enemigo común.

El propio Gutiérrez Alea señaló que el burócrata no es un funcionario malvado, sino el producto de un sistema que convierte el trámite en un fin en sí mismo. El filme demuestra que la mejor manera de combatir lo absurdo no es la denuncia solemne, sino elevarlo a la categoría de arte, donde su ridiculez queda al desnudo. Por ello la obra no es un documento histórico sobre la Cuba de los años sesenta, sino una declaración de principios humanistas: la necesidad de anteponer el sentido común y la dignidad de las personas a la rigidez de los procedimientos.

La crítica contemporánea ha profundizado en el análisis de sus símbolos, desde las palomas y los buitres hasta la guadaña del viejo enterrador, pasando por la crítica a la religión, representada por el sacerdote que repite “No se precipite, todo se arreglará”. Esta riqueza simbólica, unida a una historia universal, ha permitido que la obra trascienda fronteras. Aunque su llegada a las salas estadounidenses se demoró hasta 1980, su recepción fue entusiasta. La película no es un ataque al socialismo, sino a la deshumanización que genera cualquier sistema cuando el aparato administrativo devora al ciudadano.

La muerte de un burócrata es una lección de cine y vida: el humor, empleado con inteligencia y maestría, se convierte en el arma más poderosa para denunciar las miserias de la condición humana.

Lázaro Hernández Rey